Transexuales en prisión: “La cárcel nos ayudó a pensar en una vida con derechos y lejos del delito”

En el marco de la conmemoración del Día Internacional de la Visibilidad Transgénero, GENTE dialogó en la Unidad de Florencio Varela con cuatro personas involucradas en crímenes que van desde la comercialización de drogas hasta el homicidio de integrantes de su propia familia. ¿Cómo es la vida intramuros? ¿Sirve para la reinserción ? ¿Se respetan sus derechos? ¿Se arrepienten de la vida que las llevó tras las rejas?

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Luly -con Torito, la mascota-, Marilyn, Betty y Lorena charlando en uno de los calabozos del pabellón. Dicen que en los últimos años mejoró la calidad de la comida, y quienes son portadoras de HIV aseguran que reciben en tiempo y forma la medicación.

Maté a mi madre y a mi hermano en 2009 con una carabina, el arma que había en la casa de campo donde vivíamos, cerca de Magdalena, pasando La Plata. No aceptaban mi condición de chica trans. Tenía dieciocho años. Fue emoción violenta, no un acto que venía madurando. Desde hacía un año soportaba hostigamiento físico y psicológico de parte de ellos. Mi mamá al principio me vestía de nena y cuando crecí me lo prohibía. O me mataba o los mataba. Estoy más que arrepentida de lo que hice. El dolor que siento aumenta en lugar de disminuir. Recibí una condena a prisión perpetua, que representan 25 años mínimo. Te juro que no veo la hora de salir, para llevarles a ambos una flor al cementerio. Quizás en cinco años pueda empezar a tener el beneficio de algunas salidas para trabajar. Lo siento de verdad”.

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Marilyn Bernasconi (28). Mató a su madre y a su hermano porque, según dice, “no aceptaban mi condición; estoy más que arrepentida”

Marilyn Bernasconi (28) nos recibe en la Unidad Penitenciaria 32 de Florencio Varela, donde está detenida desde que el 26 de mayo de 2009 asesinara a balazos a su familia. Habita uno de los dos pabellones de diversidad de género que existen allí. Habla pausado, no levanta la voz. Avanza entre guardiacárceles y rejas que se abren y se cierran, candados mediante. El aire que se respira dentro de una cárcel es difícil de definir: es algo así como una especie de vaho húmedo, espeso e indefinido, a veces común, otras asfixiante, donde sobra adrenalina y falta lo esencial, la libertad. “Después de hacer lo que hice entré en pánico, me fui hasta una casa vecina y pedí que llamaran a una ambulancia y a la policía. No paro de pensar en la tragedia que causé y lo estoy pagando”, completa.

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Betty Sánchez (63). Acusada por venta de estupefacientes, da su versión: “Fui consumidora, pero nunca vendí. La droga me la plantaron”,

LA MODISTA. Es domingo 31 de marzo, Día Internacional de la Diversidad Transexual, y Marilyn nos presenta a sus compañeras, que saludan extendiendo la mano. Una de ellas cuenta su versión de la historia que la puso entre rejas.

“Soy Betty Abril Sánchez (63), de Berazategui, modista, pero me jubilé hace tres años como ama de casa. Me detuvieron el 17 de febrero de 2017. Estoy acá acusada por venta de estupefacientes, cosa que nunca hice. Sólo fui consumidora de cocaína durante 35 años; ahora ya no. Estoy pasando esto por ser un poco famosa, y por culpa de los chusmas del barrio. Yo ejercía la prostitución en la ruta, y un día vinieron tres tipos a mi casa a llevarse droga, sabiendo que tomaba. Recuerdo que uno tenía tobillera electrónica… Los saqué volando, porque no me dedicaba a eso. Misteriosamente, a los veinte días la Brigada de Quilmes allanó mi casa, donde vivía con mi compañero de vida, que se dedicaba a recolectar y vender cartones y botellas. Él terminó preso acá, en otro pabellón.

Tenía tres bolsitas con unos gramos para consumo personal, y ellos hicieron aparecer, como por arte de magia, mucho más. Me terminaron condenando a cuatro años y seis meses, en un juicio abreviado. Según mi abogado, en octubre empiezo a gozar de beneficios con salidas. No puedo cobrar mi pensión, porque si no voy yo tiene que ir un familiar directo… Mi madre tiene 87 años y no puede trasladarse. Sobrevivo gracias a mis compañeras, que me ayudan a comprar los remedios que necesito. Vivo más o menos bien de lo que puede ser considerado cuando una es un paria. Espero salir y estar con mi madre”.

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Luly Lavaggi (27). La policía la descubrió con 147 gramos de cocaína en su poder para la venta: “Quise ganar plata rápido y me arruiné”.

LA ENFERMERA. A la charla se agrega Luly Lavaggi (27): “Estoy detenida desde hace un año y dos meses por ‘tenencia de estupefacientes con fines de comercialización’. Me desempeño en tareas administrativas para el Servicio Penitenciario. No sé cuánto me van a dar de condena, ya que sigo procesada. A los 14 años me fui de mi casa: no soportaba más el ritmo de vida de mi papá, que era militar. Y empecé con esto del travestismo y la noche. Me detuvieron en La Plata el 31 de enero de 2018, con 147 gramos de cocaína distribuidos en 43 envoltorios. Estábamos en el auto con mi pareja.

Yo vendí durante cuatro años y medio. Vivía en La Boca, sola. Trabajaba en el Hospital Argerich como auxiliar de enfermería… Un día, una peruana que llegó a atenderse me habló y me tentó. Me dijo que estaba perdiendo el tiempo por un sueldito, que podía ganar mucha plata. Y empecé a vender droga en la Zona Roja de La Plata. Lo que reunía en un fin de semana lo ganaba en el Argerich en un mes… hasta que caí. Día a día me arrepiento de lo que hice. Es muy difícil la vida detenida. Acá enseño inglés. ¿Si me operé? Hace dos años me puse biopolímeros en la caderas y me hice los glúteos con una enfermera. Por ahora no tuve problemas”.

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Lorena Waiser (37). La detuvieron comprando 55 gramos de cocaína en Luján. “A los 22 años empecé a vestirme de mujer”.

LA MAQUILLADORA. La última en sumarse es Lorena Waiser (37): Soy de Mercedes, provincia de Buenos Aires, y el 8 de diciembre de 2016 fui detenida en Luján por compra de estupefacientes. Hace dos años y cuatro meses que estoy presa, esperando el beneficio de la ‘libertad asistida’. Tengo agotamiento de pena el 8 de diciembre de 2020. Vivo en el pabellón dos con un chico que es mi compañero de celda, o novio, podríamos decir. Hasta caer presa me dedicaba al arte estético. Soy masajista, maquilladora, hago body painting, peinado, colorimetría. Cuando salga voy a dedicarme a eso. A los 22 años empecé a vestirme de mujer, y a los 25 decidí ser una chica trans. No me operé: todo lo que tengo es armado. Acá cambalacheo (usa lo que consigue) todo el material de maquillaje.

Antes estuve en la cárcel de Batán, pero me gusta más acá. Por suerte, me pude quedar. ¿Por qué me detuvieron? Fui a comprar cocaína para el fin de semana… Me estaban siguiendo. Me agarraron con 55 gramos de cocaína, fraccionada en cinco piedras de 10 y una de 5. En diciembre de 2016 acepté un juicio abreviado, con una pena de cuatro años. Estoy en fecha para salir con la condicional. Tenían muchas pruebas en mi contra: me convenía aceptar la condena. Consumía de 10 a 15 gramos diarios, cuando llegué a la prisión se me complicó los primeros seis meses; después, el cuerpo se acostumbró. Hoy no me interesa la droga. Me hice mucho daño. Si no caía en eso hoy estaría libre, poniendo lindas a mis amigas, como hago acá”.

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El pabellón de diversidad de género por dentro. Lorena, Luly, Betty y Marilyn ansían la libertad y dicen que quieren vivir en paz. Desean reinsertarse para emprender una vida sin delito.

La entrevista continúa mientras hombres y mujeres trans se ayudan para preparar la cena. El pabellón tiene dos pisos. Cada puerta está pintada de colores diferentes. En la celda donde se hacen las fotos hay una cortina fucsia, un plasma, y aparece el más mimado de todas, Torito, un cachorro negro.

Las mujeres trans hablan de sus derechos tras las rejas: “Soy la más antigua acá –dice Marilyn, que suma ya diez años en el penal–. Al principio costó. Nos hacían salir con ropa suelta y el pelo muy atado, hasta que a fuerza de insistir logramos vestirnos como nos gusta. Yo fui la primera en casarme en 2013 con Guillermo, gracias al Matrimonio Igualitario... Me separé a los cinco meses por cosas de la vida, como sucede afuera. Hoy estoy en pareja hace dos años y convivo con él en el mismo calabozo”.

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Cara a cara. Lorena Waiser, Betty Sánchez, Marilyn Bernasconi y Luly Lavaggi durante la entrevista con Miguel Braillard, editor general de Investigaciones de GENTE.

–A propósito Marilyn, la persona con la que te casaste tenía causa por violación. ¿Eso no te perturbó para tomar la decisión?

–Primero que no lo sabía: yo no ando investigando. Un detenido sabe que no se le pregunta a otro por qué está acá. Tampoco juzgo a las personas por su pasado. Sólo me dejé llevar por el amor, que un día se terminó y punto. Hoy somos amigos. Él comparte el mismo pabellón que yo con su nueva pareja.

–Con respecto a la vida en pareja, ¿les proveen preservativos para poder tener sexo saludable?
Lorena: Sí, todo lo que necesitamos. Remedios también. La comida desde hace un tiempo cambió para bien.
Marilyn: Yo soy portadora de HIV y nunca me faltó mi medicación. Todos los meses llega puntual.

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El patio. Una vista del espacio común donde pasan su tiempo libre y preparan y comparten las comidas. Cada celda está ocupada de a dos o de a tres. En el pabellón conviven sesenta personas de diversidad de género.

Luly: Vamos progresando. Cada día se respetan más nuestros derechos como chicas trans. Así es como nos definimos todas nosotras. Lo de travesti ya no se usa porque puede sonar ofensivo. En las historias clínicas aparecen nuestros nombres de mujer. Y la gente del Servicio Penitenciario nos llama así… Antes era por el de varón. También tenemos talleres de diversidad de género.

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“Acá una aprende sobre todo a respetar a los demás. Somos conscientes de que no podemos volver a caer: es muy dura la vida en prisión”, coinciden.

Betty: Yo cambié mi identidad estando en libertad.

Marilyn: Lo positivo es que siempre que charlamos todas coincidimos: la cárcel nos ayudó a respetar, a luchar para no ser discriminadas, y sobre todo a pensar en una vida bien lejos del delito.

Por Miguel Braillard
Fotos: Alejandro Carra

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