Calu Rivero y su padre, autor del prólogo de su libro: una relación registrada en fotos inéditas para GENTE

La actriz, activista por los derechos de las mujeres y pionera del NoesNo, presentó su libro (el título invita a “terminarlo entre todos”) que la muestra al desnudo y con prólogo de su padre, quien la describe así: “Mitad maga, mitad guerrera”. Una relación única, retratada en una serie de fotos inéditas para GENTE. Además, sus reflexiones, sus miedos y su transformación.

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Un amor singular: Calu y Guillermo Rivero. “Tengo un círculo de hombres muy sensibles y muy respetuosos, como mi padre, amigos como Gustavo Santaolalla, que a mí me han enseñado mucho. ¿Cómo me voy a poner en contra del hombre? El hombre y la mujer deben respetarse”, le dijo a GENTE en su última entrevista.

Calu Rivero presentó su primer libro con editorial Planeta, se trata de una autobiografía muy particular, articulada por apuntes catárticos, fotografías y archivo personal con el que se acerca a quienes aún no la conocen y sin intermediarios, y purga toda la oscuridad de lo sufrido en el rodaje de Dulce Amor. “Todo lo malo me convirtió en una activista del respeto por el otro. Respeto y me hago respetar. Ahora soy una mujer autodeterminada, decidida, más sensible, más consciente del otro, pacifista y, por sobre todo, más fiel a mí misma”, dice la actriz catamarqueña, activista por los derechos de las mujeres y pionera del NoesNo. El libro abre con el prólogo de su padre, Guillermo Rivero, quien destaca en esas líneas que lo que cree que salvó a su hija es que “nunca dejó de soñar, aún en los momentos más difíciles”.

“Calu es mitad guerrera, mitad maga”

Dicen que cada cierto tiempo nacen seres mitad magos mitad guerreros y que a lo largo de sus vidas alternan su prevalencia según los desafíos que les plantea el destino. Cuando la vi por primera vez, la emoción y la alegría eran tales que fue difícil contener las lágrimas. Lágrimas que nos acompañarían siempre: a veces de risas, de amor, de felicidad; otras, de pérdidas, de bronca, de impotencia. En sus primeros años, esta maga bailaba y desfilaba (mamadera en mano) en su Recreo, Catamarca, hasta hacernos doler las costillas de risa.

De más grande: en nuestra Córdoba, su generosidad y su amor por nuestra familia se manifestaba a diario. Nunca dejó de soñar, aun en los momentos más difíciles. Creo que eso la salvó; muchas otras personas no logran superar el dolor lamentablemente y mucho menos crecer desde allí. Como hija, me enseñó que el dolor casi siempre es inevitable, pero el sufrimiento siempre es opcional. Me alegra que la fama no la haya cambiado. Al contrario, potenció una luz que derrama generosamente, sin importar a quién. Si bien jamás estuvimos demasiado lejos, de un tiempo a esta parte nos instalamos en Buenos Aires para contenerla y apoyarla en este camino. Tengo la certeza de que el futuro será muy pródigo con ella y de que le aguardan momentos hermosos; por eso trabaja y estudia para estar preparada sin olvidar de dónde viene.

Este libro es una recopilación de textos escritos por ella durante años sobre servilletas, papeles usados, cuadernos… Son el testimonio de esos momentos que la fundaron como Calu. Son la prueba concreta de que, como una maga, puede transformar todo en amor y que cuando debe defenderse o luchar es la guerrera más implacable que he conocido.

Este libro es hasta el día de ayer. Hoy ya está viviendo nuevas páginas, donde añora tener su propia familia, ser cada día más profesional, mejor persona, continuar ayudando, agradecida y testigo del milagro cotidiano de estar viva. Doy fe. Soy Guillermo Rivero.

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La Olivetti con la que escribió el libro. Buscó incansablemente conseguir esa máquina de escribir porque era la misma que usaba su abuelo, Don Federico Gustavo Martínez. Acerca suyo escribió: “Llevo tu marca con orgullo, la emocional pero también la física, esa cicatriz debajo de mi ojo derecho que, cada día al levantarme, cada vez que me miro al espejo, me recuerda lo frágil de la vida”.
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Este verano en Uruguay, Calu le enseñó a hacer surf a su padre, una de las cosas que más disfrutan juntos.
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Guillermo consiguió pararse perfectamente arriba de la tabla gracias a los consejos de su hija. La foto es de Rita Martínez, mamá de Calu y pareja de Guille desde hace más de treinta años.
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Atardeceres veraniegos y fotos robadas en su descanso en Corazonada, la casa sustentable de la actriz en José Ignacio.
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Elegantes y con estilo: Calu del brazo de su padre en un paseo de charlas y secretos.
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Orgulloso, su padre alza el libro de su hija, que fue “un sueño cumplido”.
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La pequeña Calu, a los 5, en la casa familiar de Recreo, Catamarca, en una de las instantáneas más íntimas.

