Adriana, nieta recuperada 126: “Completé una parte de mi vida: ¡exploto de felicidad!”

Se llama Adriana, tiene 40 años y el lunes 4 de diciembre reencontró su identidad: supo que nació en cautiverio en el penal de Magdalena y es
hija de Violeta Ortolani (22, bonaerense) y Edgardo Garnier (23, entrerriano), desaparecidos entre fines del ’76 e inicios del ’77. Cómo surgieron
sus dudas, la historia de amor de sus padres y la búsqueda desesperada del papá por recuperarla.

Anoche, Adriana no pudo dormir. La cabeza le iba a mil. Y, en los minutos que fue vencida por el cansancio, soñó abrazada a un libro que cuenta la historia de sus padres. Quizá aparecieron, Edgardo con su bigote y Violeta con su cara sonriente, los dos en blanco y negro. Pero seguro que esta noche estuvieron más juntos que nunca.

Adriana acaba de descubrir que es la hija de Edgardo Garnier (entrerriano), alias Rober o El Chueco, y Violeta Ortolani (nacida en Bolívar). Otra hija de desaparecidos que reencuentra su identidad.

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Adriana sonríe ante la mirada de Estela de Carlotto al anunciar la gran noticia. El fin de semana conoció a su abuela Blanca en Concepción del Uruguay.

La nieta recuperada 126. Sí, ella, que aunque era muy parecida a su mamá del corazón, “cara flaca y alargada, igualita a ella”, siempre tuvo una sospecha. Como si existiera una fuerza natural que, a la larga o a la corta, termina uniendo a los hijos con sus padres naturales.

“Los últimos años vivía para mis padres del corazón. Eran grandes y se enfermaban mucho. Yo los veía cada vez más tristes. No me iba de viaje para no dejarlos y empecé a sentir que ponía más energía de la que tenía. Papá murió a los 75 años, en 2012. Cuando murió mamá, dos años después, sentí que se había dejado morir y me sentí abandonada. Tenía mucha bronca. Caí en una depresión muy fuerte”, repasa Adriana.

–¿Siempre pensaste que podías ser hija de desaparecidos?
–Primero creí que era adoptada y podía haber sido abandonada. Estaba anotada en Wilde y todos mis hermanos en Capital. Cuando les preguntaba a mis padres, se ponían nerviosos. La mirada de mamá me decía que había algo raro. Un día, muy enojada por todo lo que estaba viviendo, le dije a una amiga de ella: “Me parece que soy adoptada”. Y ella metió la pata: “¿Y si fueras adoptada, qué…?”.

–¿Ahí sospechaste?
–Sí, pero me frenaba el gran parecido que tenía con mamá. Entonces hablé con una amiga y me dijo que igual fuera a Abuelas, a hacerme un ADN. Pero antes decidí hablar con mi tía Nélida. “Che, tía, esta señora me tiró esta bomba: ¿yo soy adoptada?”. Y ahí arranca el camino de la verdad: “¡Ay, esta bocona! Estábamos esperando que estuvieras mejor para contarte. Nosotros siempre pensamos que podías ser hija de desaparecidos”.

–¿Creés que tus papás sabían algo?
–Quizá en su ansiedad de ser padres hicieron algo mal. Ellos eran gente de bien. Papá era taxista y una vez vio la foto de una desaparecida que se parecía mucho a mí. Quién te dice, quizá estuviera viendo a mi verdadera madre. Ahí empezaron a sospechar y hablar el tema. Y creo que ésa era su amargura.

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En la sede de Abuelas, de la mano de su tía Silvia Garnier, con algunos compañeros de militancia del padre. “Me esperaron 40 años”, dice.

