Lucharon contra el sobrepeso y cambiaron de hábitos para tener el cuerpo que querían

Sin dietas extrañas, pastillas, cirugías ni hechizos mágicos, 4 historias de vida de mujeres y varones que, a pesar de las adversidades, asumieron el desafío de cambiar. Y aseguran que la transformación física es sólo la punta del iceberg de algo que empieza por dentro.

#PARA TI FIT - HISTORIAS DE VIDA - APERTURA - News - MV - 20190326
“Ya era un problema de salud, no podía correr ni al colectivo, me dolían las rodillas, los huesos, la espalda. Claramente no me estaba amando y necesitaba hacer un cambio radical”, cuenta Florencia Nápoli.

FLORENCIA NÁPOLI (29): “ENCONTRÉ EL AMOR PROPIO”

Las cadenas se rompieron luego de 11 años de relación tóxica con un hombre que la convirtió en su peor versión. “Flor, ¿por qué te estás maltratando tanto? No podés seguir así…”, se dijo en voz alta y con los ojos llenos de lágrimas mientras se miraba en el espejo. Si bien ella reconoce haber tenido sobrepeso desde que tiene uso de razón, el problema se agravó durante los últimos años en los que canalizó todo el dolor de un corazón roto en la comida chatarra.

“Era totalmente adicta a la gaseosa común, no podía tragar un sorbo de agua porque la odiaba”, recuerda risueña  Flor, maestra jardinera.

Además, las malas elecciones alimentarias eran acompañadas de una vida totalmente sedentaria. “Llegué a pesar 115 kilos con 1.74 metros. Ya era un problema de salud, no podía correr ni al colectivo, me dolían las rodillas, los huesos, la espalda. Claramente no me estaba amando y necesitaba hacer un cambio radical”, subraya.

El camino por delante era largo y ella lo sabía. “Al principio estaba negada a ir a un nutricionista porque no me sentía preparada para que alguien me ayudara y tampoco podía aceptar que tenía un problema serio. Así que empecé la transformación sola con la premisa de ir cambiando un hábito malo por vez. Lo primero que hice fue eliminar la gaseosa… ¡y cómo me costó! Pero al ver que lo había logrado, me puse otra meta a corto plazo hasta que me convencí de que esta vez el cambio iba a ser para toda la vida –recuerda sobre sus inicios en el mundo fit en mayo del año pasado–. A los dos meses conocí a mi actual nutricionista, Jaqueline Nanni, a quien le debo muchísimo. Más que seguir una dieta específica, yo hice todo un trabajo de conciencia en el que aprendí lo que provoca cada alimento en el cuerpo. Fue muy difícil abandonar ese cuerpo, pensá que hace 10 meses pesaba más de 100 kilos y ahora estoy en 60”.

Como su miedo era quedar con colgajos y la piel flácida, Flor se inscribió en un gimnasio. Sin embargo, al principio el cuerpo no le respondía y decidió arrancar despacio caminando en la cinta o pedaleando en la bici.

“Después sumé una rutina de pesas y fue increíble cómo me motivaba viendo los resultados del esfuerzo dentro del gym. Hoy me miro al espejo y no lo puedo creer. Mi cuerpo cambió al 100%, no reconozco mis piernas y brazos. Me encantó ser testigo de todo lo que logré y sé que soy capaz de mucho más”, explica sin contener la emoción.

Hoy Flor asegura que no queda nada de aquella chica que no se cuidaba: “Nunca me imaginé que iba poder tener el cuerpo que tengo hoy. Ahora estoy soltera, pero recontra feliz porque encontré el amor propio. Estoy tan enfocada en mí que no busco nada en las personas, dejo que fluya. Antes no podía tener muchas relaciones sociales porque no estaba bien conmigo misma y sufría el bullying. Hoy soy otra”. Ahora se está replanteando estudiar Nutrición o Educación Física. Es que cuando uno ama lo que hace, quiere compartirlo con el resto del mundo.

 

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“Aprendí que nadie va a cuidar por mí, que el fracaso es el mejor maestro y que no hay que tenerle miedo a los cambios”, reflexiona Máximo Acevedo.