El libro (sin título; invita a “terminarlo entre todos”)  fue presentado el sábado 9 en la librería Falena. “Esto no es una presentación de un libro, es la celebración de un sueño”, dijo Calu, secundada por su hermana Marou y la periodista Luciana Peker, quien le dijo: “Gracias por haberme enseñado que después de pelear hay que saber nadar y estar en paz”. También leyeron fragmentos de su libro, Franco Torchia, Darío Sztajnszrajber, Gonzalo Bonadeo y Edda Bustamante, entre otros.

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En la presentación de su libro, Calu secundada por las moderadoras: Luciana Peker, su prima Mica Martinez y su hermana, la socióloga e “influencer cultural” Marou.
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El abrazo más sentido en la presentación: las hermanas Rivero.
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Marou Rivero, autora de la frase “El miedo no tiene ni un gramo de amor”, que abre uno de los capítulos.

 

Por redacción Gente. Fotos: Rita Martínez  y archivo personal C.R.

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La novelista que contó la historia de su violación e inspiró la denuncia de Thelma Fardín

En abril del año pasado, Belén López Peiró (26) contó la historia de su violación, cuando tenía 13 años, en el libro Por qué volvías cada verano. En esas páginas Thelma Fardín encontró la inspiración y el valor para hacer pública su denuncia contra Juan Darthés. Charlamos con Belén sobre su historia y cómo logró convertir su dolor en empoderamiento.

“Ese cuerpo que pasó a estar en manos de otro sin mi consentimiento, con el paso del tiempo se convirtió en un cuerpo empoderado, recuperado”.
“Ese cuerpo que pasó a estar en manos de otro sin mi consentimiento, con el paso del tiempo se convirtió en un cuerpo empoderado, recuperado”.

Por qué volvías cada verano (Madreselva) es el nombre de la primera novela de Belén López Peiró. Escribir fue la manera que encontró para renacer, para superar el miedo y la culpa, para redimirse, encontrar la verdad, perdonar y finalmente, empoderarse.

Se trata de un relato basado en su propia historia: la de una adolescente que con tan sólo 13 años era abusada todos los veranos por su tío en la localidad de Santa Lucía, un pequeño pueblo ubicado en la provincia de Buenos Aires.

En la lectura de esas páginas fue que la actriz Thelma Fardín encontró el coraje para tomar la difícil decisión de realizar la denuncia pública contra Juan Darthés.

Nos encontramos con Belén para hablar de su inesperada exposición y su inconmensurable resiliencia, así como de la relación con el colectivo de actrices y su compromiso por la lucha contra la violencia de género. Así nos cuenta cómo hizo para transformar su dolor en fuerza.

-En tu libro decís: “Todo lo que perdí se volvió mi escudo”. ¿Cuáles son esas pérdidas y cómo lograste transformarlas en fortalezas?

-Para mí es muy importante eso que dije, porque si no pasaste por una situación de abuso, es muy difícil que puedas a llegar a darte cuenta de qué es lo que se siente. Sentís que tu cuerpo fue expropiado, que es un desecho que sólo sirve para tirar. Ese cuerpo que pasó a estar en manos de otro sin mi consentimiento, con el paso del tiempo se convirtió en un cuerpo empoderado, recuperado. Un cuerpo que no responde a estereotipos y cumple con sus deseos. Que no se queda en el lugar de víctima, al contrario, y quiere ser libre otra vez.

-¿Qué les dirías a esas mujeres que se deciden a denunciar?

-Les diría que se cuiden, que se organicen y preserven. Para realizar una denuncia hace falta tiempo, gente que te crea y dinero para afrontar gastos administrativos. Hacerlo desamparadas, solas, sin una familia que las contenga, sin apoyo psicológico ni recursos económicos, puede ser muy doloroso y frustrante. Y a las que todavía no tomaron esa decisión, les diría que se animen a hablar, que no se callen. Que se lo cuenten a esa persona en la que ellas confían, porque por ahí se empieza a luchar contra el miedo. Y que lean. Que busquen historias en donde puedan sentirse reflejadas. Reconocerse en el dolor del otro siempre nos hace sentir menos solos.

“Nosotras no somos ni víctimas ni heroínas, creerse el papel de heroína es muy cansador y ser víctima para siempre te puede arruinar la vida”.
“Nosotras no somos ni víctimas ni heroínas, creerse el papel de heroína es muy cansador y ser víctima para siempre te puede arruinar la vida”.

-Los abusos intrafamiliares se repiten, ¿es posible que nuestro hijo esté siendo abusado y que nosotros no nos demos cuenta? ¿No podemos verlo, no queremos o elegimos no mirar?

-Creo que es un poco de todo eso. Porque no se trata de coartar la libertad de los hijos y llenarlos de miedo, pero sí de darles las herramientas necesarias para que puedan y sepan defenderse. De hablar con ellos y explicarles cuáles son los derechos que tienen sobre su cuerpo y hasta dónde puede llegar el otro. La comunicación dentro de la familia es esencial. Y lo mismo sucede con la educación sexual en los colegios. En mi caso, perdí a la mitad de mi familia después de realizar la denuncia. Perdí a mi tía y a mis primas, eso es muy doloroso. Ahí te das cuenta de que hay mucha gente que se resiste a saber, que no puede o que no quiere saber la verdad.

