Concepción Cochrane Blaquier

Quedan pocos días para que termine diciembre y Concepción Cochrane Blaquier (30), única hija del brasi­leño Lair Cochrane y quinta hija de Dolores Blaquier, tiene mucho por hacer. Fin de año está cargado de feriados y eso no la ayuda: antes del 30 de diciembre tiene que haber solu­cionado muchos temas; entre ellos, terminar de hacerse el vestido que usará para el casamiento de Tatiana Santo Domingo y Andrea Casiraghi –el hijo de Carolina de Mónaco– en febrero próximo. Viene de una movida importante, hace menos de veinte días ofició de novia en lo que bautizó su “fake wedding”, una fiesta temática que en vez de inspirarse en una década o estilo de música, se enfocó en las fiestas de casamiento a las que con­tinuamente la invitan. Una ceremonia, un asado y una fiesta para 150 invitados en La Concepción –la Estancia de la familia Blaquier– fue la particular propuesta con la que Cochrane logró movilizar a sus amigos de todo el mundo al pueblo de Lobos. “No te imaginás lo que fue la ‘fake wedding’, un éxito. La hicimos en el campo, yo misma la decoré, vinieron amigos de todo el mundo”, cuenta diver­tida la sofisticada y excéntrica diseñadora.

Para Concepción, la vida transcurre entre Bue­nos Aires, Londres, París, Los Angeles y San Pablo, ciudades en las que se reparten su familia y amigos. “Yo soy una hija de la vejez, y aunque tengo hermanos, soy muy hija única también”, confiesa. “Mis viejos eran muy viajeros, una pa­reja explosiva que tenía amigos en todos lados, y yo heredé eso. Desde chiquita salí al mundo”, cuenta histriónica. Después de terminar el cole­gio (estudió en el Palermo Chico) y sin grandes responsabilidades que la ataran a Buenos Aires, Concepción no dudó en irse a Londres, donde se instaló un tiempo en lo de su hermano, Andrea Vianini, hijo del matrimonio de su madre con el famoso corredor de autos, para después seguir un itinerario europeo.

Dueña de un esti­lo exclusivo, su presencia no pasa desapercibida y su imagen y su nombre hacen eco tanto en el jet set local como el internacional.

ENTRE EUROPA Y BUENOS AIRES.  “Me gusta hacer base en Buenos Aires y de ahí moverme. Además, aunque suene cliché, yo soy una chica tropical y prefiero el ve­rano, así que migro como las aves. Este verano me va a tocar frío igual…”

EL CASAMIENTO DE CASIRAGHI. “Son re divertidos. Los dos son muy divertidos. Yo siempre digo que “Dios nos cría y el viento nos amontona”. Si no tuviéramos un humor o modo de divertirnos parecido no seríamos amigos. Además, ellos son muy cool. (…) La madre de Tatiana (Santo Domingo) es brasileña y es amiga de papá, su abuela era amiga de mi abuela… Son amistades que vienen de hace rato. Hace mucho que somos amigos y ahora se casan, así que ahí estaremos”.

EL EFECTO DE SU LOOK. “Todos están vestidos muy nor­males, independientemente de que el vestido sea de tal o cual diseñador, y mi look obviamente les llama la atención. A mí no me gusta ser parte del promedio, me gusta vestirme con humor y tener cosas diferentes. Continuamente trato de superarme, es algo que me lleva tiempo y energía, pero es mi arte”.

INSPIRACION PARA SUS DISEÑOS.  “Pienso en el momento en que lo voy a usar, en el impac­to que puede lograr. Trato de que sea despampa­nante, que yo me mire al espejo y me deslumbre. Siempre cuento que cuando era chiquita vivía en el campo y teníamos unos baúles antiguos con ropa de mis bisabuelos y tatarabuelos. Yo me la pasaba disfrazada con esos vestidos victorianos y con galeras, y al día de hoy sigo siendo igual. Prefiero la previa antes que la fiesta, a mí lo que me gusta es disfrazarme”.

