El otro lado de la Navidad: las 10 maldiciones de la fiestas

Con números y palabras, contamos las infaltables e insufribles circunstancias que rodean cada celebración alrededor del árbol de Navidad.

#PARA TI - NOS ELLOS - APERTURA - Estar mejor - 20181221Las 10 maldiciones

por QUENA STRAUSS, periodista

Vamos a relajarnos un rato y analizar al pie del arbolito todo lo que tiene que ver con la Nochebuena: regalos prohibidos, regalos ladris, comidas abyectas… ¡Y que suenen las campanas!

1. La tía remota: vive en Villa La Carreta y es clásico el sorteo para ver quién la trae y la lleva hasta allá.

2. Las medias malditas: van y vuelven, año tras año. Son esos pares de medias escolares comprados por resma en 1965.

3. El vitel toné embrujado: como un mal chiste contado mil veces, se va y regresa 364 días después.

4. El tío disfrazado: ya está, todos crecimos. Pero no hay caso, su vocación artística lo repatría de diciembre en diciembre al grito de “jo, jo, jo”.

5. El perro en shock: infaltable víctima de los estruendos.

6. La cañita quemadora: no me preguntes cómo, pero sale para arriba y termina sí o sí quemando el quincho, alguna planta o insertada en la peluca de la nona.

7. Los gritos: desde el clásico “¡Era justo lo que necesitaba!” frente a un colador de fideos hasta el “No te hubieras molestado” ante un posapavas.

8. La ensalada vergonzante: típica de la tía joven y rebelde que no cocina, su ensalada endeble y mala es fija en Nochebuena.

9. Los vecinos besuqueiros: se te vienen después del brindis a saludar, sudados y sonrientes. Sé que debería ser más empática, pero cuando te besen la mejilla y te dejen rastros de turrón hasta el año que viene, me contás.

10. El beodo de la verdad: abuelo, tío o padre, el rol de Empédocles lo ocupa todo aquel que, una vez embebido en sidra, se larga a contar verdades al grito de “¿Mi regalo no vale?” ¡Desastre total!

Regalitos de Nochebuena

por LUIS BUERO, periodista

Uno de los condimentos inevitables de las cenas de fin de año son… ¡los regalitos! Sí, todo un tema, porque uno conoce los gustos de dos o tres personas, las más íntimas, pero ¿y el resto? ¡Los diez regalos que tengo que pensar son para esta gente tan diversa! Mi suegra, por ejemplo. Ella no va a Mar del Plata si no la llevan a un “apart hotel con spa”; en cambio su hermana melliza colecciona discos del grupo Tacuara y del conjunto Ollantay, de los ‘60, y cuando ve cualquier catedral del mundo exclama: “¡cuántos congoleños podrían vivir aquí!”

.¿Y si intercambio los presentes y le doy a cada uno lo contrario de lo que esperan? Al cuñado fabricante de chorizos le tocará un llamador de ángeles, la sobrina vanidosa recibirá un títere artesanal hecho con una fibra-esponja, la prima transgresora encontrará un jabón personalizado con su nombre, al hermano estoico e izquierdista lo sorprenderá un billete de lotería, mi abuela filósofa hallará desconcertada una biografía no autorizada de Angelina Jolie, y yo me seguiré preguntando todavía qué haré con esta cajita de adorno que me compré, porque no me gusta el té, no tengo alhajas y no se me ocurre a quién cremar para guardar las cenizas. Todavía me faltan dos obsequios principales. A mi mujer, que es psicóloga, le tocará un libro de cocina y a mi hijo “tuerca” una buena bicicleta para que se olvide por un rato de su pasión por los autos. Yo sé que esto contradice las reglas para hacer el mejor regalo, pero me asegura que el año que viene el disfraz de Papá Noel se lo van a endilgar a otro, y al fin podré descansar.

ilustración VERÓNICA  PALMIERI