-Escribiste tu libro después de haber realizado un taller de escritura donde te encontraste con escritoras muy comprometidas con la lucha contra la violencia de género y también contaste con el apoyo de tu mamá, ¿es así?

-Sí, ella me creyó desde el primer momento, pero después me encontré muy sola y fue todo muy difícil. En mi caso, en el único lugar donde me sentí acompañada y contenida por otras mujeres fue en el taller de escritura de Gabriela Cabezón Cámara. Porque fue en ese lugar en donde noté que todas las mujeres que me rodeaban, no sólo me escuchaban, sino que estaban dispuestas a acompañarme sin cuestionamientos. Que creían en mi palabra. Y en mi dolor.

-¿Cómo fue tu reacción al saber que, de alguna manera, tu libro e historia le dieron coraje a Thelma Fardín para hacer su denuncia? ¿Y cómo es tu relación con ella?

-Somos compañeras de una misma causa. Porque como te decía antes, la mayoría de las mujeres no cuentan con las herramientas necesarias para poder alzar la voz, y por eso el compromiso de ellas (y el mío como escritora) me parece muy importante. Es una manera de decirles que no están solas.

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Belén contó la historia de su violación, cuando tenía 13 años, en el libro Por qué volvías cada verano.

-La sororidad de la que tanto hablamos es real y concreta, sin embargo, seguimos atravesadas por el patriarcado y algunas mujeres se resisten a este cambio, ¿no?

-Es cierto lo que decís, pero también es importante entender que venimos de un patriarcado que nos atraviesa desde hace años. Muchas mujeres todavía están intentando comprender qué es lo que está pasando. De todos modos, también creo en la empatía. Para una mujer que ha sido víctima de abuso, entender mi dolor va a ser muy fácil, pero para otra que no pasó por mi situación es diferente. No vale la pena intentar convencer a los demás, hay mucho por hacer y lo debemos realizar con todas las mujeres que quieran hacerlo y con los hombres, claro, que no son pocos.

-¿Leíste las últimas declaraciones de Rita Segato, donde dice que está en contra de los “escraches” y que el feminismo no puede ser fascista ni construirse desde la política del enemigo?

-Sí, las leí. Rita es y será siempre una gran referente para mí y para muchas otras mujeres. Por otra parte, también dijo que el feminismo que construimos debe incluir a los hombres y yo estoy muy de acuerdo con eso, porque ellos también sufren. El hombre también está lleno de mandatos, de miedos y de presiones. Tienen que ser machos, galanes, poderosos; no pueden llorar, tienen que ser exitosos… Eso también es doloroso. No se trata de una lucha contra los hombres, los únicos que deben sentirse amenazados son los que abusan de su poder. Nosotras no somos ni víctimas ni heroínas, creerse el papel de heroína es muy cansador y ser víctima para siempre te puede arruinar la vida. El problema no es el tipo, sino el estereotipo.

-¿Qué les dirías a todas esas mujeres que sufren en silencio y sienten que nunca van a poder recuperarse del dolor con el que conviven?

-Que no le den el gusto. Que no se entreguen. Que la vida no empieza ni termina con una situación de abuso, que eso es mentira. Les diría que confíen en ellas y que busquen refugio en todos los lugares que puedan.

-¿Sentís que la denuncia de Thelma marca un antes y un después y que esto está generando una verdadera consciencia en los hombres?

-Sí, yo creo que marcó un antes y un después, inevitablemente. La denuncia se replicó por todo el mundo, en diferentes medios, y creo que ahí está el quiebre. En darle la misma posibilidad a todos. Que un hombre, una nena, una mujer adulta o una abuela de ochenta años que mira a Tinelli tengan la posibilidad de deconstruirse, si quieren y tienen ganas, es invaluable.

-¿Qué le dirías hoy a esa nena de 13 años que fuiste alguna vez?

-Hace muchos años, compré un libro que se llama Esto también pasará; creo que le diría eso. Que nada es para siempre, y que aunque sienta que que el dolor va a ser eterno e incurable, eso no es cierto. También le diría que no se sienta culpable, por favor, porque que ella no tiene la culpa de nada. De nada. Y que se perdone. Que primero y antes que a nadie, se perdone a ella misma.

Textos: Luciana Prodan. Fotos: Fabián Matiazzi

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Pilar Sordo: “Está muy bien intentar vivir desde la alegría, pero el dolor también es una instancia de aprendizaje”

Con sus libros y conferencias motivacionales, la psicóloga y escritora chilena logró guiar a miles de personas que en algún momento habían perdido la brújula. De visita en nuestro país, charlamos con ella sobre su último libro y eso que todos buscamos: la felicidad

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“Vivimos en una sociedad que nos invita todo el tiempo al placer y entonces, si no la estoy pasando bien, tengo que abandonar todo. Pero el dolor también es una instancia de aprendizaje” (Foto: Axel Indik/ Para Ti)

“En el último tiempo las mujeres nos estamos animando a dejar de sentir que necesitamos ser requeridas por los otros todo el tiempo, y estamos empezando a ocuparnos de nosotras. De ver qué queremos. Qué nos sucede. Y ser claras al expresar qué es lo que deseamos realmente”, asegura optimista Pilar Sordo (52) que pasó por la Argentina para presentar Educar para sentir, sentir para educar en la Feria del Libro.

