Y la palabra deL 2018 es… ¡sororidad!

Durante siglos intentaron convencernos de que la “verdadera amistad” no era cosa de mujeres. Pero este año tuvimos nuestra revancha. Y el ascenso de una palabra –sororidad– nos dijo lo que siempre supimos: juntas somos invencibles.

#PARA TI - SORORIDAD - News - APERTURA - 20181228
Sororidad, la palabra del 2018

Lo dicen los especialistas: según la app Babbel, una de las palabras más utilizadas en Argentina durante 2018 fue sororidad. Pero no solo eso, porque también nosotras hemos comenzado a escucharla, a leerla, a verla –convertida en cartel y en pancarta– en cada una de las marchas en las que nos encontramos este año en las calles.
También hay que decirlo: sororidad, esa palabra que suena extraña solo la primera vez que la escuchás porque es difícil conectarla con otra que no sea “monja” (sor Etelvina, sor Juana), dice en solo nueve letras un universo completo.

¿Qué es eso que te impulsa a saltar como un resorte de tu asiento apenas sube una embarazada al subte mientras otros entran en estado de catalepsia, roncan o clavan la vista en el celular? Pues la sororidad.

¿Qué te impulsa a vos -solterísima y nulípara- a aceptar hacer enroque de turnos con tu compañera recién separada y con dos chicos a cargo para que ella pueda ir a ver a su hija bailar en la fiesta de fin de año de jardín? La sororidad, desde ya. Pero si hasta ahora todo eso puede confundirse con amistad o con mera empatía, aquí va otro caso que quizá aclare la cosa un poco más.

Es así: una chica va a bailar y no vuelve a su casa. No regresa. Durante horas, el caso paraliza al país y todos (aquí, allá, más allá) miramos y volvemos a mirar la foto de esa chica que falta, hasta aprendernos su cara de memoria. El nombre no importa, porque esa chica ausente se ha llamado de mil y una maneras: Micaela, Sol, Luz, Fernanda, Lucía, Araceli, Andrea. Y eso que sentiste cuando la chica apareció muerta, violada, empalada o salva, pero no sana, llevando en el alma las marcas de la atrocidad vivida –sí, eso, esa mezcla de rabia, estupor, ganas de llorar y abrazarte con otra, y de “hacer algo”– eso, precisamente eso es la sororidad. No el sentimiento, sino su causa, lo que lo provoca.

La sororidad es el lazo invisible –y hasta a veces inimaginable, porque enlaza a mujeres, chicas y señoras con las más diversas maneras de pensar, sentir y vivir– que une a todas esas que nos sentimos partes de algo común y más grande. Una hermandad solo de hermanas que engarza a todas esas que nos hemos vuelto familia atravesando experiencias en común.

¿La maternidad? Sí, puede ser. Pero no solo eso, o ni siquiera eso. La experiencia de la sororidad no pide que hayas parido, ni siquiera que planees tener hijos. Para ser “sorora” hay que verse (y saberse) en la otra. Saber que eso que le pasa a una le pasa (o le puede pasar) a todas.

UNA PARA TODAS. ¿Por qué sororidad y no fraternidad? Por eso mismo: porque son dos cosas bien diferentes. Tanto, que necesitan palabras distintas para identificarse. Y ahora viene la parte lingüística, que es la más aburrida, pero también la más esclarecedora. Porque sororidad viene del latín soror (hermana), la contraparte de frater (hermano).

¿Es la sororidad entonces una “fraternidad entre mujeres”? Claramente no, es otra cosa. Y por eso demanda una voz propia. Además, miren qué notable: fue el escritor  Miguel de Unamuno quien utilizó el término en 1925 en su novela La tía Tula, pero quien también hablando –justamente– de esa palabra que no existía aseveró: “No es lo mismo, ni mucho menos, lo paternal y lo maternal, ni la paternidad y la maternidad”, y por tanto “es extraño que junto a ‘fraternal’ y ‘fraternidad’, de frater, hermano, no tengamos ‘sororal’ y ‘sororidad’, de soror, hermana”.

Y, como bien apuntaba don Miguel, no era extraño, no. Porque sucede que –a lo largo de la historia– cualquier cosa que oliera a aporte femenino ha sido sistemáticamente borrada.

Hace algunos meses, desde la plataforma Wikipedia las “contenidistas” llamaban la atención sobre la escasez de biografías de mujeres científicas en ese espacio.

