Relaciones low cost: cómo “ahorrar” amor

Ahora que los vuelos low cost son una realidad, y que con ellos podemos volar bien alto y lejos, hablemos también de las relaciones “gasoleras” en las que unas y otros “gastan” un poco menos de amor.

#PARA TI - NOSOTRAS ELLOS AMOR LOW COST - Estar mejor - VP - 20180223
“Un día nos sorprendemos admitiendo que tenemos algo con alguien”.

Alerta, amores low cost

por QUENA STRAUSS, periodista

Ahora podés volar a muchos lados pagando mucho menos, de acuerdo. Pero ya habrás advertido que esa mirada gasolera se ha hecho extensiva a las relaciones y que también los romances se han abaratado. Y mucho. Se besa, se acaricia y se aparea todo el mundo con todo el mundo como nunca antes. Pero en el medio todo se ha ido volviendo más ligero. Menos “específico”. Así, un día nos sorprendemos admitiendo que tenemos “algo” con “alguien” que por alguna razón queda para siempre en ese lugar fantasmagórico. Esa es la primera alerta de Relación Low Cost: todo tiene tan poco peso (tan poco costo) que no da ni para gastarse recordando nombres ni profesiones. Lo querés en tu vida, sí, pero de la puerta y del corazón para afuera. Tranqui, que nos pasa a todos. El problema surge, en todo caso, cuando a) te pasa todo el tiempo o b) no les pasa a los dos al mismo tiempo. Ergo, vos querés ir en serio y él no, o viceversa. Pero por lo general en las relaciones low cost todo está claro desde el vamos y ya estamos lo suficientemente grandes como para saber que lo que cuesta nada vale ídem. ¿Qué sentido tiene hacerle una escena a un tipo que conociste en un sitio llamado Tutrampa.com? ¿O qué puede venir a reclamarte él si le dejaste en claro que verse un rato no significaba que fueras a dejar de verte con otra gente? Todo en estos vínculos es así: low. Bajo, chato, planito como pecho de marine. Yo no pido, vos no pedís y así estamos, en una sopa emocional cumplidora, pero sosa y berreta. ¿Sugerencia? Disfrutá un rato de chapotear en esta laguna Chis Chis del amor, pero en cuanto puedas hacete al mar. Con todo lo que eso implica.

Amor sin rebajas

por LUIS BUERO, periodista

Sufro de una enfermedad bautizada por Freud como neurosis obsesiva. No me la diagnosticó un profesional del bocho, pero lo deduje de mis lecturas de don Segismundo, y cuando se lo comenté a una psicóloga que me trataba mantuvo un aprobatorio silencio.

Esta posición subjetiva hace que para los sujetos como yo no existan las relaciones light. Podemos contratar vuelos aéreos de bajo costo, comprar en los negocios de segunda selección y elegir alimentos diet. De lo que estamos impedidos, al menos yo, es de establecer vínculos laborales, amorosos o de amistad “low cost”. Todo lo que emprendemos implica una entrega total, incondicional, o no aceptamos el reto. Claro que no siempre la respuesta del otro es del mismo tenor.
En El Banquete de Platón, Alcibíades le insiste a su maestro Sócrates que le manifieste de manera expresa su amor y le dé un signo de su deseo. El psicoanalista Lacan utiliza este texto para exponer cierta fórmula del amor en la que se presenta un amante y un amado. Es decir que en una pareja hay un alguien que labura full time para que el otro lo ame, y el otro simplemente “hace la plancha” y se deja querer. El obsesivo es el primero de los personajes, seguro.
En las relaciones laborales nos sucede algo parecido, nos sentimos como el protagonista del tema de Serrat: “Uno de mi calle me ha dicho…”. Es decir, desconocidos, ignorados, no valorados. Y la sensación de que no somos imprescindibles es muy exagerada en esta época donde todo es provisional, provisorio, eventual. Y sí. Debemos aprender a relajarnos y aceptar que el mundo “low cost” es el presente.

Ilustración: VERÓNICA PALMIERI

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En las relaciones laborales nos sucede algo parecido, nos sentimos como el protagonista del tema de Serrat: “Uno de mi calle me ha dicho…”. Es decir, desconocidos, ignorados, no valorados. Y la sensación de que no somos imprescindibles es muy exagerada en esta época donde todo es provisional, provisorio, eventual. Y sí. Debemos aprender a relajarnos y aceptar que el mundo “low cost” es el presente.

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¿Por qué es cada vez más difícil recomendar una serie?

