El jardín de infantes del ARA San Juan: el homenaje a los 44 héroes

Por iniciativa de la gente, el jardín de infantes Nº 951 de Mar del Plata pasó a llamarse Héroes del Ara San Juan. Allí concurre Agustín (4), hijo del cabo electricista Luis Esteban García, uno de los 44 tripulantes. “El se acuerda siempre de su papá… Y me pide que yo no esté triste, que sea feliz”, contó Gabriela, su orgullosa mamá.

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La seño Loreley -impulsora del proyecto- y Natalia, mamá de Abril, la nena que dibujó el logo del submarino en la puerta del jardín de infantes Héroes del Ara San Juan.

La enorme sonrisa de Agustín ilumina la salita. Es dulce, buen compañero y le encanta jugar: es un niño, claro, de apenas cuatro años. Y lo rodea una historia que todavía no alcanza a dimensionar. Hay mucho movimiento en su jardín de infantes, el Nº 951 del barrio Santa Rosa del Mar, en el sur de Mar del Plata. Un reconocimiento, una celebración al coraje, en medio del dolor.

Por iniciativa de la “seño” Loreley Gorla y con la aprobación de casi todos los miembros de la comunidad, el jardín recibió el nombre de Héroes del ARA San Juan, un orgullo para los casi cien chicos que lo pueblan todos los días. Y sobre todo para Agustín García, hijo de Luis Esteban García, cabo principal electricista del submarino. “Sabe que el jardín se llama así por el submarino donde se perdió el papá, y que su amiguita Abril dibujó el logo. El día de la inauguración (lunes 17 de diciembre) fue abanderado”, cuenta Gabriela Soledad Acosta (31), esposa de uno de los 44 tripulantes del ARA San Juan.

La seño Loreley, una de las más emocionadas, contaba: “Lo del nombre se sometió a votación y se impuso por amplia mayoría. Cuando en octubre nos confirmaron oficialmente el nombramiento, nos pusimos muy felices. Tuve la suerte de conocer al papá de Agustín, una persona excelente, como toda su familia. El es un nene hermoso que dibuja siempre a su padre, lo tiene muy presente. Un día me dijo: ‘El submarino de mi papá se perdió en el mar, cuando sea grande lo voy a ir a buscar’. Imaginate…”.

Un mes después del hallazgo del ARA San Juan –con la herida a flor de piel y la necesidad de proteger a Agustín y Nahuel (su hijo más pequeño, de dos años y medio)–, Gabriela se hace fuerte. Lucha, aprieta los puños y no se olvida de regalarles a sus pequeños la mejor sonrisa, día a día.

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Gabriela y el pequeño Agustín, quien un día le dijo a su madre: “Mamá, vos tenés que ser feliz. No tenés que llorar, no tenés que estar triste” .

–Gabriela, ¿cómo viviste este homenaje a tu esposo y a sus 43 compañeros?

–Con mucha emoción, no lo esperaba. Es una caricia al corazón en medio de la tristeza.

–¿Cuántos años estuviste junto a Esteban?

–Casi diez. Nosotros éramos amigos desde antes de ponernos de novios, en la adolescencia. Yo iba a la Escuela de Comercio Nº 3 y él a la Técnica Nº 2, de San Martín de Tucumán. Los dos nacimos allá. Cuando empezamos a salir, yo no sabía que Esteban había ingresado a la Armada. El me llevaba un año: hoy tendría 32.

–¿Vos seguiste estudiando?

–Después de la secundaria empecé Ingeniería en Sistemas, pero no terminé la carrera. Ahora quiero recibirme para darles un mejor pasar a mis hijos.

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La señorita Lorelei cuenta que Agustín es un nene hermoso que dibuja siempre a Esteban, su padre (Luis Esteban García), y lo tiene muy presente. Un día me dijo: ‘El submarino de mi papá se perdió en el mar, cuando sea grande lo voy a ir a buscar’. Imaginate…”

–¿Cuándo se fueron a vivir juntos?

–El entró a la Armada en 2006 y se fue a Punta Alta. Estuvo en la escuela de suboficiales y se recibió de técnico electricista. Ahí le tocó pasar a Mar del Plata. En noviembre de 2011, juntando nuestros ahorros, logramos compramos una casita en Mar del Plata y nos mudamos al barrio San Jacinto.

