Atravesando el cambio

En tiempos en los que lo más seguro es el cambio permanente, nuestra columnista explica sus sensaciones encontradas y algunos choques generacionales.

#PARA TI - MARIANA WESCHLER 2 - estar mejor - ARCHIVO ATLANTIDA - 20190125

Quien tenga hijos de entre 15 y 22 años entiende que el tiempo compartido es como el dólar, cuesta una bocha. En mi caso salir con mi hija mayor de compras es una de las actividades que más disfruto, un momento en el que descubro sus gustos y miradas.Además, no hay compra que no se gratifique con un cafecito, así que la tengo acorralada: charlamos sí o sí.

La última vez me llevó a un showroom. Un ambiente muy joven con vendedoras con estilo propio y una cajera de pelo rosa, tatuajes varios y panza al aire. Y digo panza, no como las tablas de lavar que lucen algunas pocas, sino como lo que suele acomodarse sin pudor entre el corpiño y la cintura. Todas hermosas. Al local llegaban chicas de distintos estilos y talles. Una, que en otra época hubiera padecido para conseguir una malla linda, pidió una bikini tipo pin up con la soltura con que uno pide un cortado –como debería ser, digamos–. Me pareció un logro que pudiera elegir vestimenta de acuerdo a su edad y onda, no por el talle.
“Má, ¿te gusta lo que me puse?” Lucila le muestra a su mamá una camisa que se anuda por abajo del ombligo y sin corpiño. “Te queda divina, pero así en bondi no viajes”, respuesta de madre. “¿Por qué? Yo tengo derecho”. “Claro, pero vivís en Argentina y acá todavía hay muchos que no están del todo enterados de tus derechos. No vivimos en Nueva York, donde nadie te mira”. Lucila no entiende el argumento.

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Otra que está confundida es mi amiga Lore, cuya hija está de campamento en el sur por un mes completo y me cuenta espantada: “Me habla todo con la e”. La escucho y reconozco con un poco de pudor, pero total sinceridad: “A mí lo de ‘somos todes re copades’ me da dolor de tímpano. Entiendo y apoyo el concepto de lenguaje inclusivo, pero la sonoridad me cuesta”. Mi amiga sigue: “Si le comento algo, la piba se enoja. Y no me quiero pelear por una vocal”. Ahí estamos más que de acuerdo. “Pero ¿te das cuenta que si sólo apoyamos lo políticamente correcto, estamos siendo hipócritas? ¿Y ser hipócrita no es el peor de los pecados para un pendex? ¡Son muchos años de ‘a’ y ‘o’ y la ‘e’ me suena a francés! Al menos que me banque hasta que me acostumbre”.

Cuando era chica, mi mamá me repetía “a Seguro lo llevaron preso”. Hoy por hoy me resuena “a Certeza se la llevaron presa”. Es un momento de cambios. Muchos son claramente necesarios y celebrados. Otros no son cómodos, ni se instalan tan rápido como se proclaman. Estamos en un tira y afloje que va a tardar un tiempo en encontrar el equilibrio. El debate se cuela por todos lados. El otro día alguien me dijo: “¿Sabés lo mejor de toda esta movida? Que aunque sea un adulto no necesito tener una conclusión cerrada al respecto. Puedo escuchar, pensar y replantearme las cosas”. Eso me dio tranquilidad. Celebro que cada uno pueda lucir como quiere y dudar de lo que todavía no definió si tiene que ver con el idioma que lo representa. Por mi parte estoy abierta a la escucha y con la agenda siempre dispuesta para mi hija adolescente. Quien dice, quizá entre ambas encontremos un lugar habitable y seguro.

por Mariana Weschler
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Fotos 123RF/ A. ATLÁNTIDA