Quedan pocos días para que termine diciembre y Concepción Cochrane Blaquier (30), única hija del brasi­leño Lair Cochrane y quinta hija de Dolores Blaquier, tiene mucho por hacer. Fin de año está cargado de feriados y eso no la ayuda: antes del 30 de diciembre tiene que haber solu­cionado muchos temas; entre ellos, terminar de hacerse el vestido que usará para el casamiento de Tatiana Santo Domingo y Andrea Casiraghi –el hijo de Carolina de Mónaco– en febrero próximo. Viene de una movida importante, hace menos de veinte días ofició de novia en lo que bautizó su “fake wedding”, una fiesta temática que en vez de inspirarse en una década o estilo de música, se enfocó en las fiestas de casamiento a las que con­tinuamente la invitan. Una ceremonia, un asado y una fiesta para 150 invitados en La Concepción –la Estancia de la familia Blaquier– fue la particular propuesta con la que Cochrane logró movilizar a sus amigos de todo el mundo al pueblo de Lobos. “No te imaginás lo que fue la ‘fake wedding’, un éxito. La hicimos en el campo, yo misma la decoré, vinieron amigos de todo el mundo”, cuenta diver­tida la sofisticada y excéntrica diseñadora.

Para Concepción, la vida transcurre entre Bue­nos Aires, Londres, París, Los Angeles y San Pablo, ciudades en las que se reparten su familia y amigos. “Yo soy una hija de la vejez, y aunque tengo hermanos, soy muy hija única también”, confiesa. “Mis viejos eran muy viajeros, una pa­reja explosiva que tenía amigos en todos lados, y yo heredé eso. Desde chiquita salí al mundo”, cuenta histriónica. Después de terminar el cole­gio (estudió en el Palermo Chico) y sin grandes responsabilidades que la ataran a Buenos Aires, Concepción no dudó en irse a Londres, donde se instaló un tiempo en lo de su hermano, Andrea Vianini, hijo del matrimonio de su madre con el famoso corredor de autos, para después seguir un itinerario europeo.

Dueña de un esti­lo exclusivo, su presencia no pasa desapercibida y su imagen y su nombre hacen eco tanto en el jet set local como el internacional.

ENTRE EUROPA Y BUENOS AIRES.  “Me gusta hacer base en Buenos Aires y de ahí moverme. Además, aunque suene cliché, yo soy una chica tropical y prefiero el ve­rano, así que migro como las aves. Este verano me va a tocar frío igual…”

EL CASAMIENTO DE CASIRAGHI. “Son re divertidos. Los dos son muy divertidos. Yo siempre digo que “Dios nos cría y el viento nos amontona”. Si no tuviéramos un humor o modo de divertirnos parecido no seríamos amigos. Además, ellos son muy cool. (…) La madre de Tatiana (Santo Domingo) es brasileña y es amiga de papá, su abuela era amiga de mi abuela… Son amistades que vienen de hace rato. Hace mucho que somos amigos y ahora se casan, así que ahí estaremos”.

EL EFECTO DE SU LOOK. “Todos están vestidos muy nor­males, independientemente de que el vestido sea de tal o cual diseñador, y mi look obviamente les llama la atención. A mí no me gusta ser parte del promedio, me gusta vestirme con humor y tener cosas diferentes. Continuamente trato de superarme, es algo que me lleva tiempo y energía, pero es mi arte”.

INSPIRACION PARA SUS DISEÑOS.  “Pienso en el momento en que lo voy a usar, en el impac­to que puede lograr. Trato de que sea despampa­nante, que yo me mire al espejo y me deslumbre. Siempre cuento que cuando era chiquita vivía en el campo y teníamos unos baúles antiguos con ropa de mis bisabuelos y tatarabuelos. Yo me la pasaba disfrazada con esos vestidos victorianos y con galeras, y al día de hoy sigo siendo igual. Prefiero la previa antes que la fiesta, a mí lo que me gusta es disfrazarme”.

Síndrome del nido vacío a la inversa

Se supone que los hijos crecemos y en algún momento dejamos el hogar pa­ra hacer nuestras vidas. Pero las co­sas no siempre son lo que se supone deberían ser y escapan un poco a la lógica, como cuando nuestros padres deciden, a los cincuenta y pico, hacer la suya. Yo me independicé recién a los 26 de la casa donde vivía con mi papá y mis tres hermanos –mi mamá había fallecido hacía unos meses–, pero ‘el hogar’ seguía estando ahí, en mi Quilmes natal, con su quincho con parrilla a la que mi papá sabía dar buen uso casi todos los domingos cuando íbamos a visitarlo. Así pasaron los años hasta que un buen día mi papá anunció: “Me mudo a Mar del Plata”. La noticia no me sorprendió, era un tema ya hablado… Su novia es marplatense y durante muchos años sostuvieron un romance a la distancia. Sí me sorprendió te­ner que dar nuevo curso a todas esas cosas para las que “llamar a papá” era la solución inmediata.  Desde el otro lado del teléfono, él podía relatar paso a paso cómo desconectar la electricidad y qué cable debía tocar para reanudar la conexión, o simplemente darme unas palabras de aliento. En caso de que eso no resultara suficiente, los escasos 20 kilómetros de distancia que nos separaban, lo hacían presente en cuestión de minutos. Ahora, en vez de un 0-800 cuento con un 0-223, que ya no es gratuito, y a los 20 kilómetros entre nosotros se les agregaron unos 380 más.