Referente para miles de mujeres, sus ocho libros de autoayuda ya se convirtieron en guías para conocernos mejor, desprendernos de mandatos y vivir más felices.

La psicóloga chilena y madre de dos hijos (Nicole, 24 años y Cristian, 26) nos explica que para ser feliz, a diferencia de lo que la mayoría cree, no hay que tener todo resuelto ni aparentar una vida perfecta en Facebook. “La gente que mejor está, irónicamente, es la que se anima a llorar, no la que reprime sus lágrimas”.

-El dolor llega, nunca nos pide permiso para irrumpir en nuestra vida. ¿Por qué creés que le tenemos tanto miedo al sufrimiento?

-Porque vivimos en una sociedad que nos invita todo el tiempo al placer. Y entonces, si no la estoy pasando bien, tengo que abandonar todo eso que no me provoque una sonrisa constante. Marido, hijos, trabajo… No importa, da igual. Y eso es tremendo. Está muy bien intentar vivir desde la alegría, pero el dolor también es una instancia de aprendizaje, y cuanto antes me anime a darle la bienvenida, mejor. Por eso, recibir el dolor desde nuestra imperfección y dejarlo transitar por nuestra vida es lo mejor que podemos hacer para que no nos deje secuelas físicas ni emocionales.

-Muchas personas relacionan el llanto con un signo de debilidad….

-Totalmente. Es que la gente piensa que el llanto es una emoción ineficiente o caprichosa…  Y nada más alejado de eso. Llorar, entre otras cosas, es una descarga necesaria y vital. Tenemos que animarnos a sentir. Vivir anestesiados no puede ni debe ser la única opción. Ser feliz es una decisión.

“Creo que mi mayor miedo es perder la capacidad de observarme. No quisiera que me ganara el afuera” (Foto: Axel Indik/ Para Ti)

-¿Será que también le tenemos miedo a ser felices?

 -En realidad tenemos miedo a que se acabe. Siempre supimos que la felicidad es un instante, entonces, por las dudas, si en este momento soy feliz, mejor digo que no, ¡no vaya a ser que en unos pocos minutos deje de serlo! (risas). Ustedes, los argentinos, contestan algo muy interesante cuando les preguntan cómo están… Y casi siempre dicen lo mismo: “Bien, estoy bien, por suerte”. Y ese “por suerte” me saca la responsabilidad, me hace sentir menos culpa. Menos ansiedad. Porque de esa manera me convenzo de que mi felicidad, de alguna manera, no depende de mí. La felicidad no tiene que ver con la alegría, sino con la paz. Y hasta con el silencio. Nos quieren vender que la felicidad es ruido, gritos y euforia, pero nada más alejado de eso.

-¿Hay alguna manera de que los padres podamos enseñarles a ser felices a nuestros hijos?

-Lo más importante es entender que uno enseña con testimonios, no sólo con palabras. Si mis hijos ven que me río a carcajadas, seguramente se atrevan a reír. Y si me ven llorar todo el tiempo, probablemente también me imiten. Por eso, el desafío más interesante para los padres es mantener una coherencia entre lo que se dice y se hace.

Pilar Sordo pasó por Argentina para presentar Educar para sentir, sentir para educar en la Feria del Libro.
Pilar Sordo pasó por Argentina para presentar Educar para sentir, sentir para educar en la Feria del Libro

-¿Cuál es tu mayor miedo?

-No tengo muchos miedos. Creo que mi mayor miedo es perder la capacidad de observarme. No quisiera que me ganara el afuera. O que la pasión con la que vivo y transito mi profesión (los viajes, las conferencias, las investigaciones) me roben la posibilidad de concentrarme en mí misma. Que todo ese ruido no me permita escucharme.

-¿Tiene algún costo no escuchar lo que nuestro cuerpo necesita, no aprender a conocernos mejor?

-El costo es la enfermedad física y mental. Puede ser un cáncer, un infarto, cólon irritable, obesidad… El cuerpo termina gritando lo que el alma calla. Por algún lugar todo ese dolor va a salir, porque somos una unidad. Y entender que somos una unidad es urgente si pretendemos transitar la vida sin hacernos daño. Nos enseñaron que mostrar y aceptar nuestros sentimientos es un signo de debilidad, y no, todo lo contrario, ahí está la verdadera fortaleza.

Texto: Luciana Prodan

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El psicólogo y best seller apuesta a la ficción para narrar su propia historia multicultural. Los sabores y aromas de la pizza italiana significan para él un lazo íntimo e imborrable con sus padres, inmigrantes napolitanos en Buenos Aires.

