Recuerdos primaverales

¡Feliz primavera! La estación que sí o sí nos lleva a viajar en el tiempo, sobre una alfombra mágica con cuadros rojos y blancos, como el más tradicional mantel de pícnic. ¡Ahí vamos!

Del pícnic al cyber pícnic
por QUENA STRAUSS, periodista

Allá lejos y hace tiempo, cuando hasta yo era una adolescente llena de hormonas y desprovista de canas, el 21 de septiembre, Día del estudiante, era una verdadera fiesta. Arrancaba muchas semanas antes de la fecha, con tremendos debates de adónde ir: ¿Jardín Japonés?, ¿bosques de Ezeiza?, ¿Planetario? Todo debía votarse para luego discutir el no menor tema del transporte porque a todo pícnic que se precie hay que llegar a los gritos, tocando bocina y en bondi escolar (olvidate de combies, transfers y esa clase de excentricidades de hoy).

Materia de debate era también el menú, porque fija que los chicos no llevaban nada de comer (y sí mucho alcohol) por lo que terminaban devorando nuestros sándwiches, tartas y hasta huevos duros. Hoy, por lo que sé a través de sobrinos e hijas de amigos, la cosa es menos épica, pero igual de divertida y bastante más retratada. Porque, sabrás, se fotografía todo: la salida, la canasta, el mantel, los amigos junto al mantel, los amigos revoleándose la canasta… Todo parece más “estético” que antes. Y mucho más musical: hoy se escucha música hasta en el baño, así que el pícnic del estudiante no podría haber sido la excepción.

Pero, y con todo, sigo viendo más afinidades que diferencias entre estos festejos y los del siglo pasado. A los dos vamos (fuimos) buscando encontrar a quien nos gusta, fantaseando con la fiesta a la noche, sabiendo que nada podría salir mal con tantos amigos alrededor del mantel a cuadros. Del pícnic al cyber pícnic no hay tantas diferencias. Y si no que hable el huevo duro, que sigue ahí, firme sobre el plato de lata y ¡celebrando una primavera más!

Recuerdos primaverales
por LUIS BUERO, periodista

Encontré sin querer en un viejo libro una foto de los ‘70 de un pícnic del Día de la primavera con el grupo de compañeros del secundario. Verla fue sentir que El túnel del tiempo no es una serie retro, sino la mismísima realidad. Recordé que las fotos de ese tiempo eran sí o sí con todo el grupo porque la clásica selfie con touch narcisista no figuraba ni en la cabeza del más delirante. Resulta que había un mantel a cuadros y un par de canastas con sándwiches de jamón, salame, tomate y queso, media docena de vasos y un par de botellas de jugo, gaseosas, charlas de chismes, risas y un poco de rockanroll en un pasacasetes gigante.

Hoy los eternos momentos de tardes de pícnic en los lagos de Palermo quedaron reducidos a selfies semigrupales, conversaciones por chat y WhatsApp, ver quién sube la foto más original comiendo unas cookies con un latte de Starbucks, mucho alcohol y poco jugo y unos cuantos porros que reemplazaron al inocente Jockey Club rubio que atrevidamente nos fumábamos el Día del estudiante.

¿Y quién se iba a imaginar el futuro Facebook o Instagram? Si en aquellos tiempos la única red que conocíamos era la que nuestros viejos usaban para pescar en el verano de la costa o la que nuestras madres y hermanas se ponían en la cabeza para hacerse la toca. Ahora se tiñen sólo la mitad, le llaman “desgastado” y es lo más cool. Ah, y al margen, ojo que la foto instantánea de antes es la que tiene más onda ahora en las redes porque, al fin de cuentas, cada tanto necesitamos regresar un poco.

Ilustración: Verónica Palmieri.

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