Hoy todos hablamos de series, de la serie nuestra de cada día (y noche), y cruzamos hallazgos y recomendaciones. Pero la verdad es que hay cada vez más títulos, y recomendar y compartir empieza a ser casi una misión imposible.

nosellos 19-1 - 20180126

Tu serie NO me gusta
por QUENA STRAUSS, periodista

Es así: entre amigos y de onda uno suele recomendarse series supuestamente “bomba”. Pero puede que la súper serie que tus amigas aman a vos te parezca un bodrio, y viceversa. Por eso, propongo cortar con la hipocresía seriéfila y comenzar a animarnos a decir en voz alta las cosas como son.

Empezando, claro, por la peor verdad de todas: ¡tu serie no me gusta! Ese embole que para vos es la séptima maravilla es, en realidad, un cuento pretencioso, carísimo y pensado solamente para impresionar a los snobs. ¿O me vas a decir, por ejemplo, que todo el mundo entiende Game of Thrones cuando cada doce minutos brota un personaje nuevo de debajo de algún almohadón, las familias son endogámicas a más no poder y ni los dragones se salvan de un avance erótico? ¡Pst! O esas otras de intrigas políticas interminables y que son como una tragedia de Shakespeare, pero en seis temporadas. ¿Quién se las fuma? Yo no, al menos.

A mí me gustan las cosas o más tradicionales o definitivamente rupturistas. Muero por The Sinner, por caso, un thriller psicológico narrado como los dioses, y me entretienen mucho las idas y vueltas de Sobreviviente designado, esa serie en la que un hombre que es el equivalente humano del perrito Droopy queda a cargo por accidente de la Casa Blanca y de la presidencia de los Estados Unidos. Pero, te diré, por lo general no sucumbo a lo que sucumbe todo el mundo. No amé Lost, no amé Los Soprano, no enloquecí con Mad Men. Creo, como te dije, que recomendar series es como aconsejar a otro en temas de amor: sólo sirve para enemistarnos con medio mundo. Mejor que cada quien encuentre la serie de su vida como pueda y cuando guste. Ese es el único modo seguro de no seguir perdiendo amigos.

Series incompartibles
por LUIS BUERO, periodista

Las series me han acompañado toda la vida. Cuando era chico y compraron un televisor en casa, me fascinaban con El Cisco Kid, El llanero solitario, Patrulla de caminos, Yo quiero a Lucy, Caza submarina. El tiempo pasó y yo seguía prefiriendo la televisión extranjera, tan cinematográfica. En los ‘60 llegaron La dimensión desconocida, Bonanza, Misión imposible, Los Picapiedras, Hechizada, Mr. Ed, El Agente de Cipol, El fugitivo, Los intocables, Ladrón sin destino. Después vino la década del ‘70 y nos deleitaron con La Familia Ingalls, Kung Fu, Starsky y Hutch, El hombre nuclear, Los ángeles de Charly, Kojak. En los ‘80 nos sorprendieron con Alf, McGyver, Brigada A, Luz de Luna, División Miami, V Invasión Extraterreste, Dallas… Eran épocas donde en mi casa había un solo televisor y, a la hora de la cena, el aparato era como un tío querido que participaba de la mesa familiar. Y al día siguiente, en las escuelas y oficinas se hablaba de las series.

Los ‘90 nos trajeron Los Expedientes X (ahora ha vuelto en una nueva temporada), Friends, Los Simpsons, Los Soprano, La niñera, Millennium; los 2000 siguieron con Supernatural, Prison Break, CSI, Breaking Bad, Gilmore Girls, Fringe, Dr. House, Dexter, Dos hombres y medio, The Big Bang Theory, Lie To Me.
Ahora veo Chance, La ley y el orden, NCIS, Swat, Criminal Minds, Lucifer, y amigos y parientes ven series que ni conozco en Netflix, Hulu u otras plataformas, cada uno en su dispositivo y pantalla. El mundo de las series se ha atomizado tanto que hay una para cada paladar, gusto o cultura y edad. ¿Recomendar y compartir?, muy difícil hoy.

ilustración VERÓNICA PALMIERI

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Tu serie NO me gusta
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Empezando, claro, por la peor verdad de todas: ¡tu serie no me gusta! Ese embole que para vos es la séptima maravilla es, en realidad, un cuento pretencioso, carísimo y pensado solamente para impresionar a los snobs. ¿O me vas a decir, por ejemplo, que todo el mundo entiende Game of Thrones cuando cada doce minutos brota un personaje nuevo de debajo de algún almohadón, las familias son endogámicas a más no poder y ni los dragones se salvan de un avance erótico? ¡Pst! O esas otras de intrigas políticas interminables y que son como una tragedia de Shakespeare, pero en seis temporadas. ¿Quién se las fuma? Yo no, al menos.