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“Mis padres, al igual que muchos otros, vinieron en barco a Buenos Aires a pelearla. Eran guerreros, personas que lucharon por lo que quisieron. Y ese guerrero es el que uno quiere sacar en la terapia”. (Fotos: Axel Indik/ Para Ti)

Durante más de tres años el conocido psicólogo Walter Riso (67) se puso “en modo avión” y trazó las líneas de un viaje pendiente: sumergirse en los secretos de su infancia. Escribiendo y cocinando (casi siempre con una copa de delicioso vino en la mano y música inspiradora de fondo), buceó en su identidad forjada entre Italia y Buenos Aires. Sus padres trasladaron de Nápoles a Argentina el arte y el orgullo de combinar la mozzarella y amasar cariño.

Lloró, se rio y, más de una vez, tuvo que frenar porque no soportaba toparse con ciertos recuerdos. El resultado de esa búsqueda sobre sus orígenes quedó plasmado en Pizzería Vesubio (Planeta), el primer libro de ficción de este especialista en Terapia Cognitiva y magister en Bioética, experto en temas que perturban el corazón humano: el amor, el desencuentro y el perdón.

Padre de dos hijas –de 33 y 30–, en pareja hace catorce años con una psiquiatra colombiana –Iris–, Riso vive actualmente entre Barcelona y Bogotá, pero nació en Nápoles y hasta 1978 vivió en Buenos Aires (en el barrio porteño de Balvanera), y aunque suele venir varias veces por año al país para dar charlas y conferencias, esta vez su arribo estuvo teñido de una nostalgia diferente por la presentación de esta historia casi ciento por ciento autobiográfica.

“Casi” porque, aclara el autor, en el proceso se tomó algunas licencias literarias. “Andrea, el protagonista, no es un avatar mío aunque, como suele pasar con el pasado, los personajes se confunden y uno termina por no saber exactamente cuál es el relato real. Creo que necesito un psicólogo”, bromea.

-De hecho, ese trabajo de reconstrucción es parte de cualquier terapia: reparar a partir de contarse otra vez la propia historia, ¿no?

-Sí, el poder de la palabra es muy importante porque se reconstruye el pasado para pensar el presente y se hace a partir de la narrativa personal. Uno está lleno de creencias irracionales y ciertos conflictos que arrastramos: somos producto de su legado y sus ancestros. Y yo igual. Soy hijo de inmigrantes y mis hijas también. Mis padres, al igual que muchos otros, vinieron en barcos a Buenos Aires a pelearla. Eran guerreros, personas que lucharon por lo que quisieron. Y ese guerrero es el que uno quiere sacar en la terapia.

Primera novela de Walter Riso.
Primera novela de Walter Riso.

-Debe haber sido muy catártico…

-Sí, y lo más interesante de todo es que mientras escribía me convertí en paciente y la historia ofició de terapeuta. Andrea, en la novela, se avergüenza de su familia y cuando la conoce hay un cambio en él, una reconciliación. Porque encuentra su porqué: no es sólo el qué y el cómo lo que te da la referencia interior sino el hecho de comprender profundamente que todo tiene una dinámica y una causa. Somos historia presente, la punta del iceberg. Todo lo que hicieron tus ancestros es para que vos estés aquí ahora.

 -Y en tu caso, ¿con qué tuvieron que ver esas ganas de conectar con el pasado?

-Con un hecho muy concreto. La verdad es que yo ya venía rastreando algunos indicios, pero hace ocho años encontré la dirección exacta en la que vivía en Nápoles. Porque en el acta de nacimiento no estaba legible. Una tía de 90 años me reveló ese dato clave, la pieza que faltaba. Me emocioné muchísimo, me fui un mes a recorrer esos lugares de los que tanto me hablaba mi mamá y cuando volví y se lo conté a mi agente, él me dijo: “Si sos capaz de transmitir esos sentimientos de reencuentro con tu infancia como me lo estás contando a mí, tenemos un libro”. Y me mandó a escribir.

 -¿Te preocuparon las críticas? Como psicólogo tenés un nombre de mucho prestigio.

-No, porque estaba haciéndole honor a aquellas raíces. Siempre he sido una persona valiente, además escribiendo me sentí irresponsablemente feliz. Pude decir lo que quería porque no es el psicólogo el que habla, son los personajes. Yo siempre escribí para otros y esta vez quise hacerlo para mí, desde mi impulso creativo. Y estoy contento con el resultado porque lo aproveché muchísimo y lo hice desde el disfrute total. Me armaba un microcosmos, me preparaba una parmesana de berenjenas como me enseñó mi viejo y me sentaba a jugar con el pasado. Escribí sobre el amor y el perdón, que son temas muy complejos, pero desde otro lugar. Perdonar no es olvidar, es recordar sin rencor. Y no es fácil hacerlo. Escribir ayudó.