MÁXIMO ACEVEDO (31): “TOMÉ MI CAMBIO DE HÁBITOS COMO UNA RELIGIÓN”

“Para lograr bajar casi 50 kilos tuve que hacer un clic y aprender a luchar por mis objetivos. No se trata sólo de bajar de peso, hay que hacer un trabajo interno y acompañar la pérdida grasa con un gran proceso mental y hasta espiritual. Aprendí que nadie va a cuidar por mí, que el fracaso es el mejor maestro y que no hay que tenerle miedo a los cambios”, asegura este diseñador industrial.

Todo comenzó en diciembre de 2016 cuando le entregaron el diploma en la UBA. Si bien Maxi fue obeso desde su niñez, confiesa que durante sus años en la facultad la situación empeoró. “En mi casa nunca fue un problema que yo tuviera sobrepeso, entonces yo no lo reconocía. En esa época no había tanta información sobre nutrición y deporte. Crecí con la autoestima muy baja, fui víctima de bullying y jamás me miraba en el espejo –explica sin esconder la tristeza que le causaba su imagen–. Pero lo peor llegó en la carrera porque me pasaba noches y noches despierto preparando entregas. Me acuerdo que para tener energía me comía un flan con dulce de leche. Si no no me funcionaba la cabeza. Y así fue como llegué a pesar 120 kilos”.

Según recuerda como si fuera una película, el día que entregó su último proyecto tomó una bocanada de aire, infló el pecho y prometió: “ahora me toca a mí”. “Fue un cambio de mentalidad. Primero acepté que tenía un problema y que estaba en mis manos la posibilidad de cambiarlo. Busqué una nutricionista, empecé entrenamiento funcional y me tomé mi cambio de hábitos como una religión”, cuenta orgulloso a tres años de aquel clic.

A los 28 años se propuso aprender a comer de manera saludable: “Mis hábitos eran los peores, muchas harinas refinadas, azúcar y gaseosas. Así que al principio tuve que ir una vez por semana a la nutricionista para que me enseñara a comer bien: respetar siempre el desayuno, hacer alguna colación (como una fruta o yogur), no saltear el almuerzo, repetir una colación a la tarde y cenar más ligero. ¡Y obvio que tuve que reducir muchísimo las porciones!”, cuenta.

Además se anotó en un grupo de funcional en Tigre donde, al día de hoy, va rigurosamente tres veces por semana: “Todavía me acuerdo lo que me dolió la primera clase, estuve 72 horas sin poder sentarme en el inodoro y no podía bajar de la escalera. Todos pensaban que no iba a volver, pero yo no paré hasta lo lograr mi meta”.

Maxi está orgulloso de sus logros. “No te olvides de poner que hace un año también dejé de fumar. Amo ser saludable, y no me refiero sólo a estar flaco. Hoy mi autoestima se elevó muchísimo, me alejé de personas que me ponían frenos, hice nuevos amigos del team de funcional… ¡y voy por más!”, asegura. Hace seis meses que está siguiendo un plan de aumento de masa muscular. Próximamente, sumará clases de calistenia para seguir ganando fuerza y resistencia.

 

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“Sentí que tenía que resucitar como el ave Fénix. Así que empecé a caminar ocho kilómetros diarios y a comer un poco más saludable”, comenta María José Olivero.

MARÍA JOSÉ OLIVERO (35): “SENTÍ QUE TENÍA QUE RESUCITAR COMO EL AVE FÉNIX”

La primera vez que esta rubia de mirada dulce pisó el consultorio de un nutricionista tenía apenas 12 años. “Yo era la gordita de Chaco, en el colegio todos se burlaban de mí, tenía que comprar ropa en locales para talles grandes y me acuerdo que hasta el cinturón del avión me apretaba”, recuerda María José –diseñadora de indumentaria- mientras enumera alguna de la infinitas dietas que hizo hasta que descubrió el fitness.

“Hice de todo pero, aunque bajaba, no podía mantenerme. Siempre fui ansiosa y canalizaba toda mi ansiedad con la comida”, aclara poniéndole sentido del humor a un problema que la acompañó la mayor parte de su vida. Y para que nos demos una idea, Majo aclara: “Si quería comer un helado, no me compraba un cucurucho… ¡me comía un kilo! Y si me tentaba una torta, iba a la panadería y me compraba una entera”.