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#NosotrasYEllos: Tecnohijos vs Padres

Esta vez no se trata de la guerra de sexos sino de la batalla entre las mamás y papás del siglo XXI y nuestros tecnohijos que nos controlan –y se burlan– como usuarios invasores de las nuevas tecnologías.

# PARA TI -NOSOTRAS ELLOS - news - walkman - 20180112

Tecnoniños

por QUENA STRAUSS, periodista

Se te ríen, se te ríen sin dientes (¡todavía están perdiendo los dientes de leche los muy cretinos) cuando te ven metida en Facebook, digitando cual loca en el teclado del celu que te compraste para ser canchera o dando vueltas en las redes supuestamente no aptas para gerontes, que es lo que venimos siendo todas nosotras para ellos. “Ma, ¿vos tenés Instagram?”, me preguntó el otro día muy intrigado Dante. Cuando le dije que sí, redobló el acoso con un letal “Pero ¿vos entendés realmente de qué se trata Instagram?”, como si para usar una nueva red social una debiera tomar un curso para el que no puede siquiera postularse. Es así: la Generación Pulgar desprecia desde lo más hondo de sus bits a cualquiera nacido antes de los ‘90. Nos miran como pobres cosas ágrafas, molestas, que tratan de camuflarse entre la multitud de tipeadores relámpago, pero sin poder esconder nunca del todo bien la torpeza de sus manos. Dicho sea de paso, a esta altura de la soirée agraciadas ellas (las manos, se entiende) con los primeros síntomas de artritis, mal del túnel carpiano o delikatessen por el estilo. Y así, con esas pobres armas (un celular enorme y carísimo y una lentitud que es muy mal mirada en pleno siglo XXI) comenzamos las madres analógicas nuestro camino por el Sendero de la Vergüenza y de la Humillación Digital. A algunas les va mejor. Pero es sólo temporario: al final de las cosas ellos volverán a sacarnos de la pista y a reírse de nosotras sin dientes y sin vergüenza. Yo me vengo, cada tanto, del más vil de los modos, que es apagando el módem y dejando sin wifi toda la casa. ¡A ver qué hacen de sus vidas todos estos tecnoniños cuando les planteamos el Desafío Unplugged!

Enseñaje
por LUIS BUERO, periodista

Mientras tomaba un café en un bar escuché en la mesa de al lado a dos tipos que hablaban así (trato de repetir la frase): “Me hacen sentir como un hombre de la prehistoria cuando me ven con el teléfono celular que me acabo de comprar. Pero ¿cómo hacer para no sufrir tantos papelones en esta batalla perdida ante los jóvenes?”
Eran dos desconocidos, pero me hubiera gustado decirles que no estoy de acuerdo. A mí siempre en la vida me costó aprobar dos materias: Matemáticas y Principios de tecnología. Cuando estudiaba, hace mil años, el examen de Dirección de Televisión lo pasé raspando frente a un switcher (mesa de operaciones del director) que sólo tenía tres botones. De cualquier aparato que compre (radio, lavarropas, teléfono, televisor, horno, etc.) sólo accedo como un mono a usar la aplicación prehistórica de los mismos y a todas las demás posibilidades ni las investigo. No entiendo ni el manual del control remoto.
Pero nunca la relación con mis hijos, nietos o alumnos fue frustrante por eso. No hay batalla que ganar. No hay batalla. Esa idea parte del antiguo concepto de que el adulto sólo enseña y el joven sólo aprende… porque no sabe. Pero hace ya muchos años el psicólogo Enrique Pichón Riviere acuñó un hermoso neologismo: “enseñaje”. Eso significa que aprendizaje y enseñanza están solidariamente relacionados, con la diferencia de que en temas de tecnologías el que sufre de ansiedad es la persona mayor ante el nanodigital. Así, mi experiencia fue opuesta a la escuchada en el bar: pedir ayuda por no entender me sirvió para crear lazos con la gente menuda o adolescente, rompiendo roles estereotipados y fundando una red de afecto y confianza.