HOGAR DULCE HOGAR. El diccionario de­fine la palabra “hogar” como “vida en familia”, incluso deriva de un término latín: focaris, de focus (fuego), porque originalmente se llamaba así al lugar de la casa donde se prendía el fuego. Tal vez por eso es que decimos sentir acá en el pecho ese “calorcito de hogar”, que no se siente en cualquier casa por más estufas que se enciendan. Esa sensación fue la culpable de que Richard Manis (33, actor, bailarín y cantan­te) tomara, a los 23 años, la decisión de dejar la ciudad de Girona, España, y a su familia para volver a su casa de toda la vida en Wilde, en el conurbano bonaerense: “Veníamos mal econó­micamente desde 2001, y en 2003, como todos teníamos la ciudadanía española, hicimos una especie de inversión familiar, vendimos el auto y mandamos a mi hermano a España, apostando a un futuro mejor. Yo fui el último en trasladarme, estuve siete meses, pero no aguanté y volví porque extrañaba mucho mi grupo de amigos, las costumbres, la casa, ¡todo! Tres años después volvió mi herma­no y, tuvieron que pasar dos años más para que regresara mi hermana. Mis papás siguen allá”, confiesa nostálgico.

“No tener la casa fue lo que más me pegó”, admi­te Lucila Pinto (24, redactora de Para Ti). “Mi papá ya estaba instalado en Santiago de Chile, y mi mamá iba y venía. Cuando alquilaron la casa y mi mamá se fue, para mí fue la hecatom­be. Especialmente por el significado de la casa, el hogar ¡y la pileta! Aunque yo hace ya más de un año que vivo con una amiga, me resultaba natural levantarme los domingos e ir a la casa de mis papás”.

Leonardo Gurlekian (30, empleado de comercio exterior)  cuenta que cuando tenía 18 años, su papá viajaba a Espa­ña por trabajo “se iba dos o tres meses, volvía y se quedaba un mes. Mi mamá vivía con nosotros en Padua. Se instalaron definitivamente allá cuando yo tenía 22 y mi hermana 19. Nos quedamos en la casa natal un tiempo y luego nos mudamos a un departamento en Caballito. Si bien era raro porque nos teníamos que cocinar y hacernos cargo de las cuentas y la casa, estábamos en una edad de plena joda. Sí, nos faltaban los viejos, pero ni pensába­mos, tratábamos de disfrutar la libertad”, cuenta Leonardo, aunque confiesa que a sus papás los mataba la culpa.

“El hogar está donde se encuen­tra el corazón” dice una milenaria frase romana, y viene bien para quitarle un poco la carga que solemos ponerle a la casa física. Maia Croizet (26, fotógrafa) lo vive un poco así. Su mamá vive hace casi seis años en México –se trasladó allá por trabajo– y aunque ella la visita poco más de una vez por año, siente que allá tiene su segundo hogar: “Me siento tan cómoda que me lo apropio y cuando vuelvo a Buenos Aires extraño mi cama de allá, el barrio, la gente, el clima”. Lo dice tan confiada y feliz que me hizo pensar que aunque ya no tengo “el nido” en el que pasé la mayor parte de mi vida, tengo muchos otros nidos a los que migrar cuando se me dé la gana.

Sin duda, el mayor aprendizaje en este nuevo rol con certificado de adulto es poder ponerse en los zapatos del otro y priorizar la felicidad de nuestros padres ante la ne­cesidad de tenerlos cerca. “Fue re loco cuando me enteré de que mis papás se mudaban porque yo volvía de un viaje muy importante a nivel personal –había estado por el norte del país, Bolivia y Perú du­rante tres semanas con amigas–, en el que había meditado mucho acerca de la independencia… –cuenta en confidencia Lu­cila–. Mi decisión era que yo quería vivir sola con raíces en el afecto. Me dije a mí misma: ‘el amor es libre, no necesitás estar al lado del otro todo el tiempo’; claro, total yo siempre tenía un hogar donde volver. Porque uno asume que sus padres son una raíz que está ahí y que siempre va a estarlo. Cuando me dijeron que se mudaban a Chile fue más difícil de lo que imaginaba, ¡me puse a llorar y todo! Durante una semana estuve muy triste y no hablé mucho del tema. Hasta que noté que a mi mamá le daba culpa por mí. Entonces le dije ‘no podés tomar una decisión ahora para los próximos diez años pensando que soy chica porque no lo soy tanto’. Eso la alivió y a mí también… Porque si me preguntás cómo quisiera vivir a los 50 y pico, te diría que me encantaría hacer lo mismo que están haciendo ellos”