Textos: Mara Derni (mderni@atlantida.com.ar)

Gustavo Rosemffet, desde su experiencia como papá de un chico con Síndrome de Down: “Si queremos trabajar la inclusión tenemos que decir las cosas como son”

El ilustrador narra la diferencia sin victimizar, derriba estereotipos y provoca. “Hay días que te enfrentás a situaciones en las que te querés morir”. Presentó su último libro y graba las primeras escenas para un futuro corto inspirado en la vida de su hijo Mallko.

“Algunos padres dicen que tener hijos con esta identidad es lo mejor que les pasó en la vida. Está bien. Pero hay días que te enfrentás a situaciones en las que te querés morir”. Gusti, ilustrador y papá de Mallko.
“Algunos padres dicen que tener hijos con esta identidad es lo mejor que les pasó en la vida. Está bien. Pero hay días que te enfrentás a situaciones en las que te querés morir”. Gusti, ilustrador y papá de Mallko. (F0to: Maxi Didari/ Para Ti)

Si esta charla tuviera lugar en las afueras de Barcelona, en el espacio en el que suceden la mayoría de las cosas entre el ilustrador Gustavo Rosemffet (54) –o Gusti, como lo llaman sus lectores– y Mallko (10), su hijo con Síndrome de Down, habría bastante más de qué ocuparse que ahora, cuando conversamos en un bar tranquilo de Belgrano.

Definitivamente estaríamos en guardia. Hace poco Mallko se subió a la terraza y casi se mata, y unos días antes se había caído adentro de un contenedor de basura. Una tarde tiró a un gatito por la ventana. Y si la casa empezara a incendiarse él probablemente seguiría jugando con su iPad sin percatarse de lo peligroso que puede resultar el fuego. El otro día en la escuela se escapó a la cocina en la hora de huerta y empezó abrir las llaves de gas. A veces te empuja o te mete el dedo en el ojo. “Hay que estar muy atento porque no tiene noción del peligro, ni diferencia la fantasía de la realidad. Puede hacer cosas extremas o salvajes”.

Casado con la ilustradora francesa Anne Decis, mamá de Mallko y Théo, el mayor de sus hijos, de 18 años, el ilustrador argentino aprovechó su vuelta a Buenos Aires para empezar a rodar un cortometraje sobre la vida de su hijo (impulsado por el INCAA) y presentar su segundo libro No somos angelitos (Océano). El título es de lo más elocuente y honesto, como lo son todos sus dibujos, estos y los que incluyó en su primera obra Mallko y papá, publicado en 2014.

Mallko tenía 8 años cuando su papá, ilustrador argentino que vive en España, compartió en Mallko y papá la experiencia transformadora de la llegada de un hijo con Síndrome de Down.
Mallko tenía 8 años cuando su papá, ilustrador argentino que vive en España, compartió en Mallko y papá la experiencia transformadora de la llegada de un hijo con Síndrome de Down.  (Gentileza Editorial Océano)

Lejos de tener una mirada condescendiente e idealizada de los chicos que, como su hijo, nacieron con esta alteración genética –trisomía 21– el mensaje de Gusti es descarnado y sincero. Es posible que esa postura brutal explique por qué sus proyectos (las publicaciones, las charlas que imparte en todo el mundo y la fundación que creó con otros artistas: WinDown, una asociación que a partir del arte aboga por la inclusión) sean tan convocantes.

“Me molestan bastante los slogans. Las personas con diferencias siempre aparecen endiosadas o endiabladas, en los dos extremos. Algunos padres dicen que tener hijos con esta identidad es lo mejor que les pasó en la vida. ‘El diseño perfecto’, ‘mi gran orgullo’, ‘una fuente inagotable de amor’. Esta es la parte A del tema, pero hay otro lado dramático. Hay días que te enfrentás a situaciones en las que te querés morir, como éstas que te contaba recién. Lo único que tienen en común las personas con Síndrome de Down es el cromosoma 21, pero ese cromosoma tiene que interactuar con otros. Y ahí se arman miles de combinaciones, no existen dos chicos iguales. El estereotipo no funciona”.

#PARA TI - GUSTI 1 - News - MD - 20180427
No somos angelitos es su segundo proyecto. Ambos traducidos y editados en todo el mundo. (F0to Maxi Didari/ Para Ti)

SABER MIRAR. Mallko cursa quinto grado en un colegio público muy cerca de su casa, ubicado en un parque natural en las afueras de Barcelona. Como se cansa mucho, sus padres prefieren no forzarlo imponiéndole demasiadas actividades extraescolares.

No sabe contar y aprendió algunas letras pero, a su manera, progresa. “Intelectualmente no sabría decirte qué edad tiene: tiene una comprensión intelectual grande para algunas cosas, mientras que otras no las controla, como el concepto del tiempo. Si en tres días se tiene que ir de viaje él prepara la mochila ya. Trabajamos mucho con un calendario para explicarle cuándo va a pasar un evento”.

Tiene algunos amigos que lo adoran y otros que no lo aguantan: tiene mal carácter. Por otro lado, “el cabrón tiene una magia que a mí me da vida. De golpe te levantás a la mañana y lo encontrás ahí jugando en su mundo con los legos. Tiene un gran poder de concentración y es muy metódico en lo que hace. Mira sus películas, siempre las mismas, e interactúa con las historias de un modo muy activo”.