“Hasta hace muy poco, Maire Curie aparecía como ´esposa de Pierre Curie´ y no como ganadora de dos premios Nobel”, ilustraban. La historia del descubrimiento del ADN es otro caso conocido de “ninguneo” científico: James Watson y Francis Crick se llevaron el Nobel y la gloria por ese descubrimiento, pero la investigadora Rosalind Franklin, que trabajó con ellos y cuya foto permitió develar la doble hélice del ADN (la famosa foto 51), fue ignorada no solo por ellos, sino también por la academia.

La historia de la ciencia, del arte, la historia misma está tachonada de estos episodios en los que las mujeres son corridas violentamente detrás de los cortinados.

Sin embargo, no fueron esas, sino otra clase de violencias las que pusieron a las mujeres en acción, primero peleando por sus derechos civiles (el voto, entre ellos) y luego por sus derechos sexuales y reproductivos.

Las “unas”, las grandes líderes feministas que marcaron el rumbo  (no importa si Rosa Luxemburgo, Alexandra Kollantai, Alicia Moreau de Justo, Simone de Beauvoire y tantas más) lucharon alguna vez por los derechos de todas, incluso los de esas que no se sentían “representadas” por sus discursos, pero que igual terminaron disfrutando de los beneficios de cosas tales como la licencia por maternidad, el acceso a la educación superior o el acceso a la anticoncepción.

En el tiempo de las “unas”, cuando la lucha por los derechos de las mujeres tenía más de epopeya personal que de expresión colectiva, semejante disidencia se pagaba  y caro. Pero la sororidad nunca es por una y siempre es por todas. Y ahí están movimientos como el #MeToo (A mí también) para demostrarlo.

Mujeres no solo de la industria cinematográfica se sumaron el movimiento #MeToo
El movimiento #MeToo

TODAS PARA UNA. En junio de 2015, el femicidio de Chiara Páez (una embarazada de 14 años asesinada por su novio y su familia) marcó algo parecido a un límite.

Y gracias a la gestión de un grupo muy pequeño de periodistas argentinas fue que ese sentimiento generalizado de furia, ante la matanza primero y ante la impunidad después, se transformara en calles y plazas de toda la Argentina cubiertas de mujeres el 3 de junio de ese año. Muchas fuimos con hijos, hijas, amigas, novios, maridos y hasta padres. Y esa fue la primera vez que muchos tomaron nota de lo obvio: que lo que nos pasa a las mujeres no es un “problema de mujeres”, sino un problema social grave que termina con una de nosotras cada 30 horas.

Para ese entonces, la sororidad ya estaba en el aire y la seguridad de que en cada nueva muerta nos matan un poco a todas comenzaba a ser movimiento, bandera y ejercicio concreto.

Hoy, me alegra ver cómo mi hijo de trece años me explica a mí qué es la sororidad y me aclara de paso que a él se lo explicaron las chicas del centro de estudiantes que hasta tienen una comisión al respecto. Y eso es lo bueno: ver cómo la palabra se convierte en acción, en soluciones y en cambios concretos en chicas y chicos.

Por caso: en el colegio no sólo dan charlas sobre noviazgos violentos y violencia de género, sino que también han implementado las “femi-patrullas”, con un sistema de cuidado entre chicas que ha reducido el acoso y los ataques.

En otro colegio secundario también centenario, las egresadas aprovecharon el final del curso para hablar en voz bien alta de los profesores y no docentes que las habían ninguneado y violentado de mil modos a lo largo de cinco años.

Hoy, ahora, ya, desde hace muy pocas horas, a partir de la sanción de la Ley Micaela (así llamada en honor a Micaela García, asesinada en Entre Ríos), quienes formen parte del Estado Nacional –en cualquiera de los tres poderes– deberán capacitarse en perspectiva de género. Para entender que en todo esto que pasa y nos pasa no hay casualidad sino causalidad. Que la violencia se transmite en palabras, sí, pero también en ausencia de ellas. Que si el asesinato de una mujer por sexismo se llama “homicidio” y no “femicidio”, hay una muerta menos. Y una violencia más. Que si el abuso sexual y la muerte de una menor de edad a manos de adultos que le dieron drogas, tuvieron sexo con ella y la descartaron (ya muerta) en una sala de salud queda impune, es la justicia la que decide que cosas como éstas sigan pasando.

