Un mundo feliz

Una serie de televisión basada en la novela de Margaret Atwood llevó a nuestra columnista a reflexionar sobre la moda como privilegio y como lenguaje.

# PARA TI - CECILIA ABSATZ - estar mejor - 20180706
El cuento de la criada serie escruta por Margaret Atwood

Hace unos días vi por televisión El cuento de la criada, la serie escrita por Margaret Atwood que ganó un montón de premios. No sé si la vieron: es una distopía, palabra que busqué en el diccionario y significa lo contrario de una utopía, es decir, una sociedad de pesadilla imaginada en el futuro.

La serie me hizo sufrir mucho, porque muestra una forma de violencia diferente de todo lo que vimos hasta ahora: sin armas de fuego, destrozos o asesinatos. Sólo crueldad, muy fina.

Trata sobre una sociedad muy religiosa donde gobierna una élite de familias poderosas. Pero tienen un solo problema: después de la revolución que instaló este régimen, algo pasó que dejó estériles a la mayoría de las mujeres. Las jóvenes, entonces, son reclutadas como “criadas”, y su principal tarea consiste en procrear.

Todo ahí es silencio, cabezas inclinadas y menciones de Dios. La belleza de las imágenes y la paz aparente colaboran a su manera con la violencia del relato: la estética aplasta la tragedia bajo la nieve.

Una vez más, como en tantas otras piezas de ciencia ficción, el primer rasgo que indica un tiempo futuro, indeterminado, es la desaparición de la moda. De pronto todo el mundo lleva la misma ropa, por lo general uniformes adheridos a cuerpos perfectos. Son los colores los que cambian, y así establecen las diferentes categorías sociales: los jerarcas, los funcionarios, los soldados, los esclavos. Un mundo feliz. Un viaje a las estrellas.

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“A todas se nos ofrece la posibilidad deformular un guardarropas personal, interrogar el espejo, explorar” los estados de ánimo”.

Una interesante excepción es la película Blade Runner, de Ridley Scott, donde se muestra un futuro oscuro y lluvioso, abarrotado de personas muy diferentes, razas, tamaños, estilos, idiomas, todo caótico y mucho más verosímil.

Pero en El cuento de la criada se repite la ley de la ropa: todas iguales. Las señoras de la clase gobernante llevan vestidos idénticos de un verde oscuro, con un dejo azulado. De cuello cerrado, mangas largas, marcada la cintura, falda al piso.

Y las criadas llevan todas un largo mantón rojo oscuro, con una cofia blanca de borde rígido y muy pronunciado. La cofia refiere a un modelo clásico, que en diversas versiones suele verse en algunas comarcas hamish o en ciertos sombreros de la década del veinte.

Pero acá, por primera vez, se nota que ese borde infatigable reduce dramáticamente la visión periférica. Lo mismo que les pasa a los caballos con las orejeras, sólo se puede mirar hacia delante.

# PARA TI - CECILIA ABSATZ - estar mejor - nota de moda- ARCHIVO ATLANTIDA - 20180706

Me hizo pensar: a veces no nos damos cuenta de que la moda es un privilegio. Es cierto que muchas chicas se visten de forma idéntica, como si llevaran alguna clase de uniforme. Pero es lo que han elegido. Mientras tanto, a todas se nos ofrece la posibilidad de formular un guardarropas personal, interrogar el espejo, explorar los estados de ánimo y usar la ropa como lo que es: un lenguaje.

“A todas se nos ofrece la posibilidad de formular un guardarropas personal, interrogar el espejo, explorar los estados de ánimo”.

por Cecilia Absatz
cecilia@absatz.com.ar

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Me quiere, no me quiere

Para nuestra columnista están las personas que la quieren, las que la odian y una tercera categoría que acaba de descubrir: aquellas que la ignoran. Aquí nos cuenta de qué se trata y cómo la hace sentir semejante actitud.

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Hay mucha gente que me quiere y mucha gente que no me puede ni ver. Por lo general me quieren las personas con la que he trabajado, aquí y allá, a lo largo de los años. Incluyendo jefes: a veces me han vuelto a llamar tiempo después de haberme ido.

También me quieren mis amigos, esos amigos de toda la vida, que ya son como parientes de sangre. No importa si los frecuento o no, están ahí y son amigos y me quieren. Quiero creer que me quiere mi familia. Mi hija seguro, mis hermanos, mi mamá también.

Los que no me pueden ni ver son, en su mayoría, personas a las que conozco socialmente, con quienes nos hemos cruzado en reuniones, presentaciones de libros, vernisagges, ese tipo de cosas. No me quieren y tienen todos los motivos del mundo. Puedo ser antipática, incluso arrogante si no estoy de humor, olvido nombres que debería recordar, uso el sarcasmo, me voy sin saludar, ese tipo de cosas.

