La biografía de Alfredo Alcón a través de la mirada de su mejor amigo

Los últimos 35 años de vida del actor tuvieron un testigo cercano, su amigo Jorge Vitti. Acaba de publicar una biografía en donde recuerda al genial maestro sobre el escenario y en lo cotidiano.

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Jorge Vitti (58) fue el más cercano amigo de Alfredo Alcón durante sus últimos 35 años. Tras la muerte del genial artista, en abril de 2014, recopiló decenas de vivencias y así nació esta “biografía en primera persona”, publicada por Planeta. “Es la voz de Alfredo la que habla, con su sinceridad, humildad y humor exquisito”, afirma el autor.

Estaban ahí, codo a codo, en el más crítico de todos los momentos que pasaron juntos. Y Alfredo Alcón, el gran actor argentino, el espejo en el que todos los artistas de las tablas buscaron reflejarse, soltó la frase cruel: “Ya no quiero actuar más”. Así le dijo a su queridísimo amigo Jorge Vitti (58, arquitecto y director teatral), exactamente en la mañana del 10 de abril de 2014. Después se aferró a su mano, la estrechó fuerte y cerró los ojos por última vez, antes de entrar en coma.

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En ese apretón, por la mente de Vitti surcaron decenas de imágenes. Entre ellas, las geniales interpretaciones que Alfredo nos regaló durante décadas, encarnando a San Martín, Güemes, Martín Fierro, Saverio el Cruel, El Pibe Cabeza, al Diablo de Nazareno Cruz y el Lobo, Mirta Rosi o Américo en Cohen vs. Rosi y tantos otros.

“Pero la vida de Alfredo no era sólo un inventario de películas, y menos para él, que era un hombre de teatro. Hizo textos de Lorca, Pirandello, Synge, Miller, Bergman, O’Neill, Marlowe y muchos más”, cuenta Vitti, autor de un hermoso y flamante libro: Alfredo Alcón, Biografía en primera persona (Planeta), donde mágicamente volvemos a escuchar la voz del genial artista repasando su trayectoria. Todo gracias a la minuciosa labor de Vitti, quien se puso la tarea al hombro: “Yo no soy escritor, pero me parecía bueno dejar plasmada en un libro toda la obra de Alfredo. Planeta me propuso que escribiera su biografía, pero no lo hice. Escribí toda la historia en primera persona, como si Alfredo recordara su vida antes de morir”. El resultado no podía ser mejor.

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RODEADO DE AMIGOS. Desde aquella mañana otoñal de 2014, Alcón no volvió a hablar. La enfermera que lo cuidaba ya se había dado cuenta de que no se podía hacer más nada.

Entonces, Vitti llamó a los amigos más íntimos, para que pudiesen despedirse: “Enseguida llegaron Pablo Kompel (productor teatral), Adrián Suar, Guillermo Francella, Nico Cabré, Joaquín Furriel y Peto Menahem. Quizá si Alfredo hubiera estado lúcido no me habría permitido hacer eso. No le gustaba recibir gente en su casa: siempre citaba a sus amigos en el café de la esquina… Pero yo necesité hacerle esa gran despedida. Esa noche todos nos reíamos y llorábamos, recordando anécdotas. A la madrugada se fueron todos y la enfermera me dijo que me fuera a mi casa a descansar. Antes del amanecer del 11 de abril me llamó para decirme que Alfredo había muerto”.

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Unos meses después del entierro, Vitti volvió al departamento de Alfredo y en el ropero que pertenecía a la madre del actor encontró un montón de recortes de notas, fotos, programas de teatro y distintas cosas. Ahí, de alguna forma, empezó a nacer este libro.