De todo eso y muchas otras cosas invisibles habla la sororidad. Y por eso su canto, y su baile, y ese coro que se baila y se canta en cada marcha: “Ahora que estamos juntas, ahora que sí nos ven. Abajo el patriarcado, se va a caer, se ve a caer. Arriba el feminismo que va a vencer, que va a vencer”. Hasta entonces, a seguir juntas. Y más sororas que nunca.

texto  QUENA STRAUSS ilustración VERÓNICA PALMIERI

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#PARA TI - DOROTHEA LANGE 1 - News - GENTILEZA CC BORGES - 20180817
Parte de la exposición de Dorothe Longe en el Centro Cultural Borges hasta el 31 de agosto

Era, si quieren, una chica frágil. Flaquita, huesuda y nacida en ese espacio entre siglos (nació en el XIX, vivió en el XX) que marcó un giro en tantas otras cosas. Criada en una familia de ascendencia alemana en la que el arte y la literatura eran parte central de la vida, Dorothea Lange sufrió un terrible golpe siendo muy niña: se enfermó de poliomielitis. Estuvo postrada durante meses y quedó con enormes dificultades para moverse. Pero eso, lejos de detenerla, le permitió descubrir el carácter “pedagógico” de aquella enfermedad que –a fuerza de dejarla sin fuerza– la volvió más determinada, más constante, más disciplinada.

“Fue lo más importante que me sucedió. Me formó, me guió, me instruyó, me ayudó y me humilló”, dijo de su polio que la hizo indestructible y la forjó –como se forja un arma– para lo que vendría no tanto después.
Quizá por eso cuando a los doce años su padre abogado hizo mutis por el foro y abandonó a la familia, ella decidió borrar el apellido paterno (Nutzhorn) y conservar el de su madre Joan, Lange. No tenía manera de saberlo, pero acababa de nacer una estrella.

Oscura, de las que alumbran lo que no luce. Lo que nadie quiere ver. Una artista que décadas más tarde recorrería los Estados Unidos en auto y con su marido para mostrar la cara más impresentable del sueño americano: la pobreza, la migración. El hambre. Pero falta tiempo para eso. Falta que Dorothea se mude desde su New Jersey natal a Nueva York, donde estudiará fotografía. Pasará por la Universidad de Columbia.

DE PRONTO, CRACK. No era ni fea ni linda: era, apenas, una chica delgada y de paso inseguro que comenzaba a hacer sus primeros ensayos fotográficos con los aparatosos equipos de entonces: cámaras del tamaño de un adoquín, teleobjetivos que parecían el fuelle de un bandoneón desplegado. Así se la ve en una de las fotos que le tomaron por entonces: en el techo de un auto, mirando. Eso parece haber sido su gracia: saber mirar. Ver a través de las cosas que todos vemos y detenerse justo en el momento milagroso en el que la verdad rompe el cortinado de las cosas y asoma.

Dorothea Lange, Resettlement Administration photographer, in California. 1936 February
Dorothea Lange en California en 1936

Luego de la universidad se mudó a San Francisco, abrió su propio estudio de fotografía especializado en retratos y durante un buen tiempo se dedicó a tomar imágenes de gente acomodada, la principal consumidora de ese tipo de trabajos: retratos de la opulencia, fotos a toda estola y joyería para mostrar y quedarse admirado de uno mismo.

Por esos días –ya veinteañera, ya casada– se dedicó también a viajar acompañada por su primer marido, el muralista Maynard Dixon, por los asentamientos de los pueblos originarios.

Ciudadanos de descendencia japonesa son vacunados y registrados para ser deportados hacia un centro de la War Relocation Authority (San Francisco, California, abril de 1942)
Ciudadanos de descendencia japonesa son vacunados y registrados para ser deportados hacia un centro de la War Relocation Authority (San Francisco, California, abril de 1942)

Sin embargo, con el famoso crack de 1929 (el desplome de la Bolsa de Nueva York) todo se precipitó. Dorothea decidió que lo que realmente le interesaba documentar no estaba en su coqueto estudio sino afuera. En la calle. Ahí, entre filas de desempleados, ollas populares y gente sin casa, la joven encontró otro universo. El real. Algo más auténtico y profundo que los maniquíes envueltos en pieles carísimas que había estado fotografiando hasta ese momento. A la calle fue entonces. Y nunca más volvió a soñar con ninguna felicidad bajo techo.

