Joaquín y Julián Azulay: “Surfeamos en las Malvinas para plantar una semilla de unión y paz”

Son hermanos cineastas y surfistas, se hacen llamar Gauchos del Mar y el próximo 5 de abril estrenarán Ola sin fronteras, su cuarto largometraje, en una carrera que ya les deparó cuarenta premios internacionales. Tras recurrir a nuestras islas como escenario, las acercan desde una perspectiva sin precedentes. “Logramos romper la barrera mental que imponen las fronteras y los prejuicios”, aseguran, al cumplirse 37 años del conflicto armado en el Atlántico Sur.

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Los Azulay a punto de unir las islas Gran Malvina y Soledad a bordo de sus tablas.

Julián tiene 33 años y es arquitecto; Joaquín, de 31, es licenciado en Administración. Sin embargo, no ejercen sus respectivas profesiones. Los hermanos Azulay, porteños, se dedican de lleno a su gran pasión, el surf. A bordo de sus tablas, eligen trascender las olas hacia algo más profundo: generar conciencia sobre temas como la defensa del medioambiente, el valor del deporte y la unión entre culturas.

Con esos objetivos vienen concretando aventuras, una tras otra. Ya viajaron desde California hasta Chile orillando el océano Pacífico y recorrieron más de una vez las costas atlánticas de la Patagonia hasta Tierra del Fuego, siempre portando sus tablas sobre las espaldas. Esas vivencias dieron forma a tres documentales, realizados por ellos mismos.

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Hermanos y cómplices, Julián y Joaquín estudian la hoja de ruta acuática y terrestre que les permitiría consumar su hazaña.

Y ahora llegó el momento de presentar el cuarto largometraje –La ola sin fronteras (una expedición en el Atlántico sur)–, quizás el más significativo: un viaje a las Islas Malvinas a lo largo de 50 días, concretado entre febrero y abril de 2018. No sólo montaron olas: también desarrollaron un periplo de gran carga emotiva, en el que convivieron con los kelpers y recorrieron los escenarios de la guerra que enfrentó a Argentina y el Reino Unido por la soberanía en 1982.

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El primer acampe, para cotejar clima y el oleaje. Vista de las típicas casitas lugareñas, a orillas del océano.

“Nos moviliza el amor por el surf. Es un sentimiento que heredamos de nuestro papá, Jorge (75), que aún lo practica. Y esa pasión nos ha ido llevando hasta lugares muy lejanos, incluso que poco tienen que ver con el deporte, alejados en realidad de casi todo. Pero nuestro objetivo no son las olas perfectas, sino algo más profundo. Fuimos a surfear a las Malvinas para plantar una semilla de unión y paz. No sabemos si va a germinar, pero ése es el deseo que nos llevó hasta allá”, reflexiona Joaquín.

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La caminata hacia el mar.

Lo encontramos junto a su hermano Julián en las oficinas de la productora Gauchos del Mar –nombre del proyecto que encabezan–, en el barrio de Belgrano, desde donde dan forma a sus documentales.

–¿Cómo surgió la idea de Malvinas como destino?

Julián: A través de un amigo brasileño nos enteramos de que en las islas hay sólo dos personas que surfean. Y resulta que son hermanos y tienen prácticamente nuestras mismas edades. Se llaman Jean y Jay Moffat. Los conectamos a través de un chat. Al principio la conversación fluyó sin problemas. Les contamos de nuestra idea del documental, pero el diálogo se interrumpió cuando se enteraron de que éramos argentinos. Lo cortaron ellos y no los pudimos ubicar más.

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La ola sin fronteras (una expedición en el Atlántico Sur) se estrenará con dos funciones en el teatro Santa María (Montevideo 842, Ciudad de Buenos Aires). Y a lo largo de abril recorrerá un itinerario por cines y teatros bonaerenses.

–¿Les dieron alguna explicación?

