Islandia en bicicleta: la travesía de dos amigos que decidieron embarcarse en una aventura

El chef y empresario gastronómico Diego García Tedesco y su gran amigo y compañero de aventura, Henry von Wartenberg, cuentan cómo fue la dura travesía de mil kilómetros alrededor de Islandia. Sabores curiosos (¡como el de la ballena!) y los secretos y costumbres del país que enfrentará a la Selección argentina cuando debute en el Mundial, el 16 de junio.

Diego posa frente al glaciar Jökulsárlon, uno de los tantos que componen el 30 por ciento de Islandia.
Diego posa frente al glaciar Jökulsárlon, uno de los tantos que componen el 30 por ciento de Islandia.

“Con la bicicleta entrás en una relación”, asegura Diego García Tedesco (52), el cocinero y empresario gastronómico a cargo de Rent a Chef, Salón del Bajo y Austria, que realizó la vuelta a Islandia a bordo de “La Chiva, una bicicleta uruguaya de cinco años que tiene como cuernitos”.

Su compañero de ruta, Henry von Wartenberg (51), un fotógrafo que hasta que surgió la idea del viaje “sólo usaba la bici para ir a comprar tomates cherry”, llevaba a “Enricleta”, su rodado de doce años.

Henry von Wartenberg y Diego, la dupla bicicletera en Akureyri
Henry von Wartenberg y Diego, la dupla bicicletera en Akureyri

Ambos son vecinos de Tigre, que un día se animaron a esta aventura, sólo apta para valientes. “No cualquiera se banca pedalear cien kilómetros por día bajo la lluvia intermitente y el frío que no da tregua”, sostienen.

–¿Por qué eligieron Islandia?
Diego: Lo elegí yo después de hacer Roma-Estambul y morirme de calor. Me fui al otro extremo, porque allá cuando el noticiero titula “estalló el verano” hacen 9 grados (ríe). Fue mucho mejor de lo que imaginaba, porque los paisajes son tremendos. Spielberg se quedó re corto con Jurassic Park: las cascadas, la naturaleza, los colores flúo, el aire puro, los glaciares, las playas de arenas volcánicas… ¡todo es increíble!

Cocinando cuatro filetes de salmón sobre unas parrillitas de aluminio que se venden en los supermercados.
Cocinando cuatro filetes de salmón sobre unas parrillitas de aluminio que se venden en los supermercados.

–¿Pedalearon los doce días cargando todas sus pertenencias?
D: Exactamente. Yo llevé 18 kilos que repartí en alforjas, como todos los ciclistas. Henry, que es motociclista y alpinista –por lo tanto más práctico–, llevaba tooodo en una mochila.
Henry: ¡E hice el viaje en Convers! Es que las usé para el trayecto Alaska-Ushuaia en moto, y tenía ganas de sacarlas a pasear. Igual, te contamos que tenés todo en contra: el frío, la lluvia… Encima, cuando arrancamos no tuvimos en cuenta que el viento predomina de este a oeste… y fuimos siempre en contra.
D: Pedaleábamos por la Ruta 1, la única que hay. La gente nos miraba calentita desde el auto, como si estuviéramos locos.
H: Era un peligro, porque no hay bicisendas y teníamos que ir siempre por la ruta. Por suerte –como ahí nieva mucho–, casi todos los vehículos tienen clavos en las cubiertas. Entonces los escuchábamos venir desde mucho antes.

En Borgarnes, Diego reparó un pinchazo antes de salir a recorrer 126 kilómetros rumbo a Hvammstangi.
En Borgarnes, Diego reparó un pinchazo antes de salir a recorrer 126 kilómetros rumbo
a Hvammstangi.

–¿Qué fue lo mejor del viaje?
D: Nuestras comidas al aire libre: truchas, salchichas alemanas, pescaditos…
H: Totalmente. Planeábamos la comida en el supermercado el día anterior, y pedaleábamos pensando en buscar un buen lugar para almorzar. Nuestro viaje fue algo mucho más amplio que dar la vuelta a Islandia: fue también una búsqueda de sabores.

