Cuando los chicos no comen…

El nene no me come, decían las madres de antes. Y el problema parece que continúa, aunque con otras palabras e ingredientes. ¿Cuál es la receta solución?

 

EL TIRANO Y LA COCINERA

Por QUENA STRAUSS, periodista

Sobre la mesa, nos odiamos. O casi. Yo me acerco exultante con mi bandeja de papas al horno de exposición; él las mira con el mismo desprecio con el que miraría a una oruga de Marte. “Y esto ¿qué es?”, dispara, y sabe que me hunde el puñal hondo y sin vueltas. Él es Dante, mi hijo; yo soy la madre que –desde hace trece años– se empeña en obtener de su niño algo más que un bramido frente a la cena. Cuando era bebé le amasaba gnocchis miniatura, le inventaba salsas, le daba de probar frutas y pan casero, y todo lo recibía con la misma cara de queso. Y cuando más adelante se inició con sus compañeritos de grado en el ritual de la hamburguesa con queso, sentí que lo había perdido para siempre en la causa de la salud. Para él, verduras significa papa y tomate (ni siquiera lechuga) y frutas quiere decir banana o frutilla. Y desde esa estrechísima concepción de los sabores me azuza con sus caras de traste desde hace más de una década. Come, eso sí, como lima nueva. Come lo que no hay que comer y bebe lo que no hay que beber (gaseosas a toda hora) y debe ser alevosamente engañado para que coma algún pescado que no sea merluza. Hoy el pequeño Buda que se sentaba a catar mis creaciones con cara de cólico renal ha crecido, sano y fuerte. Todavía me reprocha que lo haya hecho tomar un jugo de naranja cada mañana y asegura que nunca comió nada más feo que una ensalada de arvejas que le ofrecí una vez. Con todo, sé que éste es un partido de resistencia. Y es justo en esos momentos en que el dictador afloja un poco y, ganado por las papilas gustativas, suelta un “¡Esto está buenísimo!” que me alcanza como piropo hasta dentro de una década.

COMIDA ON DEMAND

Por LUIS BUERO, periodista

Se cuenta que todavía hay madres que llaman desesperadas al pediatra y le dicen: “¡Mi nene no me come!”. Confieso que yo cuando era chico era un tipito difícil a la hora de comer. Me recuerdo vívidamente sentado en esas sillitas altas para niños pequeños con mesa rebatible, observando a mi madre haciendo morisquetas, disfrazada de payaso para ver si yo abría la boca. Pero tan mal comensal no sería porque viene a mi memoria que vivía “empachado”. Era la época en la que para cualquier mamá un nene gordo era igual a un nene sano. Eso cambió, obviamente. Pero también es cierto que una vez abandonada la placentera teta, muchos críos son reacios a recibir el noble alimento. Vayamos por partes. Primero es difícil saber si lo que ingiere un pequeñín es poco o mucho. Cada cuerpo tiene su necesidad. Y cuando lo llevan al médico, obviamente si el galeno ve que el muchachito o nena está bien de peso, si corre, juega, está activo y sonriente, tiene delante a un niño sano que simplemente come menos de lo que su madre considera adecuado. En segundo lugar, algunas mamás no cuentan con tiempo para preparar un rico almuerzo o cena, e intentan solucionar rápidamente el momento sin brindar al pequeño una dieta variada que lo aleje de las golosinas y la comida chatarra que lo acecha en todas las publicidades. La receta que un médico amigo le dio a su paciente mamá (porque entendió que el problema era de ella y no del chico) es que si no quiere comer al mediodía, que coma a la noche. La comida tiene que ser demandada por el sujeto, como cuando tomaba la teta y la pedía, con todos sus pulmones.

ilustración. VERÓNICA PALMIERI.