“Todo se terminó de descontrolar en 2016 cuando quedé embarazada. Te juro por Dios que engordé 45 kilos y llegué a pesar 92 con tan sólo 1.65 metros. Todavía no puedo creer cómo llegué a ese punto –revela casi enojada con ella misma–. Encima, a los tres días del parto le descubrieron a mi hija, Leontina, una coartación en la aorta y tuvo que ser traslada de urgencia en un avión sanitario a Buenos Aires para que la operaran. Era tal mi angustia oral que, siete meses después de haber dado a luz, sólo había bajado seis kilos”.

Inspirada en convertirse en el mejor ejemplo para su hija, María José se propuso cambiar su cuerpo modificando pequeños (grandes) detalles que hacen la diferencia: “Sentí que tenía que resucitar como el ave Fénix. Así que empecé a caminar ocho kilómetros diarios y a comer un poco más saludable, pero desde el sentido común. O sea, reemplacé el azúcar por edulcorante y las frituras por cocciones al horno, por ejemplo. En dos semanas bajé tres kilos y estaba feliz, pero me estanqué y fue momento de ponerme en manos de profesionales”. Ya más entusiasmada con los primeros resultados, comenzó a visitar a una nutricionista de Chaco que le enseñó a comer equilibrado y acompañó la dieta con una rutina de fierros de lunes a viernes con Fabián Fonseca (“hoy, más que un personal trainer, él es mi amigo y psicólogo. Me ayudó muchísimo”, aclara).

Cuando no está trabajando en su local de bronceado, La Solería, o cuidando a la pequeña Leontina, que cada tres meses tiene que venir a Buenos Aires para realizarse chequeos médicos; María José se dedica a ella misma: “Si bien hoy estoy feliz con mis 54 kilos, el fitness se convirtió en un estilo de vida que me mantiene de buen humor. Todos los sábados salgo a correr con un grupo runner, aprendí a cocinar saludable y ahora quiero ganar un poquito más de masa muscular”.

Y, entre risas, dice que sus vecinos siempre la paran en la calle para preguntarle cómo bajó tanto de peso. La respuesta es simple: mucha paciencia y voluntad.

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“Hasta el día de hoy llevo 20 carreras de 10K, 10 de 21K y una de aventura de 15K por Córdoba”, cuenta Jorge Luis (Coki) Litvin.

JORGE LUIS LITVIN (30): “SIEMPRE ODIÉ CORRER, PERO AQUEL DÍA ME ENCANTÓ Y NUNCA MÁS PARÉ”

1 hora, 24 minutos y 6 segundos. Si unos años atrás le hubieran dicho que esa iba a ser su marca en los 21K de Buenos Aires, Jorge Luis “Coki” Litvin se hubiese echado a reír. “

Toda mi vida fui sedentario y, desde que tengo uso de razón, siempre fui el gordito del colegio. Me mandaron a escuela de fútbol, de karate y hasta de básquet, pero nunca me enganché porque era realmente malo”, recuerda con cierto cariño por ese chico anti-saludable del que ya no queda ni un rulo.

Sin embargo, lo peor no era convivir en ese cuerpo pesado e incómodo, sino ser el blanco de burla de sus compañeros: “Sufrí muchísimo bullying en el colegio. Me decían ‘gordo papa’ y nadie me elegía en los equipos de educación física. Pero no guardo resentimiento. Entiendo que nadie nace malo y las burlas forman parte de la crueldad no consciente de los chicos. Si los padres no les enseñan que el gordito tiene las mismas ganas de jugar al fútbol que el flaco, ellos no tienen por qué saberlo. Pero yo tenía la autoestima en menos dos”.

El clic llegó el 14 de febrero de 2011, el día que se graduó como abogado. “Reconozco que soy bastante nerd, en esa época me la pasaba estudiando y comiendo. Engordé tanto que se me disparó la tiroides y llegué a pesar 87 kilos (N. de la R.: repartidos en sus 1.65 metros), pero no me daba cuenta –explica este abogado especialista en Derecho penal–. Pero cuando vi las fotos del día en que me pusieron en bolas para tirarme huevos… ¡no lo podía creer! No me vi para nada representado. Así que aproveché que venía de mi Corrientes natal a Buenos Aires para estudiar un postgrado para también aprender a comer saludable y cambiar mi cuerpo”.