–¿Cómo se conocieron?
–Yo soy santafesino, de Rufino, y estudiaba Arquitectura en Rosario. También hacía teatro. Un día, con algunos pocos ahorros viajé a Buenos Aires para ver El hombre elefante y Hamlet. A la salida esperé a Alfredo para saludarlo, y al tiempo nos hicimos amigos. Después me mudé a la Capital con una novia que tenía, y empecé a trabajar con él. Pero lo que más afianzó nuestra amistad fue cuando tuvimos que internarlo en el hospital Alemán, por un quiste que tuvo en el páncreas. Ese momento nos marcó. Nos hicimos íntimos, y desde entonces ayudé mucho a que él fuese Alfredo Alcón, desde sus 50 a sus 84. Fueron casi 35 años de amistad y trabajo.

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Vitti despidió a Alcón rodeado de los amigos del actor.

–¿Cómo era él cuando se sacaba el traje de actor?
–Un hombre muy sincero y humilde; odiaba que lo llamasen “maestro”. Era autoexigente, protestón, cariñoso… Tenía un humor exquisito: se lo encontraba a todas las tragedia que interpretaba. Con sus íntimos era irónico y ácido. Era torpe en los quehaceres de la casa. No sabía usar la tarjeta de crédito, un celular… Mucho menos estaba en las redes sociales, pero disfrutó mucho de Internet, porque le parecía maravilloso tener una gran biblioteca metida en una computadora. Decía que el mejor invento del hombre es el contestador automático, porque podía escuchar los mensajes de toda la gente que lo llamaba… aunque a menudo se le enredaba el casete al querer rebobinarlo. A veces pienso que Alfredo no sabía hacer nada: sólo actuar.

–¿Cómo podía componer personajes tan diversos y que todos tuvieran su sello?
–Interpretaba tanto a un gigante como a un enano: nació para ser actor. Cuando le daban una obra, nos tomábamos una semana en Villa La Angostura o Praia do Forte (Brasil), para armar el personaje y la obra. Alfredo descansaba trabajando. Si estaba dos semanas sin hacerlo, se estresaba. Llegaba dos horas antes de que empezara la función. En su camarín siempre tenía una foto de Norma Aleandro con Oscarcito Ferrigno (h), la imagen de la Virgen de Salta, una pintura renacentista y algunos garabatos hechos por él, porque le gustaba dibujar rostros y escribir poemas. Disfrutaba mucho de lo que hacía, y contagiaba ese amor a todo el mundo. Aprendimos muchas cosas juntos. Por eso, poco a poco me fui animando y empecé a dirigir obras. Ahora estoy haciendo Edipo Rey en el Centro Cultural de la Cooperación.

–¿Alfredo fue su maestro?
–El detestaba que lo llamaran así; no quería estar en ese lugar. Además, siempre me decía: “Decir ‘Alcón’ es decir ‘cultura’, pero la gente no sabe que ni siquiera terminé la secundaria”. No le gustaba que se lo pusiera en un pedestal: prefería estar codo a codo con los trabajadores.

–¿Es verdad que tenía un espíritu revolucionario?
–Sí, elegía hacer textos que en el fondo tuvieran un contenido social. Fue uno de los primeros actores que estuvieron en las luchas de las Madres de Plaza de Mayo, asistía a las marchas por José Luis Cabezas… Era una persona muy comprometida con el trabajo y la lucha por la Justicia. También un vanguardista: le gustaba ir con Cristina Banegas a ver a Sumo y nunca se creyó eso de “actor serio” que le atribuían.

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–A pesar de una amistad tan prolongada, nunca le dedicó un premio.
–Yo no necesitaba eso: cuando le daban un premio o lo aplaudían a él, sentía que me lo dedicaban también a mí. El era mi hermano, mi alma gemela. Me ocupaba de un montón de cosas de él: le compraba los zapatos, las camisas, revisábamos los discursos y hasta escribíamos a quién tenía que agradecer en cada premio. Fui la persona más cercana a Alfredo durante sus últimos 35 años, y no me daba lugar para hablar de su intimidad. Nunca lo escuché decir que le hubiese gustado estar enamorado, ni tener hijos; sólo sé que a veces lamentaba no tener sobrinos propios. Alfredo estaba enamorado de su profesión: su vida pasaba por el escenario.