-¿Y cómo es la relación con su hermano Théo?

-A veces, en estos casos, uno de los hijos puede quedar opacado por el otro. Es verdad, como padre tenés que estar atento para poder manejarlo. Porque Mallko ocupa mucho espacio. Durante la adolescencia de Théo tuvimos algunos conflictos pero, por suerte, de a poco nos fuimos acomodando. Théo lo adora; obviamente, a veces pierde la paciencia porque Mallko entra a la habitación y le toca las cosas. Y se llevan mucha diferencia.

 Si queremos trabajar la inclusión de verdad tenemos que decir las cosas como son, si no no estamos haciendo una especie de inclusión selectiva

-Por otro lado, la logística familiar debe ser complicada…

-Sí, y mi mujer está un poco más agobiada que yo. Para que yo pueda hacer todas estas tonterías, ella se encarga de muchas cosas. Quizás con otro chico de la misma edad, uno como padre ya puede ir soltando un poco, pero con Mallko es más difícil. Es muy difícil organizar un plan porque Mallko es muy demandante. A veces tenés que organizar las cosas de otra manera o pensar dos veces antes de ir a un lugar. Porque por ahí ‘se manda muchas’.

#PARA TI - GUSTI 2 - News - MD - 20180427
(F0to Maxi Didari/ Para Ti)

-Hace un rato me comentabas varias de esas situaciones tremendas. ¿Cómo manejás el después?, ¿lo retás?, ¿lo ponés en penitencia?

-Es un tema. Tratamos de hablarle con una firmeza muy amorosa. Porque sacarse no sirve para nada. Ahora, por ejemplo, empecé a hablar con algunos papás que tienen hijos más grandes que Mallko porque sé que empieza una etapa diferente: de hormonas y cambios físicos. Y me pregunto cómo poner límites en algunas situaciones hipotéticas: si pasa una chica caminando y él se acerca, la toca o le da un beso. Ellos hacen lo que sienten y no tienen la barrera o el filtro social incorporado como freno. Tiene que aprender a convivir en sociedad. No tiene que tener un trato especial por su condición. Hay que explicarle de un modo que él pueda entender las cosas y enseñarle lo que no está bien. Si queremos trabajar la inclusión de verdad tenemos que decir las cosas como son, si no no estamos haciendo una especie de inclusión selectiva, de la parte que nos interesa. La inclusión real significa tratarlos como a cualquier niño: si hace algo que no está bien hay que retarlo. Igual ya veremos, no me quiero adelantar, quedará para otra entrevista. Todavía falta. Lo dejamos para la próxima charla.

Textos: Mara Derni (mderni@atlantida.com.ar)

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“Algunos padres dicen que tener hijos con esta identidad es lo mejor que les pasó en la vida. Está bien. Pero hay días que te enfrentás a situaciones en las que te querés morir”. Gusti, ilustrador y papá de Mallko.
“Algunos padres dicen que tener hijos con esta identidad es lo mejor que les pasó en la vida. Está bien. Pero hay días que te enfrentás a situaciones en las que te querés morir”. Gusti, ilustrador y papá de Mallko. (F0to: Maxi Didari/ Para Ti)

Si esta charla tuviera lugar en las afueras de Barcelona, en el espacio en el que suceden la mayoría de las cosas entre el ilustrador Gustavo Rosemffet (54) –o Gusti, como lo llaman sus lectores– y Mallko (10), su hijo con Síndrome de Down, habría bastante más de qué ocuparse que ahora, cuando conversamos en un bar tranquilo de Belgrano.

Definitivamente estaríamos en guardia. Hace poco Mallko se subió a la terraza y casi se mata, y unos días antes se había caído adentro de un contenedor de basura. Una tarde tiró a un gatito por la ventana. Y si la casa empezara a incendiarse él probablemente seguiría jugando con su iPad sin percatarse de lo peligroso que puede resultar el fuego. El otro día en la escuela se escapó a la cocina en la hora de huerta y empezó abrir las llaves de gas. A veces te empuja o te mete el dedo en el ojo. “Hay que estar muy atento porque no tiene noción del peligro, ni diferencia la fantasía de la realidad. Puede hacer cosas extremas o salvajes”.

Casado con la ilustradora francesa Anne Decis, mamá de Mallko y Théo, el mayor de sus hijos, de 18 años, el ilustrador argentino aprovechó su vuelta a Buenos Aires para empezar a rodar un cortometraje sobre la vida de su hijo (impulsado por el INCAA) y presentar su segundo libro No somos angelitos (Océano). El título es de lo más elocuente y honesto, como lo son todos sus dibujos, estos y los que incluyó en su primera obra Mallko y papá, publicado en 2014.