Se supone que los hijos crecemos y en algún momento dejamos el hogar pa­ra hacer nuestras vidas. Pero las co­sas no siempre son lo que se supone deberían ser y escapan un poco a la lógica, como cuando nuestros padres deciden, a los cincuenta y pico, hacer la suya. Yo me independicé recién a los 26 de la casa donde vivía con mi papá y mis tres hermanos –mi mamá había fallecido hacía unos meses–, pero ‘el hogar’ seguía estando ahí, en mi Quilmes natal, con su quincho con parrilla a la que mi papá sabía dar buen uso casi todos los domingos cuando íbamos a visitarlo. Así pasaron los años hasta que un buen día mi papá anunció: “Me mudo a Mar del Plata”. La noticia no me sorprendió, era un tema ya hablado… Su novia es marplatense y durante muchos años sostuvieron un romance a la distancia. Sí me sorprendió te­ner que dar nuevo curso a todas esas cosas para las que “llamar a papá” era la solución inmediata.  Desde el otro lado del teléfono, él podía relatar paso a paso cómo desconectar la electricidad y qué cable debía tocar para reanudar la conexión, o simplemente darme unas palabras de aliento. En caso de que eso no resultara suficiente, los escasos 20 kilómetros de distancia que nos separaban, lo hacían presente en cuestión de minutos. Ahora, en vez de un 0-800 cuento con un 0-223, que ya no es gratuito, y a los 20 kilómetros entre nosotros se les agregaron unos 380 más.

HOGAR DULCE HOGAR. El diccionario de­fine la palabra “hogar” como “vida en familia”, incluso deriva de un término latín: focaris, de focus (fuego), porque originalmente se llamaba así al lugar de la casa donde se prendía el fuego. Tal vez por eso es que decimos sentir acá en el pecho ese “calorcito de hogar”, que no se siente en cualquier casa por más estufas que se enciendan. Esa sensación fue la culpable de que Richard Manis (33, actor, bailarín y cantan­te) tomara, a los 23 años, la decisión de dejar la ciudad de Girona, España, y a su familia para volver a su casa de toda la vida en Wilde, en el conurbano bonaerense: “Veníamos mal econó­micamente desde 2001, y en 2003, como todos teníamos la ciudadanía española, hicimos una especie de inversión familiar, vendimos el auto y mandamos a mi hermano a España, apostando a un futuro mejor. Yo fui el último en trasladarme, estuve siete meses, pero no aguanté y volví porque extrañaba mucho mi grupo de amigos, las costumbres, la casa, ¡todo! Tres años después volvió mi herma­no y, tuvieron que pasar dos años más para que regresara mi hermana. Mis papás siguen allá”, confiesa nostálgico.

“No tener la casa fue lo que más me pegó”, admi­te Lucila Pinto (24, redactora de Para Ti). “Mi papá ya estaba instalado en Santiago de Chile, y mi mamá iba y venía. Cuando alquilaron la casa y mi mamá se fue, para mí fue la hecatom­be. Especialmente por el significado de la casa, el hogar ¡y la pileta! Aunque yo hace ya más de un año que vivo con una amiga, me resultaba natural levantarme los domingos e ir a la casa de mis papás”.

Leonardo Gurlekian (30, empleado de comercio exterior)  cuenta que cuando tenía 18 años, su papá viajaba a Espa­ña por trabajo “se iba dos o tres meses, volvía y se quedaba un mes. Mi mamá vivía con nosotros en Padua. Se instalaron definitivamente allá cuando yo tenía 22 y mi hermana 19. Nos quedamos en la casa natal un tiempo y luego nos mudamos a un departamento en Caballito. Si bien era raro porque nos teníamos que cocinar y hacernos cargo de las cuentas y la casa, estábamos en una edad de plena joda. Sí, nos faltaban los viejos, pero ni pensába­mos, tratábamos de disfrutar la libertad”, cuenta Leonardo, aunque confiesa que a sus papás los mataba la culpa.