Instalado en un departamento en Palermo, este abogado fit consultó con un nutricionista, cambió las frituras por cocciones al horno y, sobre todo, empezó a bajar las porciones. Si bien el camino tuvo más de un altibajo, Coki demostró que es dueño de una voluntad de acero y en tan sólo ocho meses bajó 25 kilos: “Me compré una decena de libros sobre nutrición, empecé a investigar y cambié de especialista varias veces. Además, acompañé la dieta con una rutina de aparatos en el gimnasio del edificio”. El bichito runner lo picó recién en 2012 cuando acompañó a su papá a correr por la playa de Pinamar:

“No sé cómo sucedió porque yo siempre odié correr, pero aquel día me encantó y nunca más paré. Hasta el día de hoy llevo 20 carreras de 10K, 10 de 21K y una de aventura de 15K por Córdoba”, cuenta @cokilitvin, como lo conocen en el mundo instagramero donde lo siguen más de 36.000 personas.

La verdad es que nunca me hubiera imaginado convertirme en un influencer. De hecho, yo le dedico la mayor parte del tiempo al Derecho. Pero compartir mi pasión por el fitness en Instagram se volvió casi adictivo. Me da mucha energía”, asegura con la sonrisa digna de quien está orgulloso de sí mismo.

Texto. Agus Dandri. Fotos. Maxi Vernazza. Agradecemos a: Centro Cultural Recoleta.

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Vacuna anti kilos: cómo es la inyección que quita el hambre y combate la obesidad

Es un medicamento que frena las ganas de comer y aumenta la saciedad, lo que lo convierte en una revolucionaria opción para bajar de peso. Hacía 20 años que no aparecía una nueva alternativa farmacológica que ayudara a las personas a controlar la obesidad.

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La inyección que quita el hambre y permite no aumentar de peso

No se trata de una pastilla mágica ni de coserse la boca para dejar de comer. Es una novedosa medicación que ya es un boom en el mundo entero, y que promete disminuir el hambre y aumentar la sensación de saciedad. Junto a una dieta equilibrada y la práctica de ejercicio físico, logra hacer realidad el descenso de peso. Se trata de liraglutida, un medicamento inyectable que acaba de ser presentado en nuestro país luego de la autorización para su comercialización de la Administración Nacional de Medicamentos, Alimentos y Tecnología Médica (ANMAT).

“Hacía 20 años que no teníamos entre nosotros una novedad semejante”, dice el Dr. Alberto Cormillot, quien destaca la importancia de las investigaciones científicas que comprobaron la eficacia del producto.

“La liraglutida es una alternativa farmacológica nueva, respaldada por numerosas investigaciones científicas que demostraron que, combinada con actividad física y dieta saludable, produce una reducción de peso considerablemente superior a si se realizan dieta y ejercicios solamente. Y lo que es todavía más importante, los pacientes que la probaron lograron mantener ese descenso en el tiempo”, agrega Cormillot.

“Los médicos recibimos con entusiasmo el lanzamiento de esta medicación para el tratamiento de las personas con obesidad”, afirma la Dra. Ana Cappelletti, especialista en endocrinología ginecológica, con más de 25 años de experiencia en el tratamiento de personaseste tipo de afecciones.

MEJOR CALIDAD DE VIDA. Por su parte, la Dra. Mónica Katz, médica especialista en Nutrición, directora del posgrado en Obesidad de la Universidad Favaloro, destacó que “la aparición de un fármaco para uso crónico es una herramienta fundamental para enfrentar la epidemia incontrolable de obesidad y sobrepeso”.

Todos los especialistas consultados coincidieron en la importancia de que la indicación de este medicamento se dé siempre en el marco del seguimiento a cargo de un médico, que incluya además cambios en el estilo de vida.

