Manías del sueño

Nosotras y ellos hablamos de mañas y manías en la cama, antes, durante y después del sueño, y llegamos a una conclusión…

#PARATI-NOS-ELLOS-DORMIR

El ritual horizontal

Por QUENA STRAUSS, periodista

¡Podría decirte tantas cosas de la hora y los rituales de ir a la cama! Pero, en cierta manera, todo sería mentira. Porque esos ritos han ido mutando a través del tiempo, pero sobre todo porque he llegado a un edad en la que cualquier forma de repetición me pone como loca.

Será que siempre odié a los viejos que caían en la panadería de mi infancia a las 9.30 exactas –ni un segundo antes ni uno después– porque sabían que, a esa hora, del horno brotaban flautitas perfectas. Y como yo no quiero convertirme en una sabuesa de la nada ni quiero abrazarme a la costumbre como si fuera un madero, lo mío es la mutación. La alteración.

Un día puedo dormir en un cuarto y al siguiente, en otro. Puedo acostarme con mi respectivo y de la nada, en mitad de la noche, mudarme a otra habitación (sola) y finalmente amanecer orlada de perros, con Sheps en mi espalda y Neo a mis pies. Lo que sí me persigue invariable a través de los años es la costumbre de armarme una panoplia de almohadas antes de acomodarme en la cama. Puedo tener mucho sueño, pero jamás me acomodaré en una cama que no luzca a su cabecera una especie de abanico de espumas, almohadones y almohadas. Podré tener los pies destapados, mil perros rondando, la heladera vacía y la ventana abierta, pero de lo que realmente no puedo privarme es de lo mullido. De lo suave. No me parece casual. Mis sueños son altos, volanderos. Y si no tuviese semejante amortiguación, te aseguro que terminaría muerta cada mañana al aterrizar en la realidad.

Dormir… ¡solo!
por LUIS BUERO, periodista

ilustración VERÓNICA PALMIERI

Años atrás, en este mismo espacio, discutíamos un estudio de una universidad que aseguraba que los hombres dormimos más tranquilos cuando estamos acompañados. Yo coincidí con esa aseveración según la cual, haciendo vaya a saber qué relación inconsciente, tramábamos con la presencia de la mujer-madre a nuestro lado, para justificar esa teoría.

Hoy, con la experiencia y los tocs que me dio la vida, creo que por el bien mío y de mi pareja, mejor dormir cada uno en su casa. Primero, porque antes de irme a acostar mantengo la rutina de asegurarme de que todo lo que anduvo encendido en el día esté apagado, y reviso ventanas, puertas, cerraduras, lo que implica un tiempo de espera de mi partenaire, que tal vez ya se durmió y yo despierte cuando me acueste tarde. Además, la paliza que me dio mi madre a los cinco años por hacerme pipí en la cama todavía me trauma y voy al baño diez veces antes de cerrar los ojos. ¿Sigo? Durante las vacaciones, ella y yo sí dormimos juntos en un departamento frente a la playa. Pero a cada rato me tocaba y me despertaba. A la mañana siguiente le pregunté por qué hacía eso cada noche y me respondió que yo roncaba, o hacía ruidos raros con la boca, o hablaba, o chiflaba, o respiraba fuerte y demás sonidos bucales que la molestaban.

Le dije que no podía ser y la muy persistente me grabó la noche siguiente ¡y me lo hizo escuchar en un WhatsApp! ¡Me horroricé! Acostumbrado a dormir solo, ni me imaginaba que más que en los brazos de Morfeo, yo yacía en las fauces de King Kong. Por eso insisto, ¿dormir? ¡mejor solo! Y soñar bramando en paz sin molestar a nadie.

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¡Podría decirte tantas cosas de la hora y los rituales de ir a la cama! Pero, en cierta manera, todo sería mentira. Porque esos ritos han ido mutando a través del tiempo, pero sobre todo porque he llegado a un edad en la que cualquier forma de repetición me pone como loca.

Será que siempre odié a los viejos que caían en la panadería de mi infancia a las 9.30 exactas –ni un segundo antes ni uno después– porque sabían que, a esa hora, del horno brotaban flautitas perfectas. Y como yo no quiero convertirme en una sabuesa de la nada ni quiero abrazarme a la costumbre como si fuera un madero, lo mío es la mutación. La alteración.

Un día puedo dormir en un cuarto y al siguiente, en otro. Puedo acostarme con mi respectivo y de la nada, en mitad de la noche, mudarme a otra habitación (sola) y finalmente amanecer orlada de perros, con Sheps en mi espalda y Neo a mis pies. Lo que sí me persigue invariable a través de los años es la costumbre de armarme una panoplia de almohadas antes de acomodarme en la cama. Puedo tener mucho sueño, pero jamás me acomodaré en una cama que no luzca a su cabecera una especie de abanico de espumas, almohadones y almohadas. Podré tener los pies destapados, mil perros rondando, la heladera vacía y la ventana abierta, pero de lo que realmente no puedo privarme es de lo mullido. De lo suave. No me parece casual. Mis sueños son altos, volanderos. Y si no tuviese semejante amortiguación, te aseguro que terminaría muerta cada mañana al aterrizar en la realidad.

Dormir… ¡solo!
por LUIS BUERO, periodista

ilustración VERÓNICA PALMIERI

Años atrás, en este mismo espacio, discutíamos un estudio de una universidad que aseguraba que los hombres dormimos más tranquilos cuando estamos acompañados. Yo coincidí con esa aseveración según la cual, haciendo vaya a saber qué relación inconsciente, tramábamos con la presencia de la mujer-madre a nuestro lado, para justificar esa teoría.

Hoy, con la experiencia y los tocs que me dio la vida, creo que por el bien mío y de mi pareja, mejor dormir cada uno en su casa. Primero, porque antes de irme a acostar mantengo la rutina de asegurarme de que todo lo que anduvo encendido en el día esté apagado, y reviso ventanas, puertas, cerraduras, lo que implica un tiempo de espera de mi partenaire, que tal vez ya se durmió y yo despierte cuando me acueste tarde. Además, la paliza que me dio mi madre a los cinco años por hacerme pipí en la cama todavía me trauma y voy al baño diez veces antes de cerrar los ojos. ¿Sigo? Durante las vacaciones, ella y yo sí dormimos juntos en un departamento frente a la playa. Pero a cada rato me tocaba y me despertaba. A la mañana siguiente le pregunté por qué hacía eso cada noche y me respondió que yo roncaba, o hacía ruidos raros con la boca, o hablaba, o chiflaba, o respiraba fuerte y demás sonidos bucales que la molestaban.

Le dije que no podía ser y la muy persistente me grabó la noche siguiente ¡y me lo hizo escuchar en un WhatsApp! ¡Me horroricé! Acostumbrado a dormir solo, ni me imaginaba que más que en los brazos de Morfeo, yo yacía en las fauces de King Kong. Por eso insisto, ¿dormir? ¡mejor solo! Y soñar bramando en paz sin molestar a nadie.

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