#NosotrasyEllos: Toda la verdad sobre Papá Noel

El eterno debate alrededor de su existencia y permanencia. ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Por qué contarles a los chicos la verdad… o mantener la fantasía hasta el límite?

#PARA TI - PAPA NOEL - Estar mejor - APERTURA - 20171222

 

Soy Noelista

por QUENA STRAUSS, periodista

Es así: soy Noelista de la primera hora. Me acusan de poco seria, de inmadura. No me importa: para mí, los chicos y chicas (sobre todo en su primera infancia) deben estar tapizados de renos y locos por Papá Noel. Sé que para mucha psicoanalizada esto suena a herejía. “A dos chicoz hay que dezirlez siempre la vedad”, alegan. En ese caso, cuéntenles también que papá y mamá se separaron porque papá se enamoró de su secretaria, que Negrito no se escapó sino que lo pisó un auto y, ya que estamos, que en realidad la abuelita no se mudó a Roma sino al cementerio.
Si vamos a recurrir al dudoso argumento de la verdad, digámoslo todo… y esperemos a que el mundo explote. No conozco mentira más grande que las mesas de Fin de Año ni ilusión más grande que la de los chicos alrededor del árbol, esperando por el postre y por los regalitos. Será que mi vieja fogoneó en todos nosotros la fantasía y la esperanza en todos sus formatos. Para mí, de chica, el jardín estaba lleno de hadas y duendes, y el 5 de enero se cortaba el pasto sí o sí porque los camellos llegaban a Banfield muertos de hambre y de sed. Cuando fui mamá, promoví en Dante las mismas ensoñaciones: trineos, regalos, viajes, campanas que suenan al paso de Papá Noel y cartitas que conservo hasta hoy. Después de todo, como decía mi vieja, ya vendrá la vida a quitarnos la ilusión a cachetazos. Pero, entre nos, lo importante es tener al menos un recuerdo adonde volver. Una noche, una Navidad, un regalo. El resto se irá pronto, como todo. Pero esas memorias encantadas de cuando éramos chicos nos acompañarán siempre, incluso en la parte más dura del viaje.

La gran ilusión
por LUIS BUERO, periodista

Un chico le pregunta a su madre: “Mamá, ¿cómo nacimos mis hermanos y yo?”. Y la señora responde: “vos naciste de un repollo, tu hermanito vino de París y a tu hermanita la trajo la cigüeña”. Entonces el pequeño repregunta: “Mamá: ¿vos nunca tuviste un parto normal?”.
Este chiste parece estar a favor de esos papis modernos que en pos de la transparencia y la verdad absoluta jamás les hacen el cuento a los chicos de la existencia de Papá Noel, los Reyes Magos, el Ratón Pérez y tantos otros personajes que en mi infancia me hicieron feliz, gracias a que mis padres eran anticuados.
Yo le escribía las cartitas a Papá Noel, las metía en un sobre, mi mamá me acompañaba al buzón de la esquina y las pasaba por la abertura. Una Nochebuena me pareció ver la bota de una de las piernas de Santa Claus huyendo para que yo no lo viera cuando me acerqué temprano al arbolito de Navidad a ver los paquetes. ¡Súper emoción!
Mi abuela me llevaba a la tienda Harrods, donde también me saludaba Papá Noel en su sillón y al oído le pedía mis juguetes. ¡Y me los traía! Tal vez porque yo no quería nada costoso, sentía que Santa Claus era un señor maravilloso que todo lo podía y cumplía los deseos de los chicos.
Mi nieta tiene 6 años y cree en Papá Noel, y yo me emociono con las películas que lo tienen como personaje real. Y a los que afirman que hacerles creer en seres ilusorios afecta su desarrollo personal, les aseguro que yo con todo el poder de mi excesiva fantasía no creo que un cheque, un pagaré, un billete, sean la representación del oro que supuestamente está en el Banco Central. ¿Fui claro?

ilustración VERÓNICA PALMIERI

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Si vamos a recurrir al dudoso argumento de la verdad, digámoslo todo… y esperemos a que el mundo explote. No conozco mentira más grande que las mesas de Fin de Año ni ilusión más grande que la de los chicos alrededor del árbol, esperando por el postre y por los regalitos. Será que mi vieja fogoneó en todos nosotros la fantasía y la esperanza en todos sus formatos. Para mí, de chica, el jardín estaba lleno de hadas y duendes, y el 5 de enero se cortaba el pasto sí o sí porque los camellos llegaban a Banfield muertos de hambre y de sed. Cuando fui mamá, promoví en Dante las mismas ensoñaciones: trineos, regalos, viajes, campanas que suenan al paso de Papá Noel y cartitas que conservo hasta hoy. Después de todo, como decía mi vieja, ya vendrá la vida a quitarnos la ilusión a cachetazos. Pero, entre nos, lo importante es tener al menos un recuerdo adonde volver. Una noche, una Navidad, un regalo. El resto se irá pronto, como todo. Pero esas memorias encantadas de cuando éramos chicos nos acompañarán siempre, incluso en la parte más dura del viaje.

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Yo le escribía las cartitas a Papá Noel, las metía en un sobre, mi mamá me acompañaba al buzón de la esquina y las pasaba por la abertura. Una Nochebuena me pareció ver la bota de una de las piernas de Santa Claus huyendo para que yo no lo viera cuando me acerqué temprano al arbolito de Navidad a ver los paquetes. ¡Súper emoción!
Mi abuela me llevaba a la tienda Harrods, donde también me saludaba Papá Noel en su sillón y al oído le pedía mis juguetes. ¡Y me los traía! Tal vez porque yo no quería nada costoso, sentía que Santa Claus era un señor maravilloso que todo lo podía y cumplía los deseos de los chicos.
Mi nieta tiene 6 años y cree en Papá Noel, y yo me emociono con las películas que lo tienen como personaje real. Y a los que afirman que hacerles creer en seres ilusorios afecta su desarrollo personal, les aseguro que yo con todo el poder de mi excesiva fantasía no creo que un cheque, un pagaré, un billete, sean la representación del oro que supuestamente está en el Banco Central. ¿Fui claro?

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