Rubro esposas: un ejército temible acechaba armado hasta los dientes detrás de las espaldas de sus maridos. Pero esto ocurría cuando yo era más joven. Con el tiempo me fui enterando de que más de una vez tacharon mi nombre ante posibles trabajos, desde el inmenso lugar de poder que ocupaban en el lecho matrimonial.

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“Hay mucha gente que me quiere y mucha gente que no me puede ni ver”.

Como decía, hay gente que me quiere y otra gente no me puede ni ver. Lo que nunca me había pasado, y ésta es una experiencia espiritual difícil de ponderar, es que alguien con quien tenga cierto contacto relativamente estable, no me quiera ni me deteste. Ni fu ni fa. Nada. No sé si me explico. Soy ignorada. No digo maltratada ni mucho menos. Los saludos son amables, todo está en orden. Sólo que está claro que no formo parte de su universo de sentimientos personales.

Nunca me había pasado. No es algo que me quite el sueño por las noches ni mucho menos, es sólo que no estoy acostumbrada a pasar inadvertida. A formar parte de un telón de fondo, a no despertar interés alguno más allá de los gestos básicos de la buena educación.

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“Soy ignorada. No digo maltratada. Los saludos son amables. Sólo que está claro que no formo parte de su universo de sentimientos personales”

En inglés hay una expresión interesante: humble pie. Un pastel de humildad. Es como un trabajo de extra en el cine. Una experiencia espiritual difícil de ponderar. Ahora la estoy investigando. Finalmente qué me importa, me digo. No me va la vida en eso.

En los hechos concretos, esta persona no tiene peso alguno en mi destino. No es una esposa celosa que se eriza cuando me ve. No es alguien a quien ofendí y peor, sin siquiera darme cuenta. No es alguien que celebra mis palabras o el aire que respiro. Es alguien (que a mí me encanta) a quien le da lo mismo si estoy o no estoy. No es que quisiera hacerme amiga ni nada, sólo que a mí me encanta y no soy correspondida. Es un pastel de humildad del tamaño de Groenlandia. Y me lo estoy comiendo de a poquito.

Por Cecilia Absatz (cecilia@absatz.com.ar)

Ir de compras, el plan perfecto post vacaciones

Volvimos de vacaciones, pero el calor sigue. Para hacerle frente nuestra columnista Cecilia Absatz nos propone ir de shopping. Sonará frívolo, pero te aseguro que después de leerla no sentirás nada de culpa.

#PARA TI - CECILIA ABSATZ IR DE COMPRAS - estar mejor - 20180302
“En esta serie hay un mundo íntimo en el comercio que trasciende la mera ambición de ganar dinero”.

El verano, ay, dura más tiempo que las vacaciones. Después de la playa, la montaña, la selva, el crucero, cualquiera haya sido la opción de esta temporada, una vuelve a casa y el verano continúa. ¿Qué hacer, además de tolerar el calor? Sugiero salir de compras.

Todas las tiendas están de liquidación, y la ropa no necesariamente pasará de moda. Digamos la verdad: una prenda nueva nos pone de buen humor. Y todavía quedan muchos días de calor para usarla.

Zapatos, jeans, otra cartera, más zapatos, lo que sea. ¿Soy muy frívola? Sí. Mi hija acuñó el término “posconsumo”. Mejor que la “posverdad”, que significa mentira, el posconsumo, me parece, sería la reivindicación del consumo. No tiene nada de malo, al contrario. Estimula la economía del país y levanta el ánimo.

Hay que tener plata, eso sí. Pero no es obligatorio comprar cosas carísimas. Hasta un nuevo lápiz de labios te pone de buen humor. En las series de televisión, un género que ha ganado enorme prestigio en el público, he notado una tendencia temática muy interesante en ese sentido.

Hay varias series, algunas muy populares, que relatan la aparición y el florecimiento de las grandes tiendas. La primera fue ‘The Paradise’, serie británica inspirada en una novela de Emile Zola. Hay una versión española de la misma historia que tiene mucho éxito: Velvet.

Un poco más tarde apareció Mr. Selfridge, otra serie británica que cuenta la historia real del estadounidense que fundó en Londres la tienda que lleva su nombre.

En Inglaterra y Estados Unidos las llaman “tiendas de departamentos”. Nosotros nos habíamos conformado con llamarlas “grandes tiendas”, cuando aún teníamos en Buenos Aires a Harrod’s y Gath y Chaves, ambas en la calle Florida.

#PARA TI - CECILIA ABSATZ IR DE COMPRAS 2 - estar mejor - 20180302
“Una vuelve a los negocios donde la tratan bien, donde percibe que la vendedora se ocupa de encontrar lo que te haría feliz”.

Esta indagación en el mundo de las tiendas no puede ser casual y tampoco es frívola. Alude al corazón del sistema de vida occidental. Todos compramos cosas, las que necesitamos y, cuando podemos, las que queremos. Y como vemos en estas series, especialmente las inglesas, hay un mundo íntimo en el comercio que trasciende la mera ambición de ganar dinero.