Joaquín: Sí, nos dijeron que por el momento no querían ser parte de ningún proyecto. Temían que su imagen fuera utilizada con fines políticos. Les explicamos que ésa no era nuestra intención, que no íbamos a hablar del tema soberanía, que somos una generación de posguerra y que queríamos acercarnos a ellos. Pero allá nadie quiere poner las manos en el fuego por un argentino, a raíz de algunas experiencias pasadas a nivel fílmico que no fueron bien tomadas por los isleños.

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La naturaleza al alcance de la mano.

–¿Emprendieron viaje igual?

Julián: Sí, claro. Queríamos volar a Malvinas, surfear sus aguas, conocer las islas, a su gente, descubrir la fauna del lugar. Salimos en avión desde Río Gallegos y llegamos a explorar 15 de las 700 islas que componen el archipiélago. Surfear sólo pudimos hacerlo 15 de los 50 días que estuvimos allá. Las aguas son frías (8 grados centígrados, contra los 20 o 22 de la costa bonaerense). Lo más embromado es el viento, muy fuerte y constante. Cuando era demasiado fuerte no nos podíamos meter.

–¿Dónde dormían?

Joaquín: Para realizar nuestro proyecto contábamos con permiso del gobierno local. Eso nos ayudaba a que nos dejaran acampar en estancias de la zona. Nos trasladábamos mucho a pie, y cuando debíamos mudarnos de isla, abordábamos pequeños aviones, veleros o ferris. Para reponernos hacíamos base en Puerto Argentino (Puerto Stanley para los británicos).

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El particular paisaje interior de las islas.

–¿Cómo los trataban los isleños?

Julián: Fueron muy amables, al igual que los chilenos que viven ahí. En todo momento fuimos respetuosos, y ellos con nosotros. Estuvimos 50 días conviviendo, no fue algo esporádico. Logramos romper las barreras mentales que nos imponen las fronteras y los prejuicios. Se los nota atentos a nuestro país. En el diario local, Penguin News, todos los días sale alguna noticia sobre Argentina. A nosotros nos decían “gauchos”, dado el nombre de nuestro proyecto. Es un lugar muy cosmopolita. En Malvinas vive gente de más de 50 nacionalidades.

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Olas, Malvinas, surf y neoprene al cuerpo para protegerse de las temperaturas bajo cero.

–¿Surgió el tema de la guerra?

Joaquín: Nunca de nuestra parte, sí en algún caso por parte de los lugareños. Es un tema muy sensible para nuestra sociedad, pero también lo es para ellos. Así como hay prejuicios de un lado, los hay del otro. Nosotros fuimos a tratar de acercarnos a través del deporte, para ver las islas desde otra perspectiva y tratar de conocer la mirada del otro.

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Los pingüinos (hay cinco especies), acompañando el transitar de los hermanos Azulay.

–¿Visitaron el cementerio de Darwin, donde descansan los soldados argentinos caídos en la guerra?

Julián: Sí, lo queríamos conocer. Fue algo muy emotivo. En las afueras encontramos varios pertrechos y visitamos también algunos campos de batalla. Tratamos de imaginar lo que pudieron haber sentido los soldados. El frío es muy duro, la humedad está en todas partes… Sin equipos ni abrigo apropiado, todo lo que tuvieron que vivir esos pibes tan jóvenes… Fue una verdadera locura.

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Con funciones en La Plata (7 de abril), Mar del Plata (12), Miramar (13), Necochea (14) y Bahía Blanca (15), las entradas para ver el filme pueden adquirirse en www.gauchosdelmar.com/eventos y desde la plataforma Festivap (festivap.com).

–¿A los hermanos surfistas de las islas nunca los pudieron conocer personalmente?

Joaquín: ¡Sí! Un día, cuando ya todos sabían que estábamos allí, llegó un auto a Surf Bay, la playa más conocida. ¡Eran ellos! Terminamos surfeando juntos, haciéndonos amigos y tomando algo en un bar de la ciudad. Por eso te decimos que a pesar de la desconfianza inicial, somos seres humanos y podemos superar las barreras que nos separan.

Por Germán Heidel.
Fotos: Gauchos del Mar y Matías Campaya.
Agradecemos a Astrid Perkins (Th!nk Argentina).

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