El espacio del amor

La casa es chica, pero las cosas son muchas y a veces demasiado grandes. Cómo hacer para seguir entrando nosotras, ellos y nuestras circunstancias… y ¡si encima se nos ocurre probar una convivencia!

nos ellos 25-01 - 20190125

 

 El espacio del amor 

por Quena Strauss, periodista

Lo habrás escuchado: “La casa es chica, pero el corazón es grande”. ¡Bolazo! ¡Pamplinas! ¡Rajen de acá con esa baratija sensiblo-arquitectónica que miente con semejante descaro! Desde que tengo memoria, superficie y sentimientos suelen ir por caminos enfrentados. Y tan así es que más de una vez he terminado acovachando amores así de grandes en unos sucuchos que para qué te cuento. Uno, medio y un octavo de ambiente han sido las locaciones promedio de mis más grandes historias de amor. Y como, para peor, suele dárseme por los poetas, los tangueros, los bibliotecarios vírgenes de empleo y cualquier otra forma del letrado muerto de hambre, mis días han transcurrido por lo general rodeada de torres de libros y de papers que convierten la casa en un laberinto, no de Creta sino de Croto, en donde el ídem va acumulando sus tesoros de papel, sus cuadros de artistas amigos “que algún día valdrán una fortuna” y de objetos tan absurdos como una vieja victrola, un sifón o zapatos que ya no bailan hace años.

Yo no me quedo atrás en mi aporte a la causa común de lo inhabitable y a cada mudanza le adoso mis bibliotecas, mis papeles de trabajo, los mil recuerdos de viaje que juntan polvo en las estanterías. Me mudo además con macetas y plantas de todo tamaño, por lo que ya he tomado una decisión: no volver a salir con gente que no disponga de –mínimo– unos 70 metros cuadrados adonde aquerenciar nuestras geografías. Que si el corazón es realmente grande, sabe y prevé sitio adonde expandirse. Sabe –porque lo ha visto– que no hay romance que sobreviva mucho tiempo en una ratonera. Y sabe más: que el espacio es inseparable del amor. Y que no hay alma como la gente que sobreviva al bonsái.

Los petates de Eva

por LUIS BUERO, periodista

ilustración VERÓNICA PALMIERI

En un poema, Borges se refiere al desierto como “un espacio sin tiempo”. Eso recuerdo cuando observo mi living con apenas un sofá de dos cuerpos y una mesita con televisor. Me gusta vivir en lugares donde no abunden muebles, cuadros, mesitas y adornos. Pero como no es bueno que el hombre esté solo, a todo Adán le llega su Eva. Todo se mantiene igual hasta que él pronuncia la propuesta insensata (creyendo que el placer del encuentro semanal ahora podría ser diario): “¿Amor, te vendrías a vivir conmigo?”. Y Eva dice que sí, sólo que, para sorpresa de él, ella se aparece con los señores del flete trayendo el equivalente a un ropero más un placard de ropa para diez climas, colección de zapatos, cuadros, retratos, colecciones de CD de Luis Miguel, libros, computadora, televisor, laptop, cajas de cosméticos, perfumes… ¿sigo? Si sigo, agrego a los padres de ella que son del campo y decidieron venir a ayudar con la mudanza y se quieren quedar a vivir una semana durmiendo en el breve escritorio de Adán.

Y pensar que antes de aquella propuesta sólo había en el departamento el entonces símbolo erótico del cepillito de dientes rosa de Eva. Ahora se agrega su mascota, heladera, aspiradora, en fin, Eva es un planeta… como toda mujer. Pero lo peor de todo es que luego de unos años Adán se acostumbra a ver que su espacio ahora es un hogar, y justo en ese momento Eva aparece con cuestionamientos, confusiones en cuanto a la relación y se marcha de golpe dejando todo vacío otra vez. Y, como remataría Borges, “durante cien otoños mis labios no serán menos silenciosos”.

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