Aniversario redondo… ¡A festejar!

Dicen que los 50 son los nuevos 30 y que a los 40 parecemos de 20 y pico… Hoy los aniversarios redondos se festejan a lo grande. ¿Una celebración de la vida o sólo queremos divertirnos?

#PARATI-nos-ellos-ANIVERSARIO

Aniversarios redondos
Por QUENA STRAUSS, periodista

Nunca me interesé demasiado por mi cumpleaños de quince, así que, te imaginarás, haberlos cumplido ya un par de veces no me llena de jolgorio ni de ilusión. Veo, sin embargo, cómo a mi alrededor los números redondos ponen a la mayoría de los humanos en una suerte de trance. Se separan, se mudan, se pelean con los viejos amigos, entran en estado de balance y adoptan una cara de profundez.

Como si cada lustro o cada diez años hubiera que tomar un baño de conciencia, digamos, y ponerse a formular cambios y propósitos que ya mismo te voy adelantando que no se van a cumplir. Me harté de escuchar a mis amigas (cuando estaban próximas a los 30) que ahora sí iban a dejar de fumar, a salir de lanza y de red en busca del hombre de sus sueños, a dejar de declararle una y otra vez su amor al flan.

Hoy, tanto tiempo después, siguen más o menos en la misma. Una alquiló un globo aerostático para salir a volar, otra se mandó el viaje de su vida (de todas las opciones, ésta me parece de lejos la mejor) y hubo también quien tiró literalmente la casa por la ventana y sus finanzas al río con tal de festejar sus soñados 40.

No las juzgo, sobre todo porque para algunas de ellas la vida después de ciertos “palazos” parece haberse convertido en una batalla cotidiana contra el tiempo, la balanza y el termómetro. No las juzgo, pero tampoco acompaño su fervor por las décadas. Yo prefiero festejar antes

. Cada día, cuando me levanto y compruebo que alguien o algo (como quiera que se llame) volvió a darme crédito para una vuelta más. Eso sí lo celebro: durar otro rato, más allá de lo que diga el calendario, y disfrutar todo lo que tenga de bueno para regalar el día.

Festejar la vida
por LUIS BUERO, periodista

El período de existencia humana se ha prolongado y cada cambio de decenio produce replanteos, crisis (oportunidades) y distintas formas de vivir el comienzo de la nueva década como un declive o al revés, una manera de festejar y honrar la vida.
El significado de las edades depende de cada uno. Un ejemplo personal: al cumplir 50 me sentí mejor que a los 30, me casé de nuevo, inicié y terminé una carrera universitaria, creé y coordiné un taller de mutua ayuda, escribí dos libros, di clases, en fin, era una tempestad en el mejor sentido de la palabra, y mi único combustible era, cada tanto, cuando me fallaba el “drive”, tomarme una aspirina.
Otros ejemplos, mi amigo Jorge –que ya pasó los 60– se anota siempre en expediciones para el cruce de los Andes a caballo o se mete en grupos que escalan montañas o cerros. Y está feliz junto a su novia de 34 años. Otros compinches de 40 o 50 hacen viajes al exterior con sus excompañeros de colegio, y mi exsuegra, que nunca creyó que llegaría a los 70, armó un fiestón con parientes y conocidos que sería la envidia de Dalma Maradona.
Nunca fuimos héroes ni vivimos en una burbuja ni somos personajes del “ochentoso” film Cocoon porque no nos topamos con ninguna barra de extraterrestres que nos devolvieron la energía. Simplemente nunca la perdimos. Entendimos que mientras Dios no nos diga “game over”, está bueno seguir jugando. Claro que seguimos necesitando de los otros: confianza, aprecio, admiración, aprobación y aliento.
Pero a veces, con amanecer con corazón de grillo, como en el poema de Nalé Roxlo, sobra.

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Mi vida como ex: ¿hasta nunca o seguir en contacto?

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Aniversarios redondos
Por QUENA STRAUSS, periodista

Nunca me interesé demasiado por mi cumpleaños de quince, así que, te imaginarás, haberlos cumplido ya un par de veces no me llena de jolgorio ni de ilusión. Veo, sin embargo, cómo a mi alrededor los números redondos ponen a la mayoría de los humanos en una suerte de trance. Se separan, se mudan, se pelean con los viejos amigos, entran en estado de balance y adoptan una cara de profundez.

Como si cada lustro o cada diez años hubiera que tomar un baño de conciencia, digamos, y ponerse a formular cambios y propósitos que ya mismo te voy adelantando que no se van a cumplir. Me harté de escuchar a mis amigas (cuando estaban próximas a los 30) que ahora sí iban a dejar de fumar, a salir de lanza y de red en busca del hombre de sus sueños, a dejar de declararle una y otra vez su amor al flan.

Hoy, tanto tiempo después, siguen más o menos en la misma. Una alquiló un globo aerostático para salir a volar, otra se mandó el viaje de su vida (de todas las opciones, ésta me parece de lejos la mejor) y hubo también quien tiró literalmente la casa por la ventana y sus finanzas al río con tal de festejar sus soñados 40.

No las juzgo, sobre todo porque para algunas de ellas la vida después de ciertos “palazos” parece haberse convertido en una batalla cotidiana contra el tiempo, la balanza y el termómetro. No las juzgo, pero tampoco acompaño su fervor por las décadas. Yo prefiero festejar antes

. Cada día, cuando me levanto y compruebo que alguien o algo (como quiera que se llame) volvió a darme crédito para una vuelta más. Eso sí lo celebro: durar otro rato, más allá de lo que diga el calendario, y disfrutar todo lo que tenga de bueno para regalar el día.

Festejar la vida
por LUIS BUERO, periodista

El período de existencia humana se ha prolongado y cada cambio de decenio produce replanteos, crisis (oportunidades) y distintas formas de vivir el comienzo de la nueva década como un declive o al revés, una manera de festejar y honrar la vida.
El significado de las edades depende de cada uno. Un ejemplo personal: al cumplir 50 me sentí mejor que a los 30, me casé de nuevo, inicié y terminé una carrera universitaria, creé y coordiné un taller de mutua ayuda, escribí dos libros, di clases, en fin, era una tempestad en el mejor sentido de la palabra, y mi único combustible era, cada tanto, cuando me fallaba el “drive”, tomarme una aspirina.
Otros ejemplos, mi amigo Jorge –que ya pasó los 60– se anota siempre en expediciones para el cruce de los Andes a caballo o se mete en grupos que escalan montañas o cerros. Y está feliz junto a su novia de 34 años. Otros compinches de 40 o 50 hacen viajes al exterior con sus excompañeros de colegio, y mi exsuegra, que nunca creyó que llegaría a los 70, armó un fiestón con parientes y conocidos que sería la envidia de Dalma Maradona.
Nunca fuimos héroes ni vivimos en una burbuja ni somos personajes del “ochentoso” film Cocoon porque no nos topamos con ninguna barra de extraterrestres que nos devolvieron la energía. Simplemente nunca la perdimos. Entendimos que mientras Dios no nos diga “game over”, está bueno seguir jugando. Claro que seguimos necesitando de los otros: confianza, aprecio, admiración, aprobación y aliento.
Pero a veces, con amanecer con corazón de grillo, como en el poema de Nalé Roxlo, sobra.

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