“El hogar está donde se encuen­tra el corazón” dice una milenaria frase romana, y viene bien para quitarle un poco la carga que solemos ponerle a la casa física. Maia Croizet (26, fotógrafa) lo vive un poco así. Su mamá vive hace casi seis años en México –se trasladó allá por trabajo– y aunque ella la visita poco más de una vez por año, siente que allá tiene su segundo hogar: “Me siento tan cómoda que me lo apropio y cuando vuelvo a Buenos Aires extraño mi cama de allá, el barrio, la gente, el clima”. Lo dice tan confiada y feliz que me hizo pensar que aunque ya no tengo “el nido” en el que pasé la mayor parte de mi vida, tengo muchos otros nidos a los que migrar cuando se me dé la gana.

Sin duda, el mayor aprendizaje en este nuevo rol con certificado de adulto es poder ponerse en los zapatos del otro y priorizar la felicidad de nuestros padres ante la ne­cesidad de tenerlos cerca. “Fue re loco cuando me enteré de que mis papás se mudaban porque yo volvía de un viaje muy importante a nivel personal –había estado por el norte del país, Bolivia y Perú du­rante tres semanas con amigas–, en el que había meditado mucho acerca de la independencia… –cuenta en confidencia Lu­cila–. Mi decisión era que yo quería vivir sola con raíces en el afecto. Me dije a mí misma: ‘el amor es libre, no necesitás estar al lado del otro todo el tiempo’; claro, total yo siempre tenía un hogar donde volver. Porque uno asume que sus padres son una raíz que está ahí y que siempre va a estarlo. Cuando me dijeron que se mudaban a Chile fue más difícil de lo que imaginaba, ¡me puse a llorar y todo! Durante una semana estuve muy triste y no hablé mucho del tema. Hasta que noté que a mi mamá le daba culpa por mí. Entonces le dije ‘no podés tomar una decisión ahora para los próximos diez años pensando que soy chica porque no lo soy tanto’. Eso la alivió y a mí también… Porque si me preguntás cómo quisiera vivir a los 50 y pico, te diría que me encantaría hacer lo mismo que están haciendo ellos”

Dieta pre fiestas

Pareciera que en diciembre el tiem­po corre más rápido que durante el resto del año. No nos alcanza el día para trabajar –cosa que no podemos dejar de hacer, compartir con amigos, concu­rrir a cada festejo, buscar y comprar los regalos programados y mucho menos para preparar co­midas de dietas. Nuestro sueño de empezar el año radiantes se ve perturbado por la constante incitación a la transgresión: cada reunión nos tienta a caer en el picoteo, con dulces y bebidas calóricas incluidos. Esto siempre significa una agresión para nuestro cuerpo.

Como consecuencia, nos vemos terribles ¡justo en los momentos en que mejor deseamos estar! Las calorías que sobran fatalmente se acumulan como grasas porque, además, la falta de tiempo no nos permite salir a caminar o ir al gimnasio; los líquidos que el sodio retiene se muestran no sólo en la panza sino también en la cara y la zona de los ojos y párpados y no hay maquillaje que lo disimule… ¿La solución? ¡Prevenir! Para gustarnos más te proponemos poner la atención en tu cuerpo durante los tres días previos a las fiestas, un oasis de bienestar en medio de tanto jolgorio.

La propuesta no es bajar de peso como en las dietas que presentamos habitualmente, más allá de que tal vez en estos tres días logres bajar al menos 1 kilo. Pero te aseguramos que aun con mínimas modificaciones en el peso, vas a verte mucho más estilizada, eliminarás toda la retención de líquidos, harás que la piel luzca más luminosa y más fresca y que tu pelo brille. Eso sí, para lograrlo tenés que tener bien en claro algunos objetivos: Dormí de 7 a 8 horas dia­rias. Para dormir mejor lo más aconsejable es que realices estas dos acciones puntuales antes de acostarte: ingerí un lácteo como postre de la cena (el vaso de leche tan recomendado por las abuelas o un práctico yogur). No es cuento, es inductor de serotonina y por lo tanto de un buen relax. Y también un baño relajante para poten­ciar lo que estamos haciendo. Suprimí todo lo que tenga conservantes. Los beneficios de esto se van a ver reflejados especialmente en nuestra cara. Disminuí el consumo de sal. La dieta que acá te proponemos tiene poco sodio y mucho potasio. Tomá más agua. En todas sus formas, pero preferentemente las más naturales, para llegar a 3 litros en el día. Con­sumí proteínas absolutamente magras. ¡No las olvides! Porque si están presentes te darán “fuerza”, saciedad y también confortabilidad. Aumentá el consumo de frutas. Crudas y cocidas, en licuados, batidos y compotas –sin que pierdan agua, cosa que suele suceder si se hor­nean–. Ingerilas sin azúcar –pensá que las frutas por naturaleza ya la aportan– y con mucho hielo, porque es otra forma de agregar agua. Sumá verduras. Especialmente cocidas o aquellas que tengan fácil digestión, porque no hay que olvi­dar que las verduras de hojas nos entusiasman por sus calorías mínimas, pero también por sus fibras son altamente activas y suelen producir mucha distensión (y esto hará que nos veamos con pancita). Consumí un plato líquido. Al menos en una de las comidas del día (sugerimos que sea en la cena). Conviene que sea una sopa tibia o fría, siempre preparada con caldo casero de verduras y verduras procesadas. Evitá el sol, el cigarrillo y el alcohol. Al menos por estos tres días, y acompañá la salud de la dieta con una caminata siempre que te sea posible.

