Julio Le Parc: “En mi vida hubo altos y bajos… y siempre fui buscando soluciones”

De vuelta en París después de visitar su Mendoza natal, el artista de 89 años deja constancia de su vigencia. En una charla íntima, recuerda sus comienzos dibujando próceres y habla de las motivaciones, el reconocimiento constante y los cambios de época. Reflexiones y sensaciones de un talento de exportación.

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“No sé si extraño… Aquello que alguna vez añoré ya no existe más. Los amigos han cambiado. Los lugares han desaparecido”

“Julio Le Parc, en búsqueda permanente”, reza su página de inicio en la web, para que no queden dudas de su juventud creativa. Porque nació hace 89 años en Mendoza, lleva seis décadas radicado en París –donde experimentó la revolución cultural de los años ‘60– y vive con el entusiasmo de su lucidez intacta.

Desde la comodidad de su departamento francés, dos días después de haber regresado de Palmira –la ciudad mendocina de veintiún mil almas al norte de la capital provincial, y a la que volvió a visitar tras diecisiete años de ausencia–, Julio atiende el teléfono con plena disposición en cada sílaba. “Me siento muy bien cuando vuelvo y me sorprendo por los cambios”, asegura el artista, quien en su tierra natal fue nombrado Padrino Cultural de la Ciudad de Mendoza.

Además, puede jactarse de tener su propio vino: Malbec Rutini Antología Julio Le Parc. “Todo tiene que ver con la búsqueda para seguir trabajando”, asegura Le Parc sobre la dosis de esfuerzo, talento y azar que impulsaron sus éxitos. Y sigue: “Porque los intereses son los mismos de cuando empecé. Y las motivaciones, las de siempre”.

Durante una de sus últimas grandes exposiciones en Buenos Aires, en el Malba, en 2014.
Durante una de sus últimas grandes exposiciones en Buenos Aires, en el Malba, en 2014.

UN TABLERO Y UN PAPEL. Referente del Arte Cinético, Le Parc trasciende esa corriente que se inició en París en 1955, caracterizada por el movimiento –real u óptico– que se produce cuando el observador cambia el ángulo de visión de una obra. Nació en 1928 en Palmira y cursó el primario en la escuela Martín Güemes. “No sé si extraño… Aquello que alguna vez añoré ya no existe más. Los amigos han cambiado. Los lugares han desaparecido”, responde este hijo de un obrero ferroviario que a los 14 años se mudó con su familia a Buenos Aires e ingresó a la Escuela de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón.

En 1957 se inclinó por el arte abstracto y al año siguiente, gracias a una beca del gobierno francés, se instaló en París, donde en 1960 fundó el Grupo de Investigación de Arte Visual. En pareja con Yumiko Seki (quien lo acompañó en su visita a Mendoza) y separado pero todavía cerca de Martha, la madre de sus hijos –Juan Claudio, Yamil y Pablo Gabriel–, Le Parc recurre a iluminaciones artificiales, efectos especulares, reflejos y movimientos. Sus instalaciones tienen mucho de bandas mecánicas que se mueven por dispositivos mecánicos ocultos, el fluir de líquidos fosforescentes y el movimiento de hilos de nylon, por ejemplo.

En 1966, durante la Bienal de Venecia, cuando ganó el Gran Premio Internacional de Pintura. Fue el primer latinoamericano en obtenerlo.
En 1966, durante la Bienal de Venecia, cuando ganó el Gran Premio Internacional de Pintura. Fue el primer latinoamericano en obtenerlo.

–¿Me equivoco si digo que hay demasiado marketing alrededor del mundo del arte?
–Diría que la valorización del arte actual está en manos de muy pocas personas. Críticos, directores de museos… No hay muchos índices comparativos.

–¿Recuerda su primera llegada a ese universo?
–En Mendoza empecé a acercarme al dibujo. En la escuela primaria una maestra notaba mis habilidades y me felicitaba. Se asombraba por cómo dibujaba a los próceres: San Martín, Belgrano… o la escarapela. Le aconsejó a mi mamá que me llevara a tomar clases. Así fue como, cuando tenía catorce años y recién nos habíamos mudado a Buenos Aires, íbamos con ella por la calle Las Heras cuando vimos el edificio de la Academia de Bellas Artes. Empecé la preparatoria para poder entrar y a partir de ese momento me di cuenta de que eso era lo que quería hacer. Con el tablero y la hoja de papel…

Con su familia, en 1970: Martha, Juan, Gabriel y Yamil.
Con su familia, en 1970: Martha, Juan, Gabriel y Yamil.

–¿Cuándo supo que ése sería su medio de vida?
–Al comienzo, mi preocupación no era vender, sino más bien contar con las mínimas condiciones para seguir haciendo cosas. No había obsesión. Si uno va pensando qué tiene que hacer, el medio va creando las condiciones para lograrlo. Es la teoría del condicionamiento, que aprendí con mis amigos. Mientras uno esté con voluntad, el medio y la sociedad van creando el engranaje. Así, con pequeños resultados, se fueron dando las chances… Poquito a poquito.

–¿Hay algo en su vida que hoy haría diferente?
–Nunca me puse a pensar en eso. Hubo altos y bajos. Mi situación personal y profesional ha ido cambiando… Cuando las cosas fueron llegando, fui buscando soluciones. Siempre he sido positivo.

La inauguración de su escultura Torsión 1 en Miami, en 2014.
La inauguración de su escultura Torsión 1 en Miami, en 2014.

–¿Cómo siente que lo ve el público argentino?
–Sabe que soy un compatriota que viene de una lejana provincia y de un pequeño pueblo. Cada vez que he vuelto, me han recibido con expectativa. Todo en la medida en que yo puedo crear una relación directa, sin intermediarios e inmediata con los argentinos.

–¿Qué le gusta que le pase a quien se para frente a una obra suya?
–Que se encuentre frente a una propuesta… Que signifique un momento particular… Que le provoque una reacción… En fin, que sea una búsqueda permanente.

Por Ana van Gelderen.
Fotos: Maxi Vernazza, Archivo Atlántida y álbum personal JLP.

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