Ilustración: VERÓNICA PALMIERI

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Eran dos desconocidos, pero me hubiera gustado decirles que no estoy de acuerdo. A mí siempre en la vida me costó aprobar dos materias: Matemáticas y Principios de tecnología. Cuando estudiaba, hace mil años, el examen de Dirección de Televisión lo pasé raspando frente a un switcher (mesa de operaciones del director) que sólo tenía tres botones. De cualquier aparato que compre (radio, lavarropas, teléfono, televisor, horno, etc.) sólo accedo como un mono a usar la aplicación prehistórica de los mismos y a todas las demás posibilidades ni las investigo. No entiendo ni el manual del control remoto.
Pero nunca la relación con mis hijos, nietos o alumnos fue frustrante por eso. No hay batalla que ganar. No hay batalla. Esa idea parte del antiguo concepto de que el adulto sólo enseña y el joven sólo aprende… porque no sabe. Pero hace ya muchos años el psicólogo Enrique Pichón Riviere acuñó un hermoso neologismo: “enseñaje”. Eso significa que aprendizaje y enseñanza están solidariamente relacionados, con la diferencia de que en temas de tecnologías el que sufre de ansiedad es la persona mayor ante el nanodigital. Así, mi experiencia fue opuesta a la escuchada en el bar: pedir ayuda por no entender me sirvió para crear lazos con la gente menuda o adolescente, rompiendo roles estereotipados y fundando una red de afecto y confianza.

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¿Sola o más uno… más dos… o más un millón de amigas? Escapadas de ayer y hoy, pros y contras, balance y reflexión de los veranos de nuestras vidas.

 

# PARA TI - NOS ELLOS - estar mejor - 20180105

Vacaciones a la carta

por QUENA STRAUSS, periodista

Todo depende de tu edad y de lo que hayas sabido (o no) hacer con ella. Cuando tenés 16, la mejor vacación es en la playa y con amigas, en cualquiera de esos lugares donde los teens y las hormonas se concentran cual aguavivas. De esos días recuerdo los eneros en los que se pasaba en la arena no menos de ocho horas por día y se armaban planes para la noche. Ya emparejada, y puede que con un crío, la cosa cambia radicalmente: la arena les raspa la cola, el viento les vuela el gorrito coqueto y, entre nos, la bikini ya no te queda como antaño. ¡Pero no desesperes! Si dejás que el tiempo haga su tarea (la erosión invisible) un día te encontrarás de nuevo sola y con un nene a cargo. Por suerte, para ese momento casi todas tus amigas estarán más o menos en la misma y se armarán preciosas vacaciones de separadas con chicos, llenas de mateadas, nenes que se entretienen jugando entre ellos y largos días a toda carcajada y llanto, y frases que arrancan con

“¡No saben lo que me hizo el cretino de mi ex!”. Después, ¿adivinás? Sí, la rueda de Fortuna volverá a girar y puede que el próximo verano te encuentre nuevamente aposentada con gavilán pollero o bien estrenando amores ya canosos. Pero, ¿sabés qué? Recién entonces te vas a dar cuenta de qué largo ha sido el tiempo perdido en boliches, en madrugones, en vueltas a dedo y con el pelo lleno de arena y sal. Todo eso, en realidad, termina acá: en esta puesta de sol, en este vientito, con este abrazo y este señor que te mira como si fueses la mujer más maravillosa del mundo. Tarde o temprano esa vacación perfecta nos llega a todas. El tema es descubrir rápido a cuántos eneros estamos de semejante felicidad.

Mejor bien acompañado

por LUIS BUERO, periodista

Nunca fui solo de vacaciones. He viajado solo al interior y al exterior por razones laborales, por poco tiempo, y la pasé bien, pero estaba ocupado en cumplir ciertas funciones, más allá de recorrer lugares con anfitriones hospitalarios que me llevaban a conocer la ciudad en cuestión.

Pero ya paso demasiadas horas solo en Buenos Aires como para seguir tramitando mi soledad en otros espacios que están hechos para ser compartidos. Apenas pensarlo me deprime, pues me cuesta insertarme en tours o grupos similares.
Y el ir de nuevo, pero solo, a un sitio donde alguna vez fuiste con tu examada es como apretarse los dedos con la puerta del placard.
Desde que nací hasta mi primera juventud fui de veraneo con mis padres, hermano, abuela, tíos, y luego esposa e hijos. Mientras estuve sin pareja me quedé aquí a disfrutar el enero porteño.
Luego vinieron novias, la mejor compañía para pasarla bien en una playa o ciudad serrana. Sé de gente que ha compartido las vacaciones y su habitación con amigos y no la pasó bien. Para esos casos, en el futuro sugiero hacer, con el eventual acompañante durante ese período, un test de convivencia. El mismo puede ser teórico o práctico.

El teórico consiste en una serie de preguntas sobre costumbres en general, anotadas en un papel para no olvidar ninguna y, según las respuestas recibidas, decidir.
El práctico es invitar a pasar un fin de semana al viajero acompañante en una cabaña en el Tigre y ver si su onda, gustos, rutinas y neurosis coinciden con los nuestros.
Viajar bien acompañado es más seguro, barato y entretenido. Y olé.

ilustración VERÓNICA PALMIERI

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