MILITANTES E IDEALISTAS. Según lo que se pudo reconstruir, Adriana nació en la cárcel de Magdalena, a 50 kilómetros de La Plata. Edgardo, su papá, formaba parte de la Juventud Peronista, y su mamá, de la rama universitaria de dicha organización. Cuando los describe, Adriana habla de “una historia de amor fantástica”, embelesada con lo que escuchó de sus padres. “Se conocieron militando. Los dos iban a la Facultad de Ingeniería, en La Plata; tenían 22 y 23 años. Se enteraron de que estaban embarazados y, cuando fueron al médico, lloraban de la emoción. Hacía dos años que estaban de novios y decidieron casarse”, detalla Adriana.

En su paso por Montoneros, Edgardo era La Vieja Bordolino o El Viejo, y Violeta, La Viole. “No tenían una participación muy activa; intervinieron en algunas misiones de distracción”, aclara. Se casaron el 7 de agosto de 1976 en Bolívar, cuando ya hacía tres meses que Adriana estaba en la panza. Según contaron sus compañeros, el bebé se iba a llamar Marcos o Enrique si era varón, y Vanesa si era una nena.

Pero en la Argentina empezaba la noche más larga. El 14 de diciembre, cuando llevaba ocho meses de embarazo, Violeta fue secuestrada en el barrio La Granja, de Ensenada. Allí, la pareja compartía una casa de estudiantes con otros compañeros, tambiéndesaparecidos.

Ahora, la que sigue el relato es la propia Adriana: “Mi papá estaba desesperado de amor por ella. Y enloqueció. Movió cielo y tierra para buscarnos, porque mamá tenía fecha de parto para el 17 de enero. Se quería entregar a cambio de que me devolvieran a mí, para dejarme con mi tía en Entre Ríos. No midió consecuencias. Entonces consiguió un dato: le dijeron que mi mamá estaba en la cárcel de Magdalena y que ya había tenido familia. Así que yo debo haber nacido en ese penal…”. Finalmente, en medio de la búsqueda de su familia, Edgardo fue secuestrado el 8 de febrero de 1977.

–¿Cómo fue el momento en que te enteraste de que eras la hija de Edgardo y Violeta?
–Fue el lunes 4 de diciembre. Me lo comunicó Manuel Goncalves y me dijo que me lo tomara con tiempo: “Procesalo y avisanos cuando estés preparada y quieras conocer a tu familia”. Pero yo le dije: “¡Ya quiero conocerlos! Esperamos cuarenta años… ¿Cuánto más?”.

–Dentro de lo que pudiste indagar, ¿en qué te parecés a tus padres?
–Ellos eran dos idealistas. Querían cambiar el mundo.
Llevaban comida a las villas. Yo comparto esa empatía social y la preocupación por el otro, pero ellos se jugaron la vida por esos valores. Me duelen las injusticias que pasan en el país. Por eso soy abogada en una defensoría donde patrocino a gente que no puede pagar un profesional.

–A pesar de lo triste de la historia, podés vivirlo con felicidad.
–Sí, porque la historia de amor de mis padres fue hermosa y porque yo recuperé la mitad de mi vida. Pude conocer la verdad y llené los casilleros vacíos. Me siento plena.

–¿Ya pensaste si vas a mantener tu nombre o lo vas a cambiar por el que querían Edgardo y Violeta?
–Estoy segura de que quiero conservar mi nombre de pila. Soy Adriana hace 40 años, es algo muy mío. Pero sí me voy a poner los apellidos de ellos dos. Es una forma de equilibrar. Dentro de la tragedia, gracias a Dios tuve una buena familia que me adoptó. Creo que es una forma de honrarlos a todos.

–¿Cómo sigue tu nueva vida?
–Voy a conocer a mi nueva familia. La abuela Blanca, mi tía, los primos… La abuela me preguntó qué quería para comer, si quería sushi… Pero yo soy sencilla. Con una milanesa o un asado estoy bien. Tengo una abuela a los 40 años. Estoy que exploto de felicidad. Siento que ganó el amor.

Por Julián Zocchi.
Fotos: Télam

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