Yamil Ponce: “Siempre me pongo a orar antes de entrar al quirófano y de hacer música”

A un año de que él y su equipo le salvaron la vida a Joe Wolek (54), el turista estadounidense atacado por dos ladrones en la mañana del viernes 8 de diciembre cuando paseaba por La Boca, “el médico del milagro” cuenta cómo cambió su vida después que se hizo pública esa noticia, y de sus pasiones por la medicina, la música y la docencia.

“El sábado 8 de diciembre se cumplió un año de que le salváramos la vida a Joe (Wolek, 54) y en primer lugar quiero aclarar que yo no siento que soy el médico del milagro como muchos dicen, el milagro es que justo alguien vio a Joe pidiendo ayuda. El milagro es que justo alguien pidió al SAME, el milagro es que justo estábamos aplicando una técnica quirúrgica no usual, el milagro es la recuperación, el milagro es la vida misma. Por eso yo sólo soy un eslabón o un instrumento donde Dios decide”, dice Yamil Ponce (38) quien es cristiano y miembro de la iglesía Adventista del Séptimo Día desde que nació y trabaja como médico cirujano cardiovascular y flebólogo en el Hospital Argerich y en insituciones privadas.

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Hace un año, Joe Wolek fue atacado por dos delincuentes en el barrio porteño de La Boca. Ese día quisieron robarle su cámara de fotos y recibió cerca de 10 puñaladas que le provocaron dos orificios en el corazón, otros dos de cada lado del pulmón y seis más por otras partes del cuerpo. Yamil Ponce le salvó la vida.

“Yo voy sólo un día por semana al hospital, no sé ni cuánto gano pero la salud pública es mi pasión. Cuando Joe llegó al hospital tenía varios orificios en su cuerpo, estaba grave. No tenía pulso, el corazón latía muy bajo. No estaba sin vida, pero le quedaban minutos. Nosotros trabajamos así. Sin saber quién es, de dónde es o qué pasó, lo subimos a quirófano y operamos y le salvamos la vida. Después nos fuimos haciendo amigos y terminamos recibiendo el año nuevo juntos en mi casa. Desde que se hizo pública la noticia siento mucha más responsabilidad que antes. Siento que mi país espera más de mí e intento no defraudar”, dice Yamil. Cuenta que viene de una familia muy humilde, y que sus padres (Nicolás y María Elena) se esforzaron a más no poder para que pueda cumplir cada uno de sus sueños, por eso siempre recuerda una frase de su mamá: “Si Dios te dio la capacidad de soñarlo, seguramente vas a lograrlo”.

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Yamil Ponce en la guardia del Hospital Argerich junto a Pablo Galín, enfermero del SAME.

Yamil además se desempeña como profesor y director del curso argentino de eco doppler vascular periférico en SAEU y es investigador para Nanotec S.A y ADGS Qatar. Comenzó su pasión por la medicina a los 4 años en San Nicolás de los Arroyos (lugar donde se crió –aunque nació en Entre Ríos–) cuando su mamá lo llevaba al pediatra “Dr. Fosa”. “Yo lo llamaba ‘Papá Fosa’. Recuerdo que para auscultarme no usaba mucho el estetoscopio, sino que lo hacía apoyando su oído directamente en mi espalda y decía ‘tosé’, y eso era como que ya curaba. Sentí profunda admiración desde niño por esa profesión, alguien que apoya su cabeza y su oído y trata de sanar era lo más parecido a la música”.

–¿Y la música como llega a tu vida?
La primera vez que alguien creyó que podía tener algún talento para la música fue cuando tenía 6 años. En ese tiempo mi mamá comenzó a tomar clases de órgano. Recuerdo que la acompañé y para no aburrirme, me sentaron frente a un teclado con los auriculares para que yo “jugara”. Pero igual escuchaba lo que mi mamá estaba practicando entonces intenté poder tocarlo yo. El maestro de música Omar Merino escuchó que estaba tocando exactamente lo que él le estaba enseñando y le dijo a mi mamá que yo debía estudiar música sí o sí. Como no había suficiente dinero para que podamos estudiar los dos, mi mamá resignó su aprendizaje. De allí fue toda una hazaña seguir estudiando. Hacía lo que fuera para seguir aprendiendo instrumentos. Si alguien me quería regalar algo y me enteraba de ante mano, le decía que mejor me pagara un mes más en música o una cuota de algún intrumento. Después participé del coro estable juvenil de San Nicolás con el director Gonzalo Martín, y luego ya cuando era universitario, con la profesora Susy Diaz. Ahora tengo en casa una sala de música donde hay piano, teclados, saxo, flauta traversa, cello, violín, guitarras y bajo, entre otras cosas. Lo que me falta ahora es tiempo.

–¿Qué música escuchás cuando vas en el auto?
–Escucho absolutamente de todo. Desde música cristiana, tango, música romántica, folclore, cumbia y música clásica (me fascina Chopin), a cuarteto y chamamé. En resumen subís a mi auto y podés escuchar desde Vivaldi a Rodrigo en un solo viaje, y en el auto intento practicar las canciones para cantarlas por ahí.

–¿Cómo llegaste a tocar en la iglesia adventista?
–Soy adventista desde que nací. Cuando era chico siempre intentaba llevar el don de la música y participar en lo que pudiera. Pero un día sin darme cuenta, ya cuando tenía más de 25 años no sé cómo dejé de tocar el piano o participar de los momentos de música en la iglesia. Me enfrié. No sé qué me paso. Y así estuve muchos años siendo un “0” a la izquierda. Cada vez que necesitaban un músico yo me hacía a un costado, no quería, estaba como apartado de eso. Hasta que por diferentes circunstancias tuve que viajar a la ciudad de Chicago –EEUU– donde un sábado que hacía casi 12 grados bajo cero no me decidía si ir a la iglesia o quedarme en la cama. Finalmente fui. Y predicó un pastor yugoslavo que contó acerca de una niña adventista que siempre quiso aprender piano para dar su don a Dios y un terrible accidente hizo que perdiera sus dos brazos. Y allí la niña dijo: “que daría yo por tener los brazos para volver a tocar el piano para Dios”. Yo sentí en ese momento que el mensaje iba dirigido a mí, que debía cambiar mi posición y que debía hacer lo posible de volver a tocar el piano en la iglesia. Así fue que al volver de EEUU a la primera que vi que necesitaban un pianista, me ofrecí. Pensé que no iba a poder lograrlo. Siempre me pongo a orar antes de entrar al quirófano y de hacer música: “Dios mueve mis manos para que todo lo que haga en este momento sea dirigido por tí, Amen!”. Y así todo funciona.

–Vos con la música y la medicina te dedicás a sanar el corazón. ¿Qué cosas curan el tuyo?
–Mi corazón se sana cuando vuelvo a casa y estoy con mi familia, porque por mi trabajo paso muchos días afuera. Doy charlas en el país y fuera del país, pero volver a casa me renueva. La iglesia y la música también recargan y llenan mi espíritu. Además, también me gusta participar con mi hija mayor de las actividades que hacemos con el club de niños Aventureros. Me renueva el alma siempre poder ayudar al prójimo.

Por Pablo Procopio. Fotos: Matías Campaya.

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