–¿Qué extraña de Alfredo?
–Lo diario. Por eso, cuando miro el teléfono fijo de casa, me dan ganas de llamarlo. Ahora me propuse armar el Museo del Actor, en el Centro Cultural de la Cooperación, y quiero que lleve su nombre.

Por Pablo Procopio.
Fotos: Fabián Uset y archivo Atlántida.

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Estaban ahí, codo a codo, en el más crítico de todos los momentos que pasaron juntos. Y Alfredo Alcón, el gran actor argentino, el espejo en el que todos los artistas de las tablas buscaron reflejarse, soltó la frase cruel: “Ya no quiero actuar más”. Así le dijo a su queridísimo amigo Jorge Vitti (58, arquitecto y director teatral), exactamente en la mañana del 10 de abril de 2014. Después se aferró a su mano, la estrechó fuerte y cerró los ojos por última vez, antes de entrar en coma.

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En ese apretón, por la mente de Vitti surcaron decenas de imágenes. Entre ellas, las geniales interpretaciones que Alfredo nos regaló durante décadas, encarnando a San Martín, Güemes, Martín Fierro, Saverio el Cruel, El Pibe Cabeza, al Diablo de Nazareno Cruz y el Lobo, Mirta Rosi o Américo en Cohen vs. Rosi y tantos otros.

“Pero la vida de Alfredo no era sólo un inventario de películas, y menos para él, que era un hombre de teatro. Hizo textos de Lorca, Pirandello, Synge, Miller, Bergman, O’Neill, Marlowe y muchos más”, cuenta Vitti, autor de un hermoso y flamante libro: Alfredo Alcón, Biografía en primera persona (Planeta), donde mágicamente volvemos a escuchar la voz del genial artista repasando su trayectoria. Todo gracias a la minuciosa labor de Vitti, quien se puso la tarea al hombro: “Yo no soy escritor, pero me parecía bueno dejar plasmada en un libro toda la obra de Alfredo. Planeta me propuso que escribiera su biografía, pero no lo hice. Escribí toda la historia en primera persona, como si Alfredo recordara su vida antes de morir”. El resultado no podía ser mejor.

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RODEADO DE AMIGOS. Desde aquella mañana otoñal de 2014, Alcón no volvió a hablar. La enfermera que lo cuidaba ya se había dado cuenta de que no se podía hacer más nada.

Entonces, Vitti llamó a los amigos más íntimos, para que pudiesen despedirse: “Enseguida llegaron Pablo Kompel (productor teatral), Adrián Suar, Guillermo Francella, Nico Cabré, Joaquín Furriel y Peto Menahem. Quizá si Alfredo hubiera estado lúcido no me habría permitido hacer eso. No le gustaba recibir gente en su casa: siempre citaba a sus amigos en el café de la esquina… Pero yo necesité hacerle esa gran despedida. Esa noche todos nos reíamos y llorábamos, recordando anécdotas. A la madrugada se fueron todos y la enfermera me dijo que me fuera a mi casa a descansar. Antes del amanecer del 11 de abril me llamó para decirme que Alfredo había muerto”.

#Gente-Alcon-171017-02

Unos meses después del entierro, Vitti volvió al departamento de Alfredo y en el ropero que pertenecía a la madre del actor encontró un montón de recortes de notas, fotos, programas de teatro y distintas cosas. Ahí, de alguna forma, empezó a nacer este libro.

–¿Cómo se conocieron?
–Yo soy santafesino, de Rufino, y estudiaba Arquitectura en Rosario. También hacía teatro. Un día, con algunos pocos ahorros viajé a Buenos Aires para ver El hombre elefante y Hamlet. A la salida esperé a Alfredo para saludarlo, y al tiempo nos hicimos amigos. Después me mudé a la Capital con una novia que tenía, y empecé a trabajar con él. Pero lo que más afianzó nuestra amistad fue cuando tuvimos que internarlo en el hospital Alemán, por un quiste que tuvo en el páncreas. Ese momento nos marcó. Nos hicimos íntimos, y desde entonces ayudé mucho a que él fuese Alfredo Alcón, desde sus 50 a sus 84. Fueron casi 35 años de amistad y trabajo.

#Gente-Alcon-171017-09
Vitti despidió a Alcón rodeado de los amigos del actor.

–¿Cómo era él cuando se sacaba el traje de actor?
–Un hombre muy sincero y humilde; odiaba que lo llamasen “maestro”. Era autoexigente, protestón, cariñoso… Tenía un humor exquisito: se lo encontraba a todas las tragedia que interpretaba. Con sus íntimos era irónico y ácido. Era torpe en los quehaceres de la casa. No sabía usar la tarjeta de crédito, un celular… Mucho menos estaba en las redes sociales, pero disfrutó mucho de Internet, porque le parecía maravilloso tener una gran biblioteca metida en una computadora. Decía que el mejor invento del hombre es el contestador automático, porque podía escuchar los mensajes de toda la gente que lo llamaba… aunque a menudo se le enredaba el casete al querer rebobinarlo. A veces pienso que Alfredo no sabía hacer nada: sólo actuar.

–¿Cómo podía componer personajes tan diversos y que todos tuvieran su sello?
–Interpretaba tanto a un gigante como a un enano: nació para ser actor. Cuando le daban una obra, nos tomábamos una semana en Villa La Angostura o Praia do Forte (Brasil), para armar el personaje y la obra. Alfredo descansaba trabajando. Si estaba dos semanas sin hacerlo, se estresaba. Llegaba dos horas antes de que empezara la función. En su camarín siempre tenía una foto de Norma Aleandro con Oscarcito Ferrigno (h), la imagen de la Virgen de Salta, una pintura renacentista y algunos garabatos hechos por él, porque le gustaba dibujar rostros y escribir poemas. Disfrutaba mucho de lo que hacía, y contagiaba ese amor a todo el mundo. Aprendimos muchas cosas juntos. Por eso, poco a poco me fui animando y empecé a dirigir obras. Ahora estoy haciendo Edipo Rey en el Centro Cultural de la Cooperación.

–¿Alfredo fue su maestro?
–El detestaba que lo llamaran así; no quería estar en ese lugar. Además, siempre me decía: “Decir ‘Alcón’ es decir ‘cultura’, pero la gente no sabe que ni siquiera terminé la secundaria”. No le gustaba que se lo pusiera en un pedestal: prefería estar codo a codo con los trabajadores.

–¿Es verdad que tenía un espíritu revolucionario?
–Sí, elegía hacer textos que en el fondo tuvieran un contenido social. Fue uno de los primeros actores que estuvieron en las luchas de las Madres de Plaza de Mayo, asistía a las marchas por José Luis Cabezas… Era una persona muy comprometida con el trabajo y la lucha por la Justicia. También un vanguardista: le gustaba ir con Cristina Banegas a ver a Sumo y nunca se creyó eso de “actor serio” que le atribuían.

#Gente-Alcon-171017-05

–A pesar de una amistad tan prolongada, nunca le dedicó un premio.
–Yo no necesitaba eso: cuando le daban un premio o lo aplaudían a él, sentía que me lo dedicaban también a mí. El era mi hermano, mi alma gemela. Me ocupaba de un montón de cosas de él: le compraba los zapatos, las camisas, revisábamos los discursos y hasta escribíamos a quién tenía que agradecer en cada premio. Fui la persona más cercana a Alfredo durante sus últimos 35 años, y no me daba lugar para hablar de su intimidad. Nunca lo escuché decir que le hubiese gustado estar enamorado, ni tener hijos; sólo sé que a veces lamentaba no tener sobrinos propios. Alfredo estaba enamorado de su profesión: su vida pasaba por el escenario.

–¿Qué extraña de Alfredo?
–Lo diario. Por eso, cuando miro el teléfono fijo de casa, me dan ganas de llamarlo. Ahora me propuse armar el Museo del Actor, en el Centro Cultural de la Cooperación, y quiero que lleve su nombre.

Por Pablo Procopio.
Fotos: Fabián Uset y archivo Atlántida.

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