EN EL OJO DE LA TORMENTA. Esas fotos llamaron la atención de muchos colegas. Entre ellos, Paul Taylor, su segundo marido. No mucho después del desastre financiero que desató una ola de suicidios y de hambre, un desastre de otro orden vino a terminar de pintar un paisaje de pesadilla.

Y se llamó dust bowl (taza de polvo) porque, en efecto, varias zonas agrícolas de los estados de Texas, Nuevo México, Oklahoma y Kansas se vieron envueltas por sucesivas tormentas de polvo endemoniado. Sufrieron enormes sequías y una sucesión de huracanes de tierra. Esas tormentas terminaban sepultando no sólo haciendas y pueblos sino disparando la migración masiva: había que irse, salir disparado con la familia a cuestas, hacia el oeste libre de polvo y de amenazas.

Heavy black clouds of dust rising over the Texas Panhandle. Texas, 1936 March Photo: Dorothea Lange
Nubes de polvo en Texas, por  Dorothea Lange

Dorothea fue contratada entonces por la Agencia de Seguridad Agrícola junto con otros 38 fotógrafos para recorrer las áreas afectadas y registrar lo que estaba sucediendo. Además de ella, sólo había otra mujer en el equipo. Viajó durante cinco años en compañía de su marido. Tomó decenas, miles de fotos que, al verlas hoy, parecen venir con viento incorporado.
En una, un hombre camina con su valija por una ruta vacía; en otra, una mujer hace cola para recibir un bolsón de comida; en otra, una chica sentada sostiene su propia cabeza con una expresión tan triste y ausente que parece no estar realmente ahí.

Es que si algo define a las fotos de Dorothea es la ausencia. Todos sus personajes (niños, hombres, mujeres, gente de todas las edades y colores) parecen estar en un sitio prestado, lejos de sus casas y de sus propias vidas. Y la percepción no es errada precisamente porque lo que ella documenta es el momento en el que cada quien comenzó a ser otro, y en otro lado: el campesino que perdió su trabajo y huye con su familia rumbo a la nada; el hacendado ya sin hacienda; la abuela que terminó viviendo con su enorme familia en un campamento de carpas al costado del camino.

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LA MUJER EN EL CAMINO. “Las mujeres de Dorothea Lange nunca se ven frágiles. Al contrario. Incluso en medio de toda esta desolación son mujeres fuertes”, comenta Blanca María Monzón, la curadora de la muestra “Dorothea Lange: La fotografía como testigo incuestionable” (desde Alemania al salón 21 del Centro Cultural Borges).

Y escuchamos esta frase justo cuando estamos pasando frente a la más famosa foto de Lange, “Madre migrante”, una de esas fotografías que mutan en clásicos. La imagen muestra a una mujer de edad indefinible, con cara preocupada y una corola de niños alrededor, uno a cada lado y –si se mira mejor– otro de meses, dormido y en brazos.

Cuando dio con aquella mujer, contaría Dorothea muchos años después, hacía varios días que viajaba en auto y tuvo el presentimiento de que debía seguir adelante. Entonces la vio, debajo de una carpa, sentada sobre un colchón y con siete niños rondándola.

La fotógrafa nunca atinó a preguntarle su nombre, pero quiso saber si habían podido comer algo. Le respondieron que unas verduras que encontraron en el campo y algunos pájaros que los chicos pudieron cazar. Nada más. Le tomó una, dos, tres fotos. La cuarta es la que las hizo famosas, a ella y a Dorothea, en todo el mundo y para siempre.

¿Por qué? Tal vez por todo lo que se compendia en esa imagen: la fragilidad, la desesperación, pero también algo parecido a la determinación en la cara de esa madre de siete chicos que tiene 32 años y parece de mil más. Tiene, también, una actualidad aterradora.

En 1941 Dorothea recibió nada menos que la prestigiosa beca Guggenheim y –tras el ataque japonés a Pearl Harbour– el gobierno le encargó documentar el traslado forzoso de miles de americanos descendientes de japoneses que fueron alojados en verdaderos campos de concentración en los Estados Unidos.