Mallko tenía 8 años cuando su papá, ilustrador argentino que vive en España, compartió en Mallko y papá la experiencia transformadora de la llegada de un hijo con Síndrome de Down.
Mallko tenía 8 años cuando su papá, ilustrador argentino que vive en España, compartió en Mallko y papá la experiencia transformadora de la llegada de un hijo con Síndrome de Down.  (Gentileza Editorial Océano)

Lejos de tener una mirada condescendiente e idealizada de los chicos que, como su hijo, nacieron con esta alteración genética –trisomía 21– el mensaje de Gusti es descarnado y sincero. Es posible que esa postura brutal explique por qué sus proyectos (las publicaciones, las charlas que imparte en todo el mundo y la fundación que creó con otros artistas: WinDown, una asociación que a partir del arte aboga por la inclusión) sean tan convocantes.

“Me molestan bastante los slogans. Las personas con diferencias siempre aparecen endiosadas o endiabladas, en los dos extremos. Algunos padres dicen que tener hijos con esta identidad es lo mejor que les pasó en la vida. ‘El diseño perfecto’, ‘mi gran orgullo’, ‘una fuente inagotable de amor’. Esta es la parte A del tema, pero hay otro lado dramático. Hay días que te enfrentás a situaciones en las que te querés morir, como éstas que te contaba recién. Lo único que tienen en común las personas con Síndrome de Down es el cromosoma 21, pero ese cromosoma tiene que interactuar con otros. Y ahí se arman miles de combinaciones, no existen dos chicos iguales. El estereotipo no funciona”.

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No somos angelitos es su segundo proyecto. Ambos traducidos y editados en todo el mundo. (F0to Maxi Didari/ Para Ti)

SABER MIRAR. Mallko cursa quinto grado en un colegio público muy cerca de su casa, ubicado en un parque natural en las afueras de Barcelona. Como se cansa mucho, sus padres prefieren no forzarlo imponiéndole demasiadas actividades extraescolares.

No sabe contar y aprendió algunas letras pero, a su manera, progresa. “Intelectualmente no sabría decirte qué edad tiene: tiene una comprensión intelectual grande para algunas cosas, mientras que otras no las controla, como el concepto del tiempo. Si en tres días se tiene que ir de viaje él prepara la mochila ya. Trabajamos mucho con un calendario para explicarle cuándo va a pasar un evento”.

Tiene algunos amigos que lo adoran y otros que no lo aguantan: tiene mal carácter. Por otro lado, “el cabrón tiene una magia que a mí me da vida. De golpe te levantás a la mañana y lo encontrás ahí jugando en su mundo con los legos. Tiene un gran poder de concentración y es muy metódico en lo que hace. Mira sus películas, siempre las mismas, e interactúa con las historias de un modo muy activo”.

-¿Y cómo es la relación con su hermano Théo?

-A veces, en estos casos, uno de los hijos puede quedar opacado por el otro. Es verdad, como padre tenés que estar atento para poder manejarlo. Porque Mallko ocupa mucho espacio. Durante la adolescencia de Théo tuvimos algunos conflictos pero, por suerte, de a poco nos fuimos acomodando. Théo lo adora; obviamente, a veces pierde la paciencia porque Mallko entra a la habitación y le toca las cosas. Y se llevan mucha diferencia.

 Si queremos trabajar la inclusión de verdad tenemos que decir las cosas como son, si no no estamos haciendo una especie de inclusión selectiva

-Por otro lado, la logística familiar debe ser complicada…

-Sí, y mi mujer está un poco más agobiada que yo. Para que yo pueda hacer todas estas tonterías, ella se encarga de muchas cosas. Quizás con otro chico de la misma edad, uno como padre ya puede ir soltando un poco, pero con Mallko es más difícil. Es muy difícil organizar un plan porque Mallko es muy demandante. A veces tenés que organizar las cosas de otra manera o pensar dos veces antes de ir a un lugar. Porque por ahí ‘se manda muchas’.

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(F0to Maxi Didari/ Para Ti)

-Hace un rato me comentabas varias de esas situaciones tremendas. ¿Cómo manejás el después?, ¿lo retás?, ¿lo ponés en penitencia?

-Es un tema. Tratamos de hablarle con una firmeza muy amorosa. Porque sacarse no sirve para nada. Ahora, por ejemplo, empecé a hablar con algunos papás que tienen hijos más grandes que Mallko porque sé que empieza una etapa diferente: de hormonas y cambios físicos. Y me pregunto cómo poner límites en algunas situaciones hipotéticas: si pasa una chica caminando y él se acerca, la toca o le da un beso. Ellos hacen lo que sienten y no tienen la barrera o el filtro social incorporado como freno. Tiene que aprender a convivir en sociedad. No tiene que tener un trato especial por su condición. Hay que explicarle de un modo que él pueda entender las cosas y enseñarle lo que no está bien. Si queremos trabajar la inclusión de verdad tenemos que decir las cosas como son, si no no estamos haciendo una especie de inclusión selectiva, de la parte que nos interesa. La inclusión real significa tratarlos como a cualquier niño: si hace algo que no está bien hay que retarlo. Igual ya veremos, no me quiero adelantar, quedará para otra entrevista. Todavía falta. Lo dejamos para la próxima charla.

Textos: Mara Derni (mderni@atlantida.com.ar)

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