Los 60 años del Di Tella, la fiesta del arte que revolucionó a la Argentina

En 1958 abrió sus puertas el instituto que renovó el paisaje artístico de la Argentina. Cuna de gigantes, vanguardistas y transgresores, su recuerdo siempre genera admiración y gratitud.

Algunas de las figuras que pisaron el Instituto Di Tella y dejaron su huella. De izquierda a derecha: Dalila Puzzovio, Charlie Squirru, Delia Cancela, Pablo Mesejean, Edgardo Giménez, Marta Minujín, Alfredo Rodríguez Arias y Juan Stoppani. Abajo: El público rebalsando el ingreso al edificio de Florida 958, sede del Di Tella.
Algunas de las figuras que pisaron el Instituto Di Tella y dejaron su huella. De izquierda a derecha: Dalila Puzzovio, Charlie Squirru, Delia Cancela, Pablo Mesejean, Edgardo Giménez, Marta Minujín, Alfredo Rodríguez Arias y Juan Stoppani.

Ahí pasaban cosas. Muchísimas. Todo el tiempo. Artistas que decían sin proclamar. Público que se deslumbraba sin proponérselo. Vanguardistas que provocaban. Señores y señoras que se escandalizaban. Genios que volaban. Y un aire remozado, vital, que inventaba su propia atmósfera. El asombro cabía allí, en el edificio de Florida 958, la sede del mítico Instituto Di Tella

Creado en 1958 en homenaje a Torcuato Di Tella –industrial ítalo-argentino de vocación filantrópica, padre de Torcuato y Guido, impulsores del instituto–, hoy estaría cumpliendo 60 años.

Por previsibles causas políticas (y también económicas), varios centros fueron obligados a cerrar sus puertas. Quizás el más nombrado, el Centro de Artes Visuales, trazó un antes y un después en la historia del arte nacional.

Por el Di Tella desfilaron distintas figuras, como los casos de Marta Minujín, Julio Le Parc, León Ferrari, Hugo Midón, Antonio Seguí, Juan Carlos Distéfano, Antonio Berni, Tulio Halperin Donghi, Clorindo Testa, Norman Briski, Natalio Botana, Federico Manuel Peralta Ramos, Roberto Aizenberg, Nacha Guevara, Les Luthiers, Marilú Marini y Luis Alberto Spinetta, por mencionar algunos.

La dirección de Jorge Romero Brest (crítico e historiador del arte), dándole rienda a las inquietudes de aquellos jóvenes, completaba el círculo. De esa camada única, uno de los más trascendentes es Edgardo Giménez (75), pilar de esa generación rupturista que llamó la atención de todos.

El público rebalsando el ingreso al edificio de Florida 958, sede del Di Tella.
El público rebalsando el ingreso al edificio de Florida 958, sede del Di Tella.

“Que en un país como el nuestro, donde todo se olvida rápidamente, el Di Tella siga teniendo un prestigio después de 60 años, significa que realmente fue algo muy importante”, reflexiona Edgardo, voz autorizada para graficar el impacto que causó en los revoltosos años 60’.

“El Instituto fue, también, un gran disgusto para toda la cultura que se venía haciendo… Una vez, Manuel Mujica Láinez se encontró con Romero Brest y le dijo: ‘Vos siempre exhibiendo esos cachivaches en el Di Tella’. Ja ja. Por supuesto que Romero no le llevó el apunte, porque era un hombre seguro”.

–¿Por qué molestaba el Di Tella?

–Porque no era un arte solemne. La cultura, hasta ese momento, era una cosa de una rigidez... Y fue la primera vez que el arte se mezcló con la vida.

Edgardo Giménez, uno de los más talentosos artistas de la "generación Di Tella”, recopiló imágenes en su libro Carne valiente, de reciente aparición.
Edgardo Giménez, uno de los más talentosos artistas de la “generación Di Tella”, recopiló imágenes en su libro Carne valiente, de reciente aparición.

–En un ámbito que, lejos de alejarla, convocaba a la gente.

–Claro. El público se fue haciendo… Y fijate lo que pasó, algo increíble: las revistas de actualidad le llegaban a dedicar la portada. Eso no había ocurrido antes, ni ocurrió después. Romero dijo: “Terminado el Di Tella, como bien se sabe, no pasó nada”. ¡Qué frase, ja ja!

–¿Cómo era Romero Brest?