Una majada de ovinos les cortó el camino.
Una majada de ovinos les cortó el camino.

–¿Qué descubrieron a ese respecto?
D: No hay mucho desarrollo de la cocina. El plato típico es en base a tiburón… Ni lo probamos porque Fernando Trocca, que estuvo allá, me dijo que no lo hiciera. Sí comimos ballena porque Noruega, Islandia y Japón son los únicos países que todavía quedan con cuota de ballenas. Obviamente, mucha gente vegetariana me retiró el saludo y me dijo de todo, pero como cocinero e investigador tenía que probarla. Aparte estando ahí, en un pueblito costero, entendés que con una ballena el pueblo come un mes. Yo vengo de una familia del norte de España, de Asturias. Mi viejo me contaba que cuando cazaban una ballena salía todo el pueblo a recibirla, porque morfaban todos.

–¿Y qué les pareció como plato?
H: Una porquería gomosa.
D: A mí me gustó. Es una carne roja como un bife de chorizo porque es un mamífero, no un pez. Y estaba buena.

A punto de comer un salmón con papas bravas en Akureyri
A punto de comer un salmón con papas bravas en Akureyri

–¿Toman vino allá?
D: No, casi todos toman cerveza, porque el vino es carísimo. Un dato curioso es que el alcohol lo vende el Estado a través de los Vínbúðin, unos locales que lo expenden en horarios bastante limitados. Ahí los islandeses llenan sus changuitos de chupi. Igual, nosotros mucho borracho no vimos, porque después de pedalear cien kilómetros no estábamos muy arriba: dos birritas y a dormir a una de las guest houses (N. de la R: las habitaciones que alquilan los locales).

–Diego, ¿qué es lo más raro que viste allá?
D: Que no oscureciera nunca. Eso te provoca un trastorno de sueño que te deja medio raro.
H: Que no hay delincuentes ni policía, y que son súper serviciales. Una noche llegué a un hotel con la mandíbula congelada, sin poder hablar. El de la recepción me dio una llave y me dijo: “Andá, date una ducha y después vemos si te quedás”.
D: El idioma es re complicado. Y otra contra: es un país tan caro que llega a ser ridículo. La comida más cara de mi vida (en relación a la calidad) la tuve ahí: dos cervezas y comida de hospital –arroz y pollo hervido– a cien dólares cada uno. Eso sí, la gente es muy culta: hay muchos músicos y el 70 por ciento de la población adulta escribió un libro. Es más, hay libros por todas partes.

Vista aérea del chef en pleno recorrido.
Vista aérea del chef en pleno recorrido.

–De cara al partido Islandia-Argentina, ¿qué piensan?
H: Que les daría el partido a ellos.
D: Coincido. Algo que hablaba con Odin, un islandés, es que nosotros debemos tener el plantel más caro del mundo y no generamos un equipo; en cambio ellos, bien vikingos, ante todo tienen el equipo.
H: Son casi amateurs: el entrenador es dentista. El otro día, antes de un partido, fue a un bar a explicarles a sus hinchas cómo iba a formar el equipo. ¡Imaginate esa situación en Buenos Aires! Espero que no se enoje ningún compatriota: creo que merecen ganar. Ojalá que nosotros ganemos el Mundial, pero a mí hay una imagen que se me grabó: estábamos entrando a Djúpivogur, un mini pueblito en el medio del mar, con diez casas y una canchita de futbol… Vi a cuatro chicos de doce años pateándole penales a otro que estaba en remerita y sin guantes, que bajo la lluvia y el frío se tiraba una y otra vez al pasto con toda la garra. Acá piensan que Islandia debe tener miedo de enfrentarse a la Argentina… ¡Para nada! Los pibes viven metidos en una isla en el mar del Norte, cagados de frío todo el año. Si querés nos tendrán respeto, pero no miedo. Tienen una fortaleza tremenda. Es un país de 330 mil luchadores.

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