Pareciera que en diciembre el tiem­po corre más rápido que durante el resto del año. No nos alcanza el día para trabajar –cosa que no podemos dejar de hacer, compartir con amigos, concu­rrir a cada festejo, buscar y comprar los regalos programados y mucho menos para preparar co­midas de dietas. Nuestro sueño de empezar el año radiantes se ve perturbado por la constante incitación a la transgresión: cada reunión nos tienta a caer en el picoteo, con dulces y bebidas calóricas incluidos. Esto siempre significa una agresión para nuestro cuerpo.

Como consecuencia, nos vemos terribles ¡justo en los momentos en que mejor deseamos estar! Las calorías que sobran fatalmente se acumulan como grasas porque, además, la falta de tiempo no nos permite salir a caminar o ir al gimnasio; los líquidos que el sodio retiene se muestran no sólo en la panza sino también en la cara y la zona de los ojos y párpados y no hay maquillaje que lo disimule… ¿La solución? ¡Prevenir! Para gustarnos más te proponemos poner la atención en tu cuerpo durante los tres días previos a las fiestas, un oasis de bienestar en medio de tanto jolgorio.

La propuesta no es bajar de peso como en las dietas que presentamos habitualmente, más allá de que tal vez en estos tres días logres bajar al menos 1 kilo. Pero te aseguramos que aun con mínimas modificaciones en el peso, vas a verte mucho más estilizada, eliminarás toda la retención de líquidos, harás que la piel luzca más luminosa y más fresca y que tu pelo brille. Eso sí, para lograrlo tenés que tener bien en claro algunos objetivos: Dormí de 7 a 8 horas dia­rias. Para dormir mejor lo más aconsejable es que realices estas dos acciones puntuales antes de acostarte: ingerí un lácteo como postre de la cena (el vaso de leche tan recomendado por las abuelas o un práctico yogur). No es cuento, es inductor de serotonina y por lo tanto de un buen relax. Y también un baño relajante para poten­ciar lo que estamos haciendo. Suprimí todo lo que tenga conservantes. Los beneficios de esto se van a ver reflejados especialmente en nuestra cara. Disminuí el consumo de sal. La dieta que acá te proponemos tiene poco sodio y mucho potasio. Tomá más agua. En todas sus formas, pero preferentemente las más naturales, para llegar a 3 litros en el día. Con­sumí proteínas absolutamente magras. ¡No las olvides! Porque si están presentes te darán “fuerza”, saciedad y también confortabilidad. Aumentá el consumo de frutas. Crudas y cocidas, en licuados, batidos y compotas –sin que pierdan agua, cosa que suele suceder si se hor­nean–. Ingerilas sin azúcar –pensá que las frutas por naturaleza ya la aportan– y con mucho hielo, porque es otra forma de agregar agua. Sumá verduras. Especialmente cocidas o aquellas que tengan fácil digestión, porque no hay que olvi­dar que las verduras de hojas nos entusiasman por sus calorías mínimas, pero también por sus fibras son altamente activas y suelen producir mucha distensión (y esto hará que nos veamos con pancita). Consumí un plato líquido. Al menos en una de las comidas del día (sugerimos que sea en la cena). Conviene que sea una sopa tibia o fría, siempre preparada con caldo casero de verduras y verduras procesadas. Evitá el sol, el cigarrillo y el alcohol. Al menos por estos tres días, y acompañá la salud de la dieta con una caminata siempre que te sea posible.