En cuanto a la presentación, la liraglutida se comercializa en una lapicera de autoaplicación prellenada, cuya duración se estima en un mes y su costo aproximado es de $ 7.000. “La aplicación es subcutánea en abdomen, muslo o brazo. Puede administrarse a cualquier hora del día, siempre a la misma hora, y de manera independiente a la ingesta de comida. En general recomendamos aplicarla por la mañana”, dice Cappelletti, quién también dirige el posgrado en Obesidad en la Universidad Favaloro.

Está indicada bajo supervisión médica para personas mayores de 18 años con un índice de masa corporal (IMC, coeficiente que surge de dividir el peso sobre la altura dos veces, por ejemplo 57 dividido 1,56 y el resultado se vuelve a dividir por 1,56) mayor o igual a 27 (sobrepeso) o mayor o igual a 30 (obesidad), y siempre que presenten alguna enfermedad relacionada con el exceso de peso, como prediabetes, diabetes mellitus tipo 2, presión arterial elevada, niveles anormales de grasas en sangre o problemas respiratorios durante el sueño, denominados apnea obstructiva del sueño.

Ahora bien, ¿cómo actúa este medicamento? “La liraglutida tiene un 97 % de semejanza a una hormona que se produce en el intestino (el GLP-1) después de la ingesta de alimentos y actúa a nivel cerebral, activando vías neuronales que frenan el apetito. Esta sustancia naturalmente tiene un tiempo de acción muy corto, mientras la medicación actúa durante 24 horas, disminuyendo el deseo de comer y aumentando la sensación de saciedad. Es muy interesante, además, su efecto sobre áreas del cerebro relacionadas con las emociones y el estrés, ya que las personas no sólo comemos por la sensación de hambre”, agrega la especialista.

La eficacia y seguridad de esta medicación fue evaluada en el programa de estudios clínicos SCALE (Saciedad y Adiposidad Clínica-Evidencia con Liraglutida en pacientes diabéticos y no diabéticos), que incluyó más de 5 mil pacientes con obesidad o sobrepeso, que presentaban al menos una comorbilidad asociada a esta condición. En este programa, la liraglutida combinada con un plan de alimentación y ejercicio demostró ser superior al placebo (plan de alimentación y ejercicio solamente) en términos de pérdida de peso y mejoría de los factores de riesgo cardiometabólico.

Uno de los estudios de dicho programa, liderado por el Dr. Pi-Sunyer y publicado en el New England Journal of Medicine, mostró que en pacientes no diabéticos con obesidad o sobrepeso que presentaban al menos una comorbilidad asociada al exceso de peso, el 63.2 % de los pacientes logró reducir más del 5 % de su peso; el 33.1 % bajó el 10 %, y 14.4 % obtuvo una disminución superior al 15 %, logrando mejorar su bienestar y calidad de vida. Reducir el peso entre un 5 y un 10 % ha demostrado importantes beneficios para la salud, incluyendo la disminución de los niveles de glucosa en sangre, de la presión arterial, de los valores del colesterol “malo” (LDL) y de los episodios de apnea del sueño.

En cuanto a los efectos adversos, es esperable que aparezcan malestares gastrointestinales luego de comenzado el tratamiento con esta medicación. “Principalmente, náuseas, diarrea o constipación, seguido por vómitos en menor medida”, afirma la Dra. Cappelletti. Y agrega: “Para evitarlos se debe comenzar con una dosis muy baja, que se aumenta semanalmente o de acuerdo con la tolerancia del paciente. En general, los efectos adversos desaparecen alrededor de las 12 semanas”. En cuanto a la duración del tratamiento, la Dra. Cappelletti asegura que “como la obesidad es una enfermedad crónica, no supone interrupción en pacientes que obtienen buenos resultados. De todos modos, en la práctica, si un paciente adopta buenos hábitos alimenticios y suma a su vida la práctica de actividad física, se podría ver la posibilidad de suspender y ver qué sucede. Se estima que deben ser tres años de tratamiento y luego el médico debe evaluar cómo seguir”.

¿Puede causar efecto rebote? “Los medicamentos no curan a la obesidad. Cuando la medicación es efectiva, si se abandona es esperable un aumento de peso (mal llamado “efecto rebote”). De la misma manera, cuando se deja de tomar un antihipertensivo necesario para controlar la tensión arterial, esta aumenta”, dice Cappelletti. Es necesario evaluar muy bien la posibilidad de suspender el medicamento.