–Un tipo extraordinario. No daba discursos. El, su vida, era parte del discurso. Porque como bien decía, lo más fácil para mentir es la palabra. La única verdad son los hechos. Romero, con su manera de ser y de vivir, realmente era un tipo de la cultura.

LA IMAGINACIÓN AL PODER. El Di Tella pintó de psicodelia las acartonadas calles porteñas, mientras el arte pop se adueñaba de la estética imperante. Se sucedían los happenings, las exposiciones de vanguardia, las representaciones que rompían la famosa cuarta pared… Funcionó como eje y campo de batalla contra lo establecido: simplemente había que animarse.

Financiado por la Fundación que llevaba su nombre y con el apoyo de organismos nacionales y extranjeros, el instituto dividía las aguas. Muchos lo apuntaban con su dedo acusador. “A los entronizados de la cultura les parecía terrible. Fue una cosa mundial ese despertar, también. Ya habíamos dormido demasiado. Y el Di Tella fue el gran despertador cultural del momento”, agrega Giménez.

Edgardo Giménez, uno de los artistas más talentosos del Di Tella.
Edgardo Giménez hoy, uno de los artistas más talentosos del Di Tella.

–¿Cómo fue para vos llegar a ese ámbito?

–Estaba feliz. Al máximo. Ahí pasaban cosas muy adelantadas. Se hablaba de Andy Warhol cuando recién comenzaba, antes de ser un consagrado. La primera vez que tuvimos contacto con gente de afuera –que eso le sirvió mucho al Di Tella–, tuvimos gran aceptación.

–¿Cómo era la relación entre ustedes, los artistas? ¿Estaban los egos dando vuelta o no tanto?

–Y… Hay gente que piensa que si hacés algo que llama la atención, eso le resta importancia a lo que hace el otro. Y no es así. Uno está para enriquecer la gama de posibilidades, pero el ser humano es muy competitivo.

–En aquel mundo que no estaba globalizado, ¿cómo hacían para mantenerse actualizados?

–Pienso que el movimiento pop nacional se destacó por lo original. Pierre Restany, un gran crítico de arte francés, lo llamó “pop lunfardo”. No se parecía al de Estados Unidos.

–¿Cómo se explica lo que pasó?

–Es que no fue una cosa que hacíamos para llamar la atención. Se hizo y gustó, simplemente.

–¿Qué historias te vienen a la cabeza de aquellos años?

–Una ebullición. La gente que trabajaba en las oficinas de la zona, antes de volver a sus hogares, iba al Di Tella a ver qué estaba pasando. Nadie se lo quería perder. El Instituto se hizo atractivo por ser transgresor: había cosas que no las veías en otro lado, sólo ahí. Era un lugar sorprendente.

–¿Por qué creés que todo eso confluyó ahí, en ese momento?

–Imagino que la gente estaría muy aburrida, como ahora, ja ja. Cuando uno se aburre mucho trata de buscar una salida a ese tedio. Y la cultura tiene que ser eso que te despierte.

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En el Di Tella, Nacha cantó sus primeras verdades, sacándole la lengua a la brutal censura; Eduardo Bergara Leumann se puso alas de ángel de botica, y voló; Marta Minujín pergeñó el vibrante laberinto de La Menesunda, con el vértigo a cada paso; Julio Le Parc zambulló a la gente en una experiencia visual cautivante, donde la imagen se multiplicaba en espejos recortados; y, del ’65 al ’70, el teatro se renovó de la mano de gigantes como Marilú Marini, que encontró allí la cuna de su magia escénica. Los embates de la dictadura de Onganía le fueron cortando alas al instituto.

En 1968, la Policía clausuró la instalación Baño público, creada por el pintor y escenógrafo Roberto Platé, donde la gente pintaba grafitis. Sus compañeros, en un notable gesto solidario (y artístico, si se quiere), destruyeron las otras obras que se exhibían en Experiencias 68. Lo peor, lamentablemente, estaba por venir.

“Pensá que te metían preso sólo por estar parado en la puerta del Di Tella. O tener una camisa festiva y el pelo largo”, recuerda Giménez. La sombra del horror lo cubrió todo, pero es incapaz de mancillar su legado.
De aquellos años felices queda la obra, inmensa e imperecedera, con toda la fuerza de su caudal creativo. Que nadie cometa la torpeza de olvidarla.

Por Eduardo Bejuk.
Fotos: Archivo Atlántida, Fabián Mattiazzi y archivo personal de Edgardo Giménez.

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