Tiene que ver en realidad con la formulación de estilos, el registro del paso del tiempo, las propuestas artísticas y la relación que se establece con los clientes, lo que uno de los grandes empresarios del género llamó, con particular iluminación, lograr un vínculo de fidelidad.

Es así: una vuelve a los negocios donde la tratan bien, donde percibe que la vendedora o el vendedor realmente se ocupa de encontrar lo que te haría feliz. Y nunca vuelve a la tienda donde la vendedora o el vendedor dice con desgano “no me quedó”, antes de mirar siquiera el estante que tiene a su espalda.

Digámoslo, salir de compras es muy gratificante. Más seguro que una película, que puede decepcionarte, y más sano que una comilona.
A propósito: si estás tratando de bajar un par de kilos, después de las vacaciones sugiero ir de compras al mediodía en lugar de almorzar. A los cinco minutos se te pasa el hambre.

Por Cecilia Absatz
cecilia@absatz.com.ar

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Las “chicas solas” de Cecilia Absatz

Cada vez más las mujeres disfrutan de su soltería y se animan a salir sin pareja ni pudor a eventos sociales. Nuestra columnista y escritora analiza y celebra la tendencia.

#PARA TI - SELFIE CECILIA ABSATZ APERTURA - Estar mejor - 20171103
CECILIA ABSATZ aborda la temática de ser mujer y elegir estar soltera

De pronto (o no tan de pronto) se comienza a registrar la aparición, o mejor dicho la relevancia, de una nueva figura social que antes ocupaba un rincón oscuro de la sala. Estoy hablando de la mujer sola. La mujer sola, digamos, mayor de treinta años (parece que en China la fecha de vencimiento es de 27 años). Periodistas estadounidenses como Kate Bolick escriben libros (Solterona), cineastas españolas filman documentales, se estudia el tema de “la solterona” y la cuestión se vuelve viral.

Las ensayistas analizan los contratiempos, los estereotipos, las presiones. Incluso se analizan ficciones sobre mujeres “independientes”, como Carrie Bradshaw o Bridget Jones, quienes en realidad viven pendientes de los hombres, los que desean o los que descartan.

#PARA TI - SELFIE CECILIA ABSATZ - Estar mejor - 20171103-01
Carrie Bradshaw interpretado por Sex and The City con su eterna lucha por encontrar al hombre perfecto

En mi opinión, este movimiento surge en parte de un equívoco lingüístico: la palabra soledad. El término mismo viene cargado con una buena dosis de drama, alimentado por la literatura, los boleros y la mirada social. Es cierto que algunos círculos vacilan antes de invitar a una mujer sola. Y que se conjeturan argumentos de barrio: 1. La chica no se arregla lo suficiente, no hace el esfuerzo de verse atractiva. 2. La chica es demasiado selectiva, ningún hombre le resulta satisfactorio. 3. Ella es demasiado fuerte, tal vez un poco petulante, los hombres le tienen miedo. Todo este drama viene irrigado en el territorio de la palabra soledad.

#PARA TI - SELFIE CECILIA ABSATZ - Estar mejor - 20171103-02
El libro de la escritora Katie Bolick que trata la problemática

El idioma inglés, en cambio, tiene dos palabras diferentes sobre el mismo hecho: loneliness y solitude. Loneliness es la clase de soledad descrita más arriba, la de la chica que busca un amor y no lo encuentra, o las amigas no la quieren: la que no es feliz con el lugar social que ocupa. Solitude, en cambio, alude a la persona que elige estar sola porque le gusta y disfruta mucho de su condición. Rara vez se la va a ver desarreglada porque es alguien que se gusta a sí misma y se viste en consecuencia. Si no la invitan a una reunión ni se entera porque no presta atención, no le interesa. Le gusta estar sola. Curiosamente, este distanciamiento la vuelve más invitable. Ahora sí, elige con mucho cuidado adónde ir y cuándo quedarse en casa.

“Ahora parece que la sociedad comienza a registrar a la mujer sola como un nuevo estamento social y la mira con interés.”

Seguramente corren rumores acerca de ella: ya no se la puede acusar de romper matrimonios, como se estilaba en otra época, o imaginar algún tipo de doble vida de carácter escabroso. Ahora parece que la sociedad comienza a registrar a la mujer sola como un nuevo estamento social y la mira con interés, pero todavía la ve como a un ser secretamente afligido. Debe haber mujeres angustiadas por la soledad, no lo dudo, pero hay otras que se sienten muy bien. Prosperan en sus vidas profesionales, salen cuando quieren, viajan si les gusta, cocinan o van a comer afuera, eventualmente tienen romances que incluso pueden ser duraderos. Una vez más el inglés entiende mejor la situación: tiene la palabra single. Que no es un destino sino una condición. A mí, por ejemplo, me gusta estar sola, y ya casi no tengo que dar explicaciones.

Por Cecilia Absatz – cecilia@absatz.com.ar

 

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