La reinvención de Miguel Ángel Solá

Tras vivir diecisiete años en España, regresó hace dos y medio a su patria para grabar La Leona y volver a brillar en el teatro, ahora con Doble o nada, junto a Paula Cancio, su actual mujer.

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Usa Facebook, mail y WhatsApp, y ve poca tele (“No me gusta el sistema de delación que utiliza”). “Pese a la inestabilidad, me gustaría hallar un futuro aquí”, afirma quien desde abril, de jueves a domingos, viene cautivando en el teatro de La Comedia, de Rodríguez Peña 1062, a la vuelta del departamento que alquila.

A los 67 años, Miguel Ángel Solá, uno de los grandes intérpretes argentinos de la historia, toma la palabra y da rienda suelta a su sinceridad.

-¿Cuándo se sintió actor por primera vez? ¿A los meses de nacer, cuando su tía, Luisa Vehil, lo subió a un cochecito de bebé en la obra El carro de la basura? ¿A los 11, cuando participó en Ana de los milagros (también de su tía), poniéndole la voz al hermano de la protagonista? ¿O a los 20, cuando protagonizó La noche de los ratones crueles en el Instituto de Arte Moderno?
–Ahí, en el Instituto. Había terminado mi licenciatura en Relaciones Humanas; leí –creo– en Clarín un aviso y me presenté. Escrita por los escenógrafos Pablo Olivo y Jorge Marchegiani, la dirigía Gerard Huillier. Aun perteneciendo a una novena generación catalana de actores (hasta la sexta puedo corroborártelas mediante fotos), fue la primera vez que elegí ser actor. Hablamos de 1970, poco antes de que muriera mi mamá. Ella se levantó por última vez…

–… ¿Para ver su obra?
–Sí (se emociona). Asistió a la sala con mi tía y mi abuela.

–¿Y por qué usted tardó tanto en volcarse a la interpretación? ¿Quería terminar su carrera universitaria?
–No lo sé. Una amiga (Elina Falconi) me repetía: “Lo que vos estudiás es el arte de mandar a la gente a la mierda sin perder la sonrisa ni tiempo… Vos sos actor”. Leí el anuncio y sentí el impulso. Había visto actuar tanto a mi tía. ¡Era un monstruo! La actriz más completa que conocí, incluidas las de Broadway. Luchaba contra un dolor físico que yo sufro ahora y por momentos parece un tormento. Pero en serio, no sé por qué decidí lanzarme a los 20 años.

–Me crié con mi madre admirándolo, como lo hacía con Alfredo Alcón, “por honrar su profesión y su vida privada”. Sin embargo, a casi medio siglo de aquel debut formal, y con una trayectoria que incluye más de 25 obras teatrales, más de 30 ciclos de televisión, más de 55 lmes y más de 140 premios y distinciones, y la certeza de integrar la selecta lista de los mejores actores argentinos; sin embargo –repito– históricamente desde su país, nuestro país, se lo ha convocado poco. ¿Por qué?
-Preguntales a los que no me llamaron. Si bien en la tevé nacional hice los mejores y más bonitos ciclos, desde el ’80 no trabajo en Canal 13. En el 11, donde formé parte de La Leona, gracias a la productora El Arbol, y anteriormente recreé seis personajes de Alejandro Doria (por los que gané tres Martín Fierro y me nominaron en otras dos oportunidades), se olvidaron de mí. En el viejo Canal 7 hice, en vivo y blanco y negro, Platea 7 y Grandes novelas, y con el color apenas Luces y sombras y Cartas de amor en cassette, al margen de una lata que compraron a España: Bruno Sierra, el rostro de la ley, que me consagró mejor actor del Festival de Nueva York, entre mil quinientas series. En el 2 jamás trabajé… Luego, El oro y el barro, Germán, últimas viñetas y ¿Quién mató al bebé de Uriarte?, a través de productoras independientes, y listo. Trabajé cinco mil horas contra trescientas mil de cualquier actor de primera línea.

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En Equus (1974).

