Rodolfo Rossi: la increíble historia del runner que unió La Quiaca y Ushuaia corriendo

Atleta desde su infancia, al cumplir los cuarenta se propuso una travesía única: transitar toda la Ruta 40, desde Jujuy hasta Tierra del Fuego. Su testimonio quedó plasmado en el libro Corre 40.

Rodolfo corre desde los 9 años, enamorado de esta actividad que lo llevó por todo el país y el mundo. Su hazaña es una gran fuente de inspiración. Foto: Alejandro Carra/GENTE
Rodolfo corre desde los 9 años, enamorado de esta  actividad que lo llevó por todo el país y el mundo. Su hazaña es una gran fuente de inspiración. Foto: Alejandro Carra/GENTE

¿Cómo se hace para encarar una carrera de 5.600 kilómetros a través de las más diversas geografías? ¿Cómo se lucha contra el agotamiento que demanda transitar el equivalente –y más– a un maratón por día? ¿Quién es capaz de enfrentarse a vientos de 120 kilómetros por hora, a la lluvia impiadosa, a la nieve copiosa, a temperaturas que bordean los 14ºC bajo cero? ¿Quién sigue adelante a pesar de una fractura, cuando la meta está allá lejos, austral, inalcanzable sólo para aquellos que se rinden?

Rodolfo Rossi tiene todas las respuestas. Y las comparte en un hermoso libro de 200 páginas- Corre 40, editado por Atlántida– donde relata en primera persona la gran travesía de su vida.

El aliento de Liniers
El aliento de Liniers

Y eso que Rodolfo –casado con Tati, padre de Lucía (10) y Nicolás (8)– ya tenía experiencia en pistas, caminos y rutas. Porque es runner desde chico, triunfó en varias competencias de fondo (desde 10.000 metros hasta ultramaratón de 100 kilómetros) y conoce el paño como pocos. Pero esto fue distinto. Único en su tipo. Una bella locura, nacida de los sueños de este hombre audaz. La tituló Corre 40. Después de haberla vivido, las palabras no alcanzan.

–Rodolfo, ¿cómo nació esta pasión por correr?
–A los 8 años. Estaba de vacaciones en la Costa con mis padres y, de repente, noté que habían cortado una calle y se reunía una multitud a los costados. No entendía qué pasaba. Mi papá me subió a sus hombros y ahí divisé unas motos que abrían paso y, detrás, tres corredores. Esa imagen me puso la piel de gallina. Le dije a mi papá: “El año que viene quiero correr esta carrera”. Me entrené todo el año para hacerlo. Volvimos y, al momento de inscribirme, se me cayó el mundo. “Esto es para mayores de 14 años”, me dijeron. Lloré. Pero mi papá me dijo que el año siguiente se iba a anotar él y, como tenemos el mismo nombre, me daba el número a mí. Y así corrí, “de contrabando”. Me fue bien: salí en el puesto 63. Era un pibe de diez años…

Llegando a Las Lajas, Neuquén.
Llegando a Las Lajas, Neuquén.

–Nunca más te despegaste de este deporte.
–Así es. Me fui planteando desafíos cada vez más ambiciosos. Llegué a integrar el running team de Nike, el primero que se estableció acá. Me entrenaba en el Cenard. En el ’93 fui subcampeón nacional de 10.000 metros, y después, récord nacional de 21 kilómetros (una hora y 9 minutos).

–¿Nunca quisiste ir a los Juegos Olímpicos?
–Mi entrenador me decía: “Si te dedicás a full, a Sydney 2000 llegás seguro. Eso sí, tenés que vivir para esto”. Pero yo quería estudiar y desarrollar una vida laboral. Seguí corriendo, aunque sin pegar ese salto. Estudié Administración de Empresas en la Universidad de San Andrés y me dediqué al comercio electrónico. Hoy trabajo para el Grupo Supervielle.

En Salta comenzando la aventura.
En Salta comenzando la aventura.

Lo que me sacó adelante fue volver a correr.

–Bueno, contame cómo surge el Corre 40.
–Una vez, viajando por motivos laborales por la Ruta 40, se me cruzó la idea por la cabeza. “¿Y si me propongo unir La Quiaca con Ushuaia? Algún día”, me dije… La vida me fue llevando por diferentes rumbos. Mi familia sufrió mucho la crisis de 2001: perdimos casas, autos, todo. Y eso que en los 90’ mi papá llegó a ser presidente del Banco Central y se tuvo que ir por un cruce con Cavallo… Lo que me sacó adelante fue volver a correr. Mi vida cambió: conocí a mi mujer, me casé, fui padre… Al acercarse los cuarenta algo así como un punto de inflexión en la vida de un hombre, se me ocurrió reflotar aquel sueño. El querido Johnny Scanlan, director de mi colegio, el San Brendan, me impulsó y me dio todo el apoyo. Y me mandé.

Camino a Tecka, Chubut, acompañado por la gente.
Camino a Tecka, Chubut, acompañado por la gente.

PASO A PASO. El 17 de agosto de 2015, cinco días después de haber cumplido 40 años, Rodolfo partió desde La Quiaca. Lo acompañaban dos casas rodantes, cuatro personas para alentarlo y asistirlo (luego se irían sumando más, conocidos y amigos de ruta) y todas las ilusiones a flor de piel.

En 113 días, Rossi recorrería 5.596 kilómetros, tras pasar por 12 provincias. Gastó durante la travesía nueve pares de zapatillas. “Esto empezó como algo mío, pero se fue volviendo grupal. Porque la fuerza me la daban los demás. En promedio, corría 50 kilómetros diarios… Llegué a hacer 70 en una jornada”, cuenta Rodolfo.

Con el querido Urbano Cardozo, un catamarqueño que se sumó a la travesía y no paró hasta Ushuaia. Foto: Alejandro Carra/GENTE
Con el querido Urbano Cardozo, un catamarqueño que se sumó a la travesía y no paró hasta Ushuaia. Foto: Alejandro Carra/GENTE

En Andalgalá, Catamarca, conoció a Urbano Cardozo, un hombre de 78 años que acababa de enviudar. “No me sentía bien en mi casa. Por una revista me enteré de lo que estaba haciendo Rodolfo. Calculé por dónde podía pasar, preparé todo y me fui con la Berlingo. Llevaba hasta colchón”, sonríe. Urbano lo siguió hasta Tierra del Fuego, codo a codo. “Me cuidó las espaldas día y noche”, se emociona el atleta. “Es un hombre sabio, descendiente de los quilmes, que lucha contra la contaminación que producen las mineras. Pasamos por territorio mapuche, y en alguna ocasión entabló conversación con ellos. Jamás nos molestaron”, afirma Rossi.

–Descríbanos un día típico de la travesía.
–La rutina era cumplir dos etapas por día, una a la mañana y otra a la tarde. Hubo contingencias: tuve problemas en las rodillas, me infiltraron tres veces, me caí y me quebré dos dedos de una mano…

Llegada al Kilómetro Cero en Cabo Vírgenes, cerca del Estrecho de Magallanes. Sólo faltaban 300 kilómetros más por la Ruta 3, hasta llegar a la capital fueguina.
Llegada al Kilómetro Cero en Cabo Vírgenes, cerca del Estrecho de Magallanes. Sólo faltaban 300
kilómetros más por la Ruta 3, hasta llegar a la capital fueguina.

–Y no te desanimaste.
–Nunca. Si pude seguir cuando estaba en Abra del Acay, a más de 5.000 metros de altura, ya no me paraba nada… Ahí sí me faltó el oxígeno. Cuando llegué a Tierra del Fuego (después de hacer los últimos 300 kilómetros por la Ruta 3, ya que la 40 termina en el extremo este de la provincia de Santa Cruz), me vinieron mil imágenes a la cabeza. Sobre todo de los amigos que coseché, los chicos de escuela que me alentaban…

–¿Te queda algún sueño pendiente?
–Muchos. Por ejemplo, me gustaría recorrer toda la famosa Ruta 66 de los Estados Unidos.

–¿Cuándo?
–A los 66 años. ¿No estaría bárbaro?.

Por Eduardo Bejuk.

Fotos: Alejandro Carra y álbum personal de R.R.

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