También esta serie de fotos tiene una vigencia asombrosa; retrata a decenas de nenas y nenes estadounidenses que –luego de haber prometido lealtad a la bandera norteamericana– fueron enviados a los campos y también a los hombres y mujeres en similar situación. Las imágenes son, en sí mismas, la certificación de la atrocidad y se parecen extrañamente a las tomadas este año cuando miles de niños inmigrantes fueron separados de sus padres y enviados a centros de detención.
Hoy el mundo derrumbándose de Dorothea Lange puede ser atisbado en el corazón de Buenos Aires. Pero tal vez lo mejor de esta muestra no sea lo que exhibe sino lo que esconde: la persona detrás de la cámara, el ojo y el corazón que miran. Los de una mujer que no dudó en contar a los gritos lo que toda una sociedad prefería callar

textos FERNANDA SÁNDEZ

fotos GENTILEZA CENTRO CULTURAL BORGES

Celudependientes

Nosotras usamos y abusamos del celular… Ellos usan y abusan del celular… Pero parece que no lo usamos (ni abusamos de él) para las mismas cosas ni de la misma manera. Veamos

nos ellos 25-05 - 20180525
“A ellas se lo roban porque lo llevan siempre en la mano”. Ilustración: Verónica Palmieri

 Arma de localización…

Por Quena Strauss, periodista

¿Para qué sirve un celular? El tipo muy probablemente te responda que para estar informado, contactarse con amigos y familia, reírse un rato con algún meme… Y la mujer, a todas esas opciones les agregará la que verdaderamente le importa: estar en contacto permanente con los que más quiere.

Porque aunque pocos se atrevan a admitirlo, el celular es el viejo sueño de sobrevolar a los que amamos en modo ángel, sin que nos vean ni nos escuchen. Estar ahí, sólo por si acaso. Desde luego que con las amigas y colegas de trabajo una vive mandándose audios y bromeando.

También es lindo, si tenés geolocalizador, saber por qué andurriales anda tu vieja sin necesidad de llamarla y que te queme la cabeza con el aumento del gas. Pero, definitivamente, en lo que el celu resulta de veras irreemplazable es en relación a hijos y sobrinos.

¿Qué mejor que saber que los chicos nos llevan en sus bolsillos, en sus mochilas? Nadie mejor que la madre de un adolescente para entender la tragedia encerrada en una frase aparentemente tan anodina como “Me olvidé el teléfono”.

Eso significa que perdimos contacto con nuestros amores, que por un buen rato no sabremos más de ellos y nos sentiremos morir. Porque, claro, los chicos te clavan el visto que da calambre y como mucho te sueltan un “Ok ok”. Pero esa módica confirmación nos devuelve el aire. El aliento.

¿Que usamos los dispositivos como sustitutos del cordón umbilical? Sin dudas. Pero también los usamos para reírnos, para sentirnos acompañadas, para informarnos. Igual que los varones, digamos. Sólo que nosotras tenemos alguien ahí afuera por quien velar. ¡Y a quien preguntarle mil veces si llegó bien!

Celudependientes

por LUIS BUERO, periodista

Ilustración VERÓNICA PALMIERI

Desde que los aparatitos inteligentes se convirtieron en pequeñas computadoras, soy un celudependiente como todo el mundo. Subirse a un vagón de subte o a un colectivo basta para notar que el 90 por ciento de los pasajeros están mirando su telefonito. Claro que Nosotros y Ellas, además de utilizarlos para hablar cuando no queda otra, los usamos para cosas distintas.

Existe la teoría de que las mujeres suelen buscar romance, diversión y autoayuda, mientras que los hombres usan las redes sociales para cuestiones de negocios. Falso. Ellos usan el celular para ver noticias deportivas, bajar datos de chicas de Tinder, y especialmente para enviarse fotos graciosas (memes) sobre sexo, fútbol y política.

Las mujeres se la pasan sacando selfies, utilizando aplicaciones para tunear fotos o mandando mensajes de voz kilométricos. Y graban su vida las 24 horas para subirla a Instagram. Los varones utilizan la red del teléfono para buscar trabajo o revisar si los llaman de entrevistas, pero si son artistas o políticos se manejan más por Twitter. Las mujeres también cuentan con aplicaciones para controlar fechas del período menstrual donde les informan qué día están más fértiles.

¿Sigo? Los tipos usan el equipito como GPS o para escuchar música y darle a los jueguitos. Algunos miran partidos de fútbol o alguna serie, aun apoyados en la puerta del tren. Ellas le dan más cabida al chat de mamis y los grupos de WhatsApp familiares, de amigos, de estudio o trabajo. A ellas les roban el celular más fácil porque lo llevan siempre en la mano, no en la cartera. ¿Son más adictas? Y sí, no lo dudo. ¿O me equivoco?

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