–Esteban no empezó siendo submarinista.

–No. Estaba en una corbeta. En 2015 hizo el curso para submarinista y, dos años más tarde, empezó a tripular el ARA San Juan.

–¿Qué te decía de esta especialidad? ¿Le gustaba?

–En realidad, al principio hizo el curso para evitar que lo trasladaran, algo habitual en esta profesión. Pero un día me dijo: “La verdad, me di cuenta de que esto es lo que me gusta”. Así que se entusiasmó. La relación con los compañeros no era la misma que en un barco, en el submarino hay mucho más compañerismo.

–¿Era amigo de algún otro tripulante?

–Sí, tenía una linda amistad con Fabricio Alcaraz y Leandro Cisneros, dos compañeros del curso. Con Fernando Santilli también se conocía de otra campaña, del barco, y se reunieron en el submarino.

–¿Te manifestabó alguna vez temor por las malas condiciones del ARA San Juan?

–Siempre escuchaba conversaciones entre los compañeros y decían que se hacían cosas a las apuradas, para salir, y se quejaban. Para ellos eran cosas normales. Por ahí las cosas no funcionaban bien, pero siempre trataban de solucionarlo. El no tenía miedo… Me contó, por ejemplo, de la navegación de julio de ese año. Estaba durmiendo y en un momento, sintió que se deslizaba hacia los pies de la cama. Después, los compañeros le comentaron que se estaban yendo para abajo y pudieron solucionarlo.

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El cartel lo dice todo: los héroes del ARA San Juan se merecían este reconocimiento.

–¿Vos no tenías miedo?

–Un poco. Pero la verdad, nunca imaginé esto, no me parecía riesgoso. Estaba acostumbrada a que saliera a navegar.

–¿Cuándo tuviste la última comunicación con él?

–El 8 de noviembre, cuando me contó que ya se volvían a Mar del Plata. Cuando se fue, aprendí a manejar porque quería darle la sorpresa de ir a buscarlo. En este tiempo tuve que ponerme la casa al hombro; estábamos contruyendo y cuando ocurrió la desaparición, el albañil me preguntó si seguía con la obra. Le dije que continuara, “porque cuando venga Esteban y vea que las cosas no están terminadas, se va a enojar”.

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Gabriela, la seño Loreley y Verónica Penna (directora del jardín) acompañan a Agustín, hijo de Luis Esteban García, cabo principal electricista del submarino. Él sabe que el jardín se llama así por el submarino donde se perdió su papá.

–Trataste de mostrarte fuerte.

–Sí. Más allá de que tenía esa esperanza, esa cosita en el corazón que me hacía pensar que iba a volver. Después, me desconcertó el hecho de que se haya encontrado el submarino, porque no lo creía posible. No sé, tengo mil preguntas, suposiciones e hipótesis.

–¿Y qué sentimiento prevalece?

–La verdad es que estoy triste, porque hay muchas cosas que ya no voy a compartir con él. Tampoco podrá hacerlo con mis hijos…

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Cerca de las olas. Esteban conoció a su mujer en Tucumán, la provincia de la cual ambos son oriundos. Tuvieron dos hijos: Agustín (4) y Nahuel (2). En 2011 se mudaron juntos a Mar del Plata.

–¿Agustín se acuerda de su papá?

–Sí, mucho. Me sorprende la cantidad de cosas que se acuerda. Antes me costaba llorar delante de mis hijos, pero la psicóloga me hizo entender que, si estaba mal, podía manifestarlo. Y ahora lo saben, saben que si me pongo mal es porque extraño a su papá. Agustín me dijo: “Mamá, vos tenés que ser feliz. No tenés que llorar, no tenés que estar triste”. Esas cosas te calman un poco. Y hay que seguir adelante.

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Hora del recreo. Agustín juega y mamá se ríe. “Quiero terminar la carrera (Ingeniería en Sistemas) para darles un futuro mejor a mis hijos”, asegura. Los chicos la llenan de fuerza para encarar cada día a pleno.

Por: Eduardo Bejuk. Fotos: Christian Heit y álbum personal de G. A.

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