Texto: Fabiana Polinelli Foto LATINSTOCK

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#Nosotras y ellos: Lo que más nos cuesta dejar en las dietas

Cuando nos decidimos a bajar de peso, hay alimentos prohibidos que desafían nuestra voluntad y ¡queremos permitidos todos los días! Entonces nos damos cuenta que con dieta ¡no hay paraíso!

#PARA TI - NOS ELLOS - Estar mejor - 20171103

¡NO PENSAR!

por QUENA STRAUSS, periodista

En materia de dietas la cosa es muy simple: no pensar. Me explico: toda dieta presupone un alambrado perimetral a nuestra glotonería, un límite electrificado a nuestro eterno deseo de manducar. Pues bien, si ésa es la idea no cuenten conmigo por la sencilla razón de que cualquier cosa planteada en esos términos está destinada al fracaso.

¿Te acordás de aquello de “no pienses en un caballo rojo”? Bueno, esto es lo mismo. Hijos del rigor como somos, basta con que nos digan que no hagamos algo (no importa si es no comer los frutos del Árbol del Bien y del Mal, no abrir la caja si somos Pandora o algo tan módico como mantenernos alejados de las paneras), allá iremos todos en alegre tropel. Básicamente porque está prohibido. Porque el dulce de leche a cucharadas es la manera más eficaz de convertir tu popa en un piano de cola y porque las flautitas con manteca nos visitarán en sueños y en siestas, llamándonos con su canto de sirenas calórico hasta hacernos sucumbir.

Es inevitable: lo prohibido nos tienta, nos guiña los ojos de helado de pistaccio con cobertura de chocolate, sacude delante de nuestras famélicas narices sus pañuelos aromados de milanesa frita, de empanadas, de gnocchis. Hasta quienes tenemos la fortuna de no estar demasiado rollizos vivimos la angustia preverano del “no comas tal cosa” o “eliminá tal otra”. Inútil, todo inútil. Aquello que quitemos de la heladera volverá en nuestros sueños hasta volverse pesadilla y a nuestra mente hasta volverse obsesión.

¿Dieta del verano? Entre nos, ni lo pienses. Porque en cuando lo pienses, dejarás de contar ovejitas para dormirte y comenzarán a saltar cerca decenas y decenas de pavos rellenos.

MISIÓN IMPOSIBLE

por LUIS BUERO, periodista

Siempre llega el día, y más con la cercanía del verano, en que el espejo, el médico, el análisis de colesterol, el cansancio al subir las escaleras, la imposibilidad de utilizar la misma camisa o pantalón del año pasado, todos juntos te gritan: ¡dejá de comer!
Los médicos opinólogos, ante cualquier pregunta que les hagan en la televisión o la radio, indican siempre bajar de peso. Parece que con esa sola acción vas a vivir 99 años.Pero ocurre que justo cuando te decidís a empezar un régimen más estricto de comidas, se acercan las fiestas de diciembre, los cumpleaños de tus amigos y compañeros docentes, las reuniones de empleados para despedir el año o de egresados del secundario, y en tu plato empiezan a aparecer chorizos, morcillas, pizzas, empanadas, papas fritas, pastas, y Lucifer se frota las manos.
Vas a cenar con tu pareja a un restaurante y pedís una ensaladita súper dietética, pero el mozo tarda y tarda y tarda en traerla y el plato de pancitos negros que te dejó al lado de unos cuadraditos de manteca convierte en un abismo el vacío estomacal y te devorás la panera en un segundo.
Insistís: “hoy empiezo”, pero en la Universidad te agregan una materia y cuando vas a las tres horas al bufet a pedir algo de comer sólo tienen facturas, sándwiches de milanesa, tortillas, muffins de chocolate y pastafrola de dulce de batata.
Y al final llegás a la conclusión de que en toda tu vida sólo estuviste flaco después de que una novia te abandonó. Así que te queda elegir entre ser un gordito feliz o un flaquito amargado.

ilustración VERÓNICA PALMIERI

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