–Pero supone por qué, ¿verdad?: su lista no incluyó a Canal 9, donde también brilló.
–Lo que sí sé es que Romay… Alejandro Romay era un tipo que producía mucha cosa argentina, alguna buena, alguna mala, y no sé por qué me estafó dos veces. Le inicié juicios que gané, lo que fue peor. Como consecuencia de aquellas demandas de largo tiempo, se encargó de que me crearan fama de loco, de irascible. Nadie recuerda que faltara a un ensayo o una grabación, que rompiera un camarín o una cámara –como varios han hecho–, o que les bajara los dientes a un montón de hijos de puta que señalaba en la cara como tales. Ojo, en la vida me tocó un Romay, como también me tocaría un Hugo Mancini, otro empresario, ahora a cargo de mi vestuario, que conozco hace décadas y, aunque también vino de abajo, siempre se movió de manera ejemplar. Como te hablo de uno, te hablo del otro… Mi problema es que siempre fui libre, y me lo tomé en serio. No me cierra la obsecuencia, ni soy parte del escándalo. Tampoco voy a fiestas, salvo a un estreno, una nominación, a los que siempre respondo con amabilidad. Soy un tipo tranquilo, pero con carácter. No sé mandar, y de chico me enseñaron a no obedecer porque sí. Y a no robar ni mentir. Que no me llamen es fruto de una equivocación encadenada o del triunfo de la mediocridad ante la posibilidad de darle trabajo a un tipo que sabe hacer las cosas… Soy como me educaron.

“Alejandro Romay me estafó dos veces. Le inicié juicios que gané, lo que fue peor. Como consecuencia de aquellas demandas de largo tiempo, se encargó de que me crearan fama de loco, de irascible”

–¿Y cómo lo criaron Paquita y el Chino?
–Mamá, Francisca Margarita, instándome a la libertad y a ganarme mi sustento hasta que me muera o no pueda. Papá, Salvador Lautaro, un tipo honesto, me dejó su… (vuelve a emocionarse) melancolía y su seriedad, no el miedo. Yo no callo. Más allá de lo que inventen, sólo me hago cargo de lo que digo y hago: ahí está mi verdadera historia. De la misma manera que la tiene mi hermana Mónica, que vive acá, es bella y mucho más joven que yo (exagera), una enorme persona ¡y excelente actriz! a quien dejaron de llamar. Coincidió con la época en que empezaron a echarme. Quizá mi forma contestataria se relacionó a que la excluyeran del medio…

–Usted siempre fue políticamente incorrecto –o consecuente–, sin cobijarse bajo ninguna bandera política sino detrás de una definición ideológica bastante simple: “Estoy en contra de todo aquello que no me gusta que me hagan”. ¿Cuál ha sido el costo?
–Caro, y no sólo respecto al empleo… Yo no le hago daño a nadie. La vida no es un cálculo para sacarle ventaja al otro. Mi medida es entregar. No puedo ser un avaro y subirme a un escenario. A mí me amenazaron mucho, especialmente en épocas de democracia –y no voy a entrar en detalles–, pero cuando apuntaron a mi hija mayor (María Luz), de dos años, no aguanté. Mientras estos cerdos tenían custodia para regalar, yo debía elegir entre salir a trabajar o cuidar a mi hija. Entonces, en 1999 partimos hacia Europa. Jamás viajé de turista. No obstante, comprendí lo positivo de ir afuera… El fascismo, el racismo y la ignorancia se curan viajando, aprendiendo de los demás, sabiendo que no somos el ombligo de nada, y si lo somos, es un ombligo bastante sucio.

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Junto a Juan Leyrado, Darío Grandinetti y Hugo Arana para Los mosqueteros del rey (91/93).

–Tras transitar una fructífera época laboral allá, en 2006 cierta descomunal ola de cinco metros lo sorprendió a orillas de la isla Gran Canaria, arrastrándolo a una lesión medular que requirió rehabilitación e inició cierta sucesión de infortunios: un síncope, una grave herida en la cara tras una caída, la rotura del manguito rotador del hombro… ¿Encontró explicación a tamaños golpes?
–Si bien toda experiencia sirve, a los cincuenta y pico era demasiado joven para encontrarla.

–Rafael Nadal cuenta en su biografía: “Siempre entro a jugar con dolores”. ¿Usted sube a actuar con dolores?
–Exacto. Volví a aprender a hacer todo: mover los pies, las manos, los brazos, la cabeza. Lo único que tenía vital eran los ojos y un poco el movimento del cuello, que aún no puedo hacer completo, de una vez, sin que se me frene. Empecé de cero. Y sigo en cero. Nada es espontáneo. Lo hago pensando en que no me duela. Todavía sufro parestesia, porque algunas terminaciones nerviosas se murieron y otras quedaron a medio camino. Mandan choques eléctricos que no terminan de definirse. He mejorado. Antes, si apretaban mi mano me generaba alivio, pero si me acariciaban, sentía como que me frotaban con vidrio molido. Horroroso. Para un ser humano al que le gusta el contacto de piel, el amor expresivo, era espantoso…. Ya pasó. Llegaron la doctora María José Céliz y su tratamiento anti-dolor, y ahora puedo gozar del escenario en lugar de sufrirlo tanto.

–Y también llegó Paula (Cancio, 33). ¿Qué aprende en escena un consagrado, de un enorme proyecto como ella?
–Ufff… Hay que estar muy atento para comprender la forma expresiva de una persona que tiene cuatro décadas menos de escenario. Mi principal objetivo ahí arriba ahora es Paula, con quien hace cuatro años compartimos este viaje de ir ganándonos el pan con la dignidad, el brío y el sacrificio de nuestros padres y abuelos. A ella le nace de adentro ser una actriz libre. Pese a que le costará mantener esa actitud ante algún tipo de directores, autores y productores, si tiene el tesón del clavo enmohecido de Almafuerte, lo va a lograr. Su primera obra fue Testosterona, conmigo, en Madrid; la segunda, El diario de Adán y Eva, de Mark Twain, acá… Cualquiera que la hubiese visto antes y la comparara con la de Doble o nada (la versión porteña adaptada de Testosterona), entenderá a la perfección por qué la nominaron para los premios de la Asociación de Cronistas del Espectáculo de la Argentina… ¿Presenciaste alguna de nuestras funciones?

“Paula es una fiera. Hay que subirse conmigo y estar palo y palo utilizando mi mismo método. Ella me acompaña en una obra que iba contra todo criterio comercial… Un hermoso desafío para ambos”

–Sí, claro.
–¿Expresarías tu opinión en la nota?

–¿Aunque pueda ser negativa y no me considere un verdadero crítico de teatro?
–Obvio. De igual manera que no te pediría el título de este reportaje antes de que salga, contás con la libertad de opinar. El público tiene derecho a opinar bien o mal y a levantarse e irse, si no le gusta una obra. A lo que no tiene derecho es a partir zapateando, porque molesta a quienes pagaron su entrada. Ni a jorobar la tarea de un actor o lastimarlo. Tiene derecho a no dejarse bastardear y a abrir su cabeza, sus sentimientos, a brindarse, porque sin el público no hay espectáculo. Y como se trata de la primera de las artes vivas (no hubo otra antes), tiene derecho a aceptar su historia, la historia del hombre. Acá venía un señor corriendo del exterior, luego de buscar comida y abrigo; entraba a la caverna y con sonidos y gestos intentaba contar lo visto (un mastodonte, lo que fuera), puesto que los de adentro debían quedarse cuidándose de los peligros del mundo. Ahí nacieron el actor y el público… No me dijiste qué te pareció la obra.

“Viví en Buenos Aires de los 50’ hasta los 90’. Era preciosa, y ahora es horrible. El patio de convivencia ya no existe, ni hay reglas. Lo digo aunque pierda público. No es mi debilidad mentir”

–Me mantuvo tenso, me generó interrogantes y debates internos, me sorprendió. En una especie de duelo entre esgri- mistas orales, usted parecía no estar actuando y su mujer parecía no perderle la huella.
–Gracias. Si venís cinco veces, jamás nos encontrarás en el mismo lugar. Buscamos mejorar la condición del otro. Siempre admiré a los futbolistas Xavi Hernández y Román Riquelme, porque arriba del escenario concibo el trabajo como ellos: hay que estar atento a tus pares y saber distribuir tu potencial enfocándote en que se luzcan y definan. Aparte, ella me acompañó en una obra que iba contra todo criterio comercial ya que, con otro equipo, no había funcionado aquí en 2014, quizá porque apenas duró dos meses. La vez pasada bajó a camarines (Carlos) Rottemberg, su ex productor, y generoso apuntó: “Ahora entiendo por qué nosotros no y ustedes sí”. Hoy Doble o nada es nuestra única fuente de trabajo, techo y comida, y la posibilidad de que el teatro de texto sea una opción. No conozco ninguna obra que haya provocado una revolución, pero sé que las obras generan un montón de preguntas e inician un diálogo. La autora (Sabina Berman) nos alertaba: “No se olviden de que es una comedia”. “Sí –le contestaba yo–: la de un director de diario con cáncer que manipula, hasta que le explotan los nervios, a una subdirectora, intentando saber si está en condiciones de reemplazarlo”. Ahora, ¿quién manipula a quién? Mi personaje (Ricardo) discute conmigo todo el tiempo, entre realidades y mentiras. Y lo mismo le sucede a Paula (Micaela). Para que una ficción como Doble o nada te conmueva, hay que transformarla en una verdad. El teatro es eso, lo que ocurre entre el espectador y el actor.

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En Doble o nada, junto Paula Cancio, mujer y colega.

–¿No le resulta denso lanzar y escuchar, durante el par de horas de cción de Doble o nada, determinadas acusaciones y figuras peyorativas apuntadas a una pareja verdadera?
–Seguro. Con Paula salimos de la obra cansados y abrazándonos. Aparte, considerá que ella a mí me salvó, me devolvió ese hálito de vida que necesitaba para continuar. Creía que en lo emocional lo mío había terminado, y no. Y eso que nunca me gustaron las parejas con gran diferencia de edad. ¡Acá nos separan treinta y cuatro años!, y nos une alguien que me obliga a andar al tanto de los últimos programas infantiles. Se llama Adriana (4) y es la menor de mis tres niñas, junto a Luz (21) y Cayetana (16), radicadas en España y también relacionadas con las artes. Mi consejo a ellas: “Sean buenas personas, sigan sus sueños y no les hagan caso a los hachepé” (lanza encendiendo y convidando un rubio de su Camel box).

–¿Ese es su vicio actual, el cigarrillo?
–Estuve siete años sin fumar. Cuando regresé al país, retomé seis meses y dejé, y siete semanas atrás reincidí. Soy un tipo sano que come normal, no toma alcohol, no se droga, y que aparte de melancólico es ansioso. Lo sabe el cigarrillo.

–Volvió a la melancolía paterna. ¿Es cierto que se sabe de memoria la dirección y el teléfono de sus primeras casas?
–Sí, las de Arenales 1749 y Gutiérrez 2683, que habité tras llegar al mundo el 14 de mayo de 1950 y dejar la habitación del Sanatorio Otamendi y Miroli, la misma en que nació María Luz… Paradójicamente, con el tiempo me he mudado varias veces. En los últimos tres años y medio, nueve. No obstante, y pese a que no dejo de alquilar y mis cosas descansan en domicilios de amigos y en guardamuebles, tengo una casa pero no física: es donde están mis tres hijas y mi mujer.

–¿Le gustaría establecerse finalmente en un sitio?
–No por las cosas materiales. Sí porque estoy cansado. Es feo hacer cajas cada seis meses y comprar ropa para pasar el invierno y el verano, sabiendo que esa ropa la tenés en otro lado. ¿Qué es eso de andar derrochando dinero? Yo creo que el dinero hay que usarlo para la comida, el techo y viajar, si tuviera la opción de no andar preocupado por ganarme el peso. A menos que haga un curso delictivo… Ocurre que, aunque en la tele algunos te enseñan que la vida no se hace trabajando ni estudiando, a esta edad yo no podría aprender de ellos.

–¿Y por qué no enseña lo que aprendió tan bien: actuar?
–Esto se aprende pero no se enseña. Es intransferible; cada uno tiene que escribir su librito. Convertirte en otro arriba de un escenario requiere conocer bien quién sos abajo. Para ser actor necesitás conocerte bien, sentirte libre y tener un espíritu desbocado que no te permita rendirte. Arriba yo necesito la libertad que en la actualidad pueden darme el director Quique Quintanilla y mis productores y adorados Manu González Gil y Jaime Nin Uría. Ellos y Marcela La Salvia, gerente del teatro La Comedia, me llamaron conscientes de que esa libertad para mí no es sólo un concepto. Lógico, si después sumás a gente talentosa como Martín Bianchedi, el creador de la música, Pepe Uría, vestuarista y escenógrafo, y el resto del notable equipo que formamos, genial. Pero a mí la libertad me resulta esencial. Hay directores que pretenden hacer sacar una tuerca con un destornillador, y yo siempre espero que me dejen las herramientas arriba, y disponer cuál usar. Otros consideran que su obra de arte es una pintura y los personajes deben quedar inmóviles, y yo pienso que genios como Dalí, Velázquez, Rembrandt, terminado su cuadro, pasaban en otro momento y le agregaban un pincelazo. Quizá es una abstracción lo que digo, pero cuando lo vivís te rendís frente a esa realidad. Y si no, sos un pintor cómodo, un bailarín cómodo o un actor cómodo. Yo no lo soy. Y he pagado el precio.

–¿Cuán alto?
–Hablamos de la tele, pero durante mucho tiempo tampoco me llamaron de acá para cine ni teatro, salvo Héctor Olivera, cuando no pude encarnar a Natalio Botana, por superposición de trabajo afuera. Las dos o tres veces que retorné fue gracias a coproducciones españolas. Yo era llenador de teatros y cines y convocado para trabajos importantes, pero… Si venía, se debía a que algunos amigos me producían una obra, y en esos retornos me ofrecían personajitos chiquititos para filmes, que hice y muy bien. El tiempo avanzó y ahora, tras conseguir, por cabezonería, transformar Doble o nada, que había muerto, en una obra que le gusta a la gente, me ofrecieron, de rebote, El último traje, de Pablo Solarz, sobre Abraham Bursztein, un sastre judío de 88 años que viaja a Polonia en busca del hombre que lo salvó durante la ocupación nazi, en la Segunda Guerra Mundial. De rebote, porque Héctor Alterio, Pepe Soriano y Norman Briski no pudieron rodarla. Esa desgracia –hubieran estado maravillosos– determinó que recayera en mí. Se va a estrenar a fin de noviembre, y entiendo que es un buen corolario para mí en la pantalla grande.

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Su próximo filme: El último traje, con Carmen Maura.

–¿Cororario? ¿Un actor de verdad, como usted, se jubila?
–Supongo que cuando no le queda qué decir o está demasiado tocado o enfermito. Sin embargo, he visto a Walter Santa Ana, que era ciego, caminando en andamios. En España soy formalmente jubilado. Ocurre que… Me viene la frase del escritor italiano Cesare Pavese, antes de suicidarse: “No es que la vida ya no tiene nada que aportarme, sino que yo ya no tengo nada que aportarle a la vida”. Bueno, esa conciencia deberían poseer los políticos, la clase dirigente, y suicidarse cuando cometen los primeros adulterios, o sea, llegar a adultos adulterados… ¿Cómo se llama tu mamá?

–Mary.
–Mandale a Mary un beso grande de mi parte, por favor.

Por Leonardo Ibáñez Fotos: Fabián Uset y archivo Atlántida-Televisa