Ella está sola y NO espera

Ya somos grandes, y si resulta que estamos solas/os o nos separamos, cuesta cada vez más encajar en un mundo rodeado de parejas y planes familiares. ¿Qué hacemos? ¿A vos también te pasa?

nos ellos 8-2 - 20190208

Ella está sola y NO espera

Pasé gran parte de mi vida sola. “Sola” refiere a “sin compañía estable a la vista”, por lo que siempre era un incordio en invitaciones y fiestas familiares.

Con el tiempo supieron que el clásico “¿Venís con alguien?” no tenía sentido conmigo porque, salvo por el tiempo que me emparejé con mi exmarido, mi vida toda ha sido en femenino y singular.

Sin embargo, veo a mi alrededor unas cuantas mujeres bastante incómodas con ese estado que –se supone– no existe: la sola “grande”, pero no tanto como para ser viuda o abuela. La sola de remanente, la sola no tan joven ni tan vieja del todo.

El saldo en el mercado del amor, la sola impar, la sola que incomoda en navidades y casamientos por esa misma vocación solitaria, digamos. A esa sola, creeme, se le complica absolutamente cuando por ausencia de hijos o viaje de amigos se queda a solas con la ciudad y con sus mil horas monógamas.

¿Qué se hace? La buena noticia es que el tiempo me ha demostrado que estar en esa situación no te priva de nada. Ni siquiera de bailar. Sola se me ha visto perdida en tanguerías y tangueando a poco de entrar. Sola se me ha visto en alguna playa –juntos, mi libro y yo– y conversando al rato con simpático solitario playero con perro a su lado. O sola, tan sola como antes, pero lo mismo disfrutando del fogón que alguien armó en la playa a la caída del sol.

La mala noticia de todo esto es que, más de una vez, los emparejados suelen acercarse a la sola con intenciones aviesas. A esos, ni lo dudes, clavales el visto y ni media confianza. Que entiendan que sos la mujer que está sola y no espera. No al menos un pelado en shorcitos en busca de una aventura barata ambientada en Mar de Ajó.

por QUENA STRAUSS, periodista

Solos en la madrugada
por LUIS BUERO, periodista

ilustración VERÓNICA PALMIERI

Podría resumir esta columna repitiendo la letra de la canción 19 días y 500 noches, pero como a diferencia de Sabina a mí me pasó más de una vez, conozco bien el tema de estar (y sentirse) más solo que un náufrago sin la pelota marca Wilson. Resumiendo, cuando a nuestra pareja se le chifla el moño (así pensamos los hombres) y nos deja de pronto, muchos experimentamos la sensación de ser astronautas a la deriva, desconectados de la nave madre (eviten interpretaciones freudianas).
Entonces nos ataca la loca idea de eludir el duelo y su fea compañera: la soledad. Comenzamos a invitar a salir a los amigos, pero el soltero está refaccionando su departamento y los casados tienen obligaciones familiares que cumplir. A los hijos grandes que engendramos con la ex no les vamos a ir a llorar, y hasta el mozo del bar donde vamos a tomar café todos los días está aburrido de nuestro relato.

Así que optamos por una posibilidad antes descartada: buscar mujeres en sitios de encuentros y citas, ya sea desde la computadora o en aplicaciones telefónicas. Y descubrimos que las que nos gustan nunca responden nuestros mensajes, y las que aparecen en el bar no coinciden en edad y aspecto con la foto que pusieron, que es de la época de su escuela secundaria.

Finalmente llega el día en que notamos que dormir despatarrados en la cama doble es más cómodo y que la ausencia de esa persona que nos recordaba nuestros defectos a cada rato tiene sus ventajas. Hay vida después del divorcio, y el dolor no es un pozo sino un camino que vale